Tres días después del Consejo, Alvar fue al puesto de Inés.
No con guardias. No con papel del Conde. Solo, a media mañana, cuando el mercado estaba en pleno ruido y nadie que quisiera evitar ser visto habría elegido ese momento para entrar por una puerta que daba directamente a la calle.
Victoria estaba sola. Inés había salido a buscar corteza de sauce. Marta todavía no había llegado.
Alvar entró, miró el cuarto, y se sentó en la silla sin que nadie se lo ofreciera.
Victoria lo miró desde la repisa.
—El Conde os dio documentos —dijo Alvar.
—Sí.
—Y permiso para seguir trabajando en el barrio sur.
—Sí.
—Dos semanas más, mientras termináis el tratamiento.
—Correcto.
Alvar puso las manos sobre la mesa. No como amenaza. Como alguien que ocupa el espacio porque es lo que hace.
—¿Y después? —dijo.
—Después me voy.
—¿A Flandes?
—A casa.
Alvar la miró.
—¿Dónde es casa?
Victoria no respondió.
Alvar asintió despacio, como si esa respuesta también confirmara algo.
—Quiero proponeros algo —dijo.
Victoria esperó.
—Trabajo conjunto. Estas dos semanas. —Alvar habló sin apartar los ojos de ella—. Vos tenéis conocimiento que yo no tengo. Yo tengo acceso a esta ciudad que vos no tenéis. Los dos trabajamos mejor juntos que separados.
Victoria lo miró durante un momento.
—Hace tres días intentasteis que el Consejo me encerrara.
—Hace tres días era una situación distinta.
—¿Qué cambió?
—La lesión del Conde —dijo Alvar sin pausa—. Ocho meses. Cuatro tratamientos. Ningún resultado. —Pausa—. Tres días con vos y hay mejora visible. —Otra pausa—. Eso no se ignora.
—¿O sea que ahora colaboráis porque perdisteis?
Alvar la miró.
—Colaboro porque soy médico —dijo—. Y lo que vos hacéis funciona mejor que lo que yo hago en algunos casos. Ignorar eso no es medicina. Es orgullo. —Pausa—. El orgullo ya lo resolví ayer. Hoy vengo a hablar de trabajo.
Victoria lo estudió.
Doce años en el palacio. Conocimiento de la ciudad calle por calle. Acceso a los gremios, a los registros, a los pacientes que nunca llegarían sola al barrio sur. Todo eso frente a ella, ofrecido con la misma precisión con que tres días antes había construido el argumento para encerrarla.
—Una condición —dijo Victoria.
—Decid.
—Todo lo que os enseñe lo registráis. Por escrito. Con el método exacto, las proporciones, los tiempos. —Pausa—. No para ti. Para que quede.
Alvar la miró.
—¿Para que quede para quién?
—Para quien venga después. —Victoria lo miró—. Para cuando esto que yo sé deje de ser un misterio y se convierta en conocimiento que cualquiera pueda aprender.
Silencio en el cuarto.
Alvar procesó eso durante un momento. Y Victoria vio algo en su cara que no había visto antes: no era evaluación. Era algo más parecido al reconocimiento. Como si acabara de escuchar algo que ya sabía y que no se había permitido articular todavía.
—De acuerdo —dijo.
***
Empezaron esa tarde.
El primer caso que Alvar trajo era un comerciante del gremio de telas con una infección en el ojo que llevaba semanas tratándose con lavados de agua de rosas y empeorando despacio.
—Conjuntivitis bacteriana —dijo Victoria cuando lo examinó.
—¿Qué es eso?
—Una infección. Bacteria, no humor, no desequilibrio de fluidos. —Pausa—. El tratamiento de agua de rosas no funciona porque no ataca la causa.
—¿Qué la ataca?
—Miel diluida en agua hervida. Aplicada directamente. Tres veces al día durante una semana.
Alvar la miró.
—¿Miel?
—Propiedades antimicrobianas. —Victoria lo miró—. No lo llaméis así aquí, no existe ese término. Decid que la miel purifica la infección. Funciona igual, aunque no sepáis exactamente por qué.
Alvar tomó nota. Letra pequeña, precisa, sin adorno.
—¿Siempre funciona?
—En este tipo de infección, sí. Si es otra cosa, no. Por eso el diagnóstico importa. —Pausa—. Eso es lo que vuestros médicos saltean. Tratan los síntomas sin identificar la causa porque no tienen el marco para identificarla.
—¿Y tú sí tenéis ese marco?
—Sí.
—¿De dónde viene ese marco?
Victoria lo miró.
—De mucho tiempo estudiando lo que otros no habían estudiado todavía.
Alvar la miró un segundo.
Escribió algo más en el papel.
No preguntó más.
***
El segundo caso llegó al día siguiente.
Una mujer del barrio norte, bien vestida, con un dolor en el pecho que sus médicos llevaban meses tratando como problema del corazón. Alvar la había visto dos veces. Había aplicado los tratamientos estándar. Nada había cambiado.
Victoria la examinó durante veinte minutos.
—No es el corazón —dijo al final.
Alvar la miró.
—Lleva tres meses con dolor en el pecho.
—Sí. Pero el dolor cambia con la posición. Empeora cuando come. Mejora cuando está de pie. —Victoria miró a la mujer—. ¿Os duele más después de comer?
La mujer parpadeó.
—Sí.
—¿Y cuándo os acostáis?
—También.
—No es el corazón —repitió Victoria—. Es el estómago. Ácido que sube cuando no debería. —Se giró hacia Alvar—. Tratamiento: comer menos cantidad más veces al día. Nada ácido ni picante. Dormir con la cabeza elevada. —Pausa—. No hay cura directa con lo que tenemos aquí, pero los síntomas se controlan completamente con esos cambios.
Alvar miraba a la mujer.
La mujer miraba a Victoria con la expresión de quien acaba de escuchar la explicación de algo que lleva meses siendo un misterio.
—¿Y el corazón está bien? —preguntó la mujer.
—El corazón está bien —dijo Victoria.
La mujer cerró los ojos un segundo.
Solo un segundo. Pero en ese segundo había tres meses de miedo soltándose.
Alvar tomó nota en silencio.
***
Trabajaron así durante cuatro días.
Mañana: casos que Alvar traía del palacio y del gremio. Tarde: casos del barrio sur que Victoria y Marta manejaban solos. Al final del día, Alvar llegaba al puesto de Inés con los registros del día y los revisaban juntos.