La epidemia llegó sin nombre.
Primero fueron rumores. El tipo de rumores que Victoria había aprendido a escuchar en el barrio sur: no los que la gente contaba en voz alta en el mercado, sino los que circulaban en voz baja entre los puestos, en los corrillos de la fuente, en las conversaciones que se cortaban cuando alguien desconocido se acercaba demasiado.
Fiebre y manchas en el puerto.
Tres muertos en la calle del pescado.
El posadero del barrio del río cerró sin explicación.
Victoria los escuchó durante tres días sin decir nada. Los catalogó. Los ordenó por frecuencia y por zona geográfica. Trazó mentalmente un mapa que nadie más en el barrio sur estaba trazando porque nadie más tenía el marco para ver lo que los rumores estaban describiendo.
El cuarto día dejó de ser un mapa mental y se convirtió en urgencia.
Fue Marta quien trajo la primera confirmación.
Llegó al puesto antes del amanecer con la capa mojada y la cara de quien ha estado caminando rápido durante tiempo suficiente para que el frío no importe.
—El barrio del puerto —dijo sin sentarse—. Hay una casa con dos muertos. Los vecinos los encontraron esta mañana. Nadie quiere acercarse.
Victoria se levantó.
—¿Qué síntomas tenían?
—Fiebre alta. Manchas en la piel. —Marta dudó—. Y bultos. En el cuello, en las ingles. Así me lo dijeron.
Victoria se quedó quieta un segundo.
Bultos en el cuello y en las ingles. Manchas. Fiebre.
El cerebro lo procesó antes de que ella pudiera detenerlo.
—Voy a verlos —dijo.
—Están muertos—
—Voy a verlos igual.
La casa del puerto era estrecha y bajaba hasta casi el nivel del agua. El vecino que las llevó se detuvo en la puerta y no entró.
—Ahí dentro —dijo—. Yo no paso.
Victoria pasó.
El olor la golpeó antes que la imagen. No el olor de la muerte reciente. El olor de la enfermedad antes de la muerte, denso, específico, con algo dulce y podrido mezclado que ella reconocía de los libros y de las clases y de los casos históricos que había estudiado en otra vida.
Dos hombres. Uno en el suelo, uno en el camastro. Llevaban horas muertos, quizás más.
Victoria los examinó sin tocarlos más de lo necesario.
Manchas oscuras en la piel. No contusiones, no quemaduras. El patrón subcutáneo de la hemorragia interna avanzada. En el cuello del hombre del camastro, visible incluso así, un ganglio inflamado del tamaño de un huevo. Duro. Con el centro oscurecido.
Un bubón.
Victoria salió de la casa.
Marta la esperaba en la puerta con el vecino.
—¿Qué es? —dijo Marta.
Victoria la miró.
Marta era herbolaria. Llevaba décadas tratando enfermos en el barrio sur. Tenía sesenta años de conocimiento acumulado sobre cómo funcionaba el cuerpo y cómo fallaba.
Pero lo que Victoria iba a decir era algo que Marta no podría nombrar de la misma manera.
—Necesito ver a Alvar —dijo Victoria—. Hoy. Ahora.
***
Alvar estaba en el palacio cuando llegó el recado.
Vino en veinte minutos. Lo cual significaba que también había escuchado los rumores y también los había catalogado y también estaba esperando que algo los confirmara.
Se encontraron en el puesto de Inés con la puerta cerrada y los cuatro dentro: Victoria, Alvar, Inés, Marta.
Victoria habló sin preámbulo.
—Hay un brote activo en el barrio del puerto. Probablemente lleva semanas moviéndose sin que nadie lo haya identificado. Los síntomas que describen los vecinos y lo que vi esta mañana son consistentes con una sola enfermedad.
—¿Cuál? —dijo Alvar.
Victoria lo miró.
—Peste bubónica.
Silencio en el cuarto.
Marta cerró los ojos un segundo.
Inés no se movió.
Alvar la miró con la cara del hombre que esperaba eso y no quería tener razón.
—¿Estáis segura?
—Los bubones son el síntoma definitorio. No hay otra enfermedad que produzca ese patrón con esa velocidad. —Pausa—. No estoy segura al cien por cien sin herramientas que no existen aquí. Pero estoy suficientemente segura para actuar como si lo fuera.
Alvar se levantó. Fue a la ventana. La miró sin ver nada.
—¿Cuántos casos? —dijo sin girarse.
—No lo sé. Los que encontramos son los que nadie escondió. —Pausa—. En un barrio portuario con miedo a las autoridades, la mayoría de los casos están escondidos.
—¿Cómo se transmite?
—Por pulgas que viven en ratas. —Victoria habló despacio, sabiendo que cada palabra era un salto de dos siglos—. Las pulgas pican a las ratas infectadas y luego pican a las personas. También por contacto directo con un enfermo grave. Y por el aire, en los casos pulmonares.
Alvar se giró.
—¿Pulgas de rata?
—Sí.
—¿Eso es lo que enseñan vuestros maestros del lugar lejano?
—Sí.
Alvar la miró durante un momento.
—¿Y lo creéis?
—Lo sé —dijo Victoria—. No lo creo. Lo sé.
Otro silencio.
—¿Tiene tratamiento? —preguntó Inés desde la silla.
Victoria tardó un segundo antes de responder.
—Con lo que tenemos aquí, no. No hay nada que cure la enfermedad directamente. —Pausa—. Pero hay cosas que reducen la mortalidad. Aislamiento de los enfermos para cortar la transmisión. Información a la población para que reconozcan los síntomas y no escondan los casos. Eliminación de las ratas en las zonas afectadas. Cuarentena en las casas con enfermos.
—Sin tratamiento la mortalidad es…
—Alta —dijo Victoria—. Sin intervención, muy alta.
Inés miró a Alvar.
Alvar miró a Victoria.
—¿Qué necesitáis? —dijo.
***
Fueron al Conde esa misma tarde.
Alvar habló primero. Victoria habló después. El Conde los escuchó a los dos con la expresión del hombre al que acaban de presentarle un problema que no estaba en ningún cálculo que había hecho esa mañana.
Cuando terminaron, el Conde miró la ventana.
—¿Cuánto tiempo tenemos antes de que sea incontrolable?