El niño llegó primero.
Lo trajo una mujer de unos cuarenta años, pelo recogido, manos de trabajar la tierra. Corría con él en brazos como si correr fuera lo único que quedaba.
Victoria lo vio desde el patio del convento.
Dejó el cuenco con el preparado de ajo sobre la mesa y salió.
—El niño —dijo la mujer, sin más. La voz rota de tanto esfuerzo.
Victoria ya tenía las manos en él.
Siete años. Fiebre alta. Cuello rígido. Axila izquierda con un ganglio que no debería tener ese tamaño.
Lo reconoció antes de terminar de palparlo.
—¿Cuánto tiempo lleva así?
—Dos días. Creí que era la calentura del verano.
—¿Quién más en la casa?
La mujer tardó un segundo.
—Mi marido tuvo fiebre la semana pasada. Pasó en tres días.
Pasó o enterró.
—¿De qué trabaja su marido?
—Telas. Comercio de telas.
Victoria levantó la vista.
Detrás de la mujer, el camino al norte todavía estaba vacío. El manantial quedaba a veinte minutos. El espejo seguía en la bolsa que llevaba colgada al hombro. El agua del manantial, no.
El brazalete en la muñeca izquierda. Frío.
Hacía diez minutos ardía.
—¿Cómo supo dónde encontrarme?
—La anciana herborista. Me dijo que había ido hacia el norte. Corrí toda la noche.
Victoria miró al niño. Los ojos febriles, semicerrados. La respiración rápida pero regular todavía.
Tiempo. Había tiempo si actuaban ahora.
Si.
Cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, el rito ya no existía.
—Entren —dijo—. Los dos.
***
Hermana Catalina apareció en la puerta del refectorio con la expresión de quien ya sabe que las noticias malas no llegan solas.
—¿Cuántos son?
—Dos de momento. —Victoria no se detuvo—. Necesito un catre separado del resto. En el extremo sur. Y agua caliente.
—Tenemos cuatro camas libres en el ala oeste.
—El extremo sur. Lejos de la ventana que da al patio.
La hermana no preguntó por qué. Eso era lo que Victoria más le agradecía: que no preguntaba por qué.
—Hecho.
La mujer se llamaba Luisa. Lo dijo cuándo Victoria le pidió el nombre para el registro. Lo dijo con la voz de alguien que no entiende para qué sirve escribir eso, pero tampoco va a negarse.
El niño se llamaba Diego.
Victoria anotó los dos nombres.
***
Inés llegó al mediodía.
No llamó. Nunca llamaba. Entró al refectorio con la cesta de hierbas y se detuvo un momento en la puerta, mirando el catre del sur, mirando al niño, mirando a Victoria.
—¿Cuándo llegaron?
—Esta mañana temprano.
—¿Y tú?
Victoria siguió preparando el ungüento.
—Yo llegué al mismo tiempo.
Inés dejó la cesta en la mesa. Se acercó al catre. Examinó al niño con las manos que llevaban décadas examinando cosas, callada, sin prisa.
—El ganglio del cuello también.
—Lo noté.
—¿Cuántos casos hay en el puerto?
—Alvar dice ocho casas. Yo creo que son más.
Silencio.
—Victoria.
—No me lo digas.
—No te estoy diciendo nada.
—Tengo el espejo. Tengo las palabras. —Siguió trabajando—. El manantial va a seguir ahí.
Inés no respondió.
Eso era lo más parecido a un sí, tienes razón que Victoria iba a conseguir de ella.
***
Por la tarde, el brazalete volvió a moverse.
No calor. Algo distinto. Un pulso lento, casi imperceptible. Como si esperara.
Victoria estaba cambiando el vendaje en el cuello del niño cuando lo sintió. Se detuvo un segundo. Luego siguió.
Diego abrió los ojos.
—¿Eres la curandera?
—Soy enfermera.
Él frunció el ceño. La palabra no existía aquí.
—La que cura gente.
—Intento.
—Mi madre dice que salvaste a alguien en el mercado.
—Hace tiempo.
—¿Me vas a curar a mí?
Victoria apretó el vendaje con cuidado. La fiebre seguía alta, pero no había subido desde la mañana. Buena señal. La primera buena señal del día.
—Voy a intentarlo. —Le puso la mano en la frente un segundo—. Duerme.
Diego cerró los ojos.
Victoria no se movió durante un momento.
El brazalete, en la muñeca izquierda, seguía frío.
***
Al anochecer llegó Alvar.
No lo llamó nadie. Entró al convento con esa manera suya de entrar a los sitios, como si ya supiera lo que iba a encontrar y la confirmación fuera solo un trámite.
Miró al niño. Miró el registro que Victoria había empezado a escribir. Miró la distribución de los catres.
—Ocho casas en el puerto —dijo.
—Ya lo sé.
—Hay cuatro más en el barrio sur que no están en mi lista. Me lo dijo el cura de San Bartolomé esta tarde.
Victoria levantó la vista.
Doce casas. Más los casos ocultos. Más los que aún no tenían síntomas, pero habían estado en contacto.
—Necesitamos más espacio.
—El refectorio da para veinte camas.
—No va a ser suficiente.
Alvar se quedó de pie junto a la mesa. Sus ojos recorrieron el ungüento, las hierbas separadas por tipo, el registro con los nombres y síntomas.
—¿Qué es esto? —Señaló el ungüento.
—Ajo macerado con aceite de oliva. Para los bubones.
—No funciona.
—No cura. Pero reduce la inflamación y el riesgo de infección secundaria. La diferencia entre un bubón que supura y uno que no es la diferencia entre una semana y dos semanas.
Alvar lo procesó. No lo discutió.
Eso también era nuevo.
—Mañana hablo con el Conde —dijo—. Hay que cerrar el mercado del puerto tres días a la semana.
—Hay que cerrarlo entero.
—No va a aceptar eso.
—Entonces negocia. —Victoria volvió al registro—. Tú sabes negociar con él mejor que yo.
Silencio.
—¿Y el convento? —dijo Alvar—. La hermana Catalina va a necesitar más personas.
—Marta.
Pausa.
—La herbolaria de la celda.
—El Conde la tiene en el palacio. Dijo que lo consideraría.
—Pues que lo considere más deprisa.