La Pandemia Del Pasado

CAPÍTULO 13 — El primer caso del convento

El pregonero salió al amanecer.

Victoria había pasado la noche escribiendo el texto con Alvar. Dos horas de negociación sobre cada palabra. No porque no se pusieran de acuerdo en el fondo sino porque las palabras importaban de maneras distintas para cada uno.

Alvar quería precisión institucional. Lenguaje que el Conde pudiera defender ante el Consejo.

Victoria quería que la gente del barrio del puerto lo entendiera y no huyera de miedo.

Al final quedó algo que no era exactamente lo que ninguno de los dos quería y que por eso mismo podía funcionar.

Por orden del Conde: quien presente fiebre alta con manchas en la piel o bultos en el cuello o las ingles debe acudir al convento de San Jerónimo. Hay atención. Hay cuidado. No hay condena.

La última frase fue de Victoria.

Alvar la miró cuando la escribió.

—¿No hay condena? —dijo.

—La gente no va a llevar a sus enfermos a ningún lado si cree que los van a encerrar por ser un problema. —Pausa—. Necesitan saber que ir es seguro.

—¿Y si no es verdad?

Victoria lo miró.

—Entonces hacemos que sea verdad.

Alvar no respondió.

Escribió la frase.

***

La hermana Catalina recibió a Victoria en la puerta del convento con la misma expresión de siempre: no hostilidad, no bienvenida, el punto exacto entre las dos que era su forma de operar.

—El Conde mandó recado —dijo.

—Lo sé.

—Tengo doce celdas vacías y el cuarto de los enfermos con cuatro camas.

—No va a ser suficiente.

La hermana Catalina la miró.

—¿Cuántos esperáis?

—No lo sé todavía. —Pausa—. Pero en un brote como este, si la gente empieza a venir, vienen todos de golpe cuando el miedo supera la desconfianza. —Pausa—. Necesito que tengáis listo más espacio antes de que lleguen.

—El refectorio —dijo la hermana Catalina después de un momento—. Puedo vaciar el refectorio. Caben veinte camas si las ponemos juntas.

—¿Las hermanas?

—Tres tienen experiencia con enfermos graves. Las otras hacen lo que se les diga.

—Bien. —Victoria miró el patio interior—. Una cosa más. Las hermanas que atiendan a los enfermos no pueden irse al resto del convento sin cambiarse la ropa y lavarse las manos con vinagre.

La hermana Catalina la miró.

—¿Las manos con vinagre?

—Sí.

—¿Por qué?

Victoria pensó un segundo cómo decirlo.

—Porque la enfermedad viaja en cosas que no se ven. Y el vinagre interrumpe ese viaje. —Pausa—. No preguntéis por qué funciona. Solo hacedle que funciona.

La hermana Catalina la miró durante un momento.

—Llevo cincuenta años en este convento —dijo—. He visto cosas que no tienen explicación y las he aceptado porque eran lo que había. —Pausa—. El vinagre no me parece lo más extraño que me han pedido.

Y fue a vaciar el refectorio.

***

El primer caso llegó al mediodía.

No del barrio del puerto. Del barrio sur.

Un hombre de cuarenta años, comerciante de telas, que llegó solo, a pie, con la cara del hombre que ha esperado demasiado para venir y lo sabe. La fiebre le brillaba en los ojos desde la puerta. La hinchazón en el cuello era visible sin que hubiera que buscarla.

Victoria lo recibió en la entrada del convento.

—¿Cuánto tiempo lleva así? —preguntó.

—Cuatro días. —El hombre hablaba despacio, como si las palabras costaran—. Creí que era otra cosa.

—¿Hay alguien en vuestra casa con los mismos síntomas?

—Mi hijo. Ayer empezó con fiebre.

—¿Edad?

—Doce años.

Victoria miró a la hermana que estaba junto a ella.

—Este al refectorio, cama del fondo. —Se giró hacia el hombre—. ¿Dónde vivís?

Le dio la dirección.

—Voy a mandar a alguien a buscar a vuestro hijo. —Pausa—. ¿Hay más personas en la casa?

—Mi mujer. Y la vecina que vino a ayudar cuando enfermé.

—Que no salgan. Les mandamos instrucciones.

El hombre asintió. Dejó que la hermana lo llevara adentro.

Victoria se quedó un momento en la entrada.

Primer caso identificado. Dos contactos directos en la misma casa. Una vecina que había estado en contacto y que ahora estaba en otra casa en otro lugar del barrio.

El círculo ya estaba más grande de lo que parecía.

***

Alvar llegó a media tarde.

Había pasado la mañana en el barrio del puerto con dos de los curas de las parroquias, hablando con los vecinos, identificando casas con enfermos que no habían venido al convento todavía.

Se sentó frente a Victoria en el cuarto pequeño que la hermana Catalina les había asignado como espacio de trabajo. Puso sus notas sobre la mesa.

—Ocho casas en el barrio del puerto —dijo—. En seis hay alguien con fiebre. En dos hay síntomas que coinciden con lo que describisteis: los bultos.

—¿Vienen al convento?

—Tres familias dijeron que sí. Las otras tienen miedo.

—¿A qué exactamente?

—A que los encierren. A que confisquen sus bienes. A que los señalen. —Alvar habló sin apartar los ojos de las notas—. El barrio del puerto tiene historia con las autoridades. No es una historia de confianza.

Victoria lo sabía. Lo había calculado desde el principio.

—¿Qué los convencería?

Alvar pensó.

—Ver que los que vienen son tratados y no penalizados. —Pausa—. Y que los que no vienen enferman igual o peor.

—Lo segundo va a pasar de todas formas —dijo Victoria—. Lo primero depende de nosotros.

—Ya lo sé.

Silencio.

—El problema —dijo Alvar— es que hay un rumor en el barrio del puerto que está haciendo más daño que el miedo a las autoridades.

Victoria lo miró.

—¿Qué rumor?

Alvar tardó.

—Que la enfermedad la trajo una forastera. —Pausa—. Que llegó sin historia, sin documentos, con conocimiento que nadie entiende, y que desde que está aquí la gente empieza a morir.

Victoria se quedó quieta.

—¿Quién lo dice?

—No es una persona. Es el tipo de rumor que no tiene origen porque lo construye el miedo. —Alvar la miró—. Pero alguien lo empezó. Y ese alguien conoce el barrio.




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