El convento de San Jerónimo olía a piedra húmeda y a brea.
Quemaron antorchas toda la noche para desinfectar los corredores, siguiendo las instrucciones que Victoria dictó a Marta palabra por palabra. El humo se metió en las paredes. En la ropa. En el pelo.
Victoria ya no lo notaba.
Llevaba tres horas reorganizando el espacio, empujando los bancos de madera contra la pared, dejado libre el centro de la nave lateral, dividiendo el suelo con cuerdas en sectores distintos: los que mostraban fiebre sin manchas, los que mostraban manchas sin fiebre todavía, y los que tenían las dos cosas.
Nadie le preguntó por qué.
Inés llegó antes del amanecer con dos mujeres del barrio y una cesta de trapos limpios. No hizo preguntas. Miró la disposición del espacio, había asentido, y había empezado a trabajar.
Eso era lo que Victoria necesitaba.
No necesitaba que nadie entendiera. Necesitaba que alguien hiciera.
***
El primer paciente del día era un hombre de mediana edad. Herrero según el calzado. Las manos, grandes y quemadas de trabajo, descansaban sobre el vientre como si ya no le pertenecieran. La fiebre le había tumbado la noche anterior. Las manchas le habían aparecido esa madrugada: dos, en el costado derecho, del tamaño de una moneda.
Victoria le tomó el pulso con dos dedos en la muñeca.
Rápido. Irregular.
Anotó en el papel: tercer día de síntomas, estadio inicial. Pronóstico incierto.
El hombre la miró desde abajo con ojos vidriosos.
—¿Es la muerte? —dijo.
—No lo sé todavía —dijo Victoria.
No era la respuesta que él quería. Era la única que ella podía dar con honestidad.
***
Alvar llegó a media mañana.
Entró por la puerta lateral, la que daba al huerto, con paso medido y la capa cerrada a pesar del calor. Miró el interior del convento sin decir nada. Miró los sectores delimitados con cuerda. Miró los enfermos tumbados en fila con trapos húmedos sobre la frente.
Luego miró a Victoria.
—Hay cuatro casos más en el barrio del puerto —dijo.
—¿Cuándo llegaron los barcos de Génova?
—Hace doce días.
Victoria calculó. El período de incubación encajaba. Encajaba demasiado bien.
—Los cuatro casos, ¿tienen contacto entre sí?
—Dos son de la misma familia. Los otros dos trabajaban en el muelle la semana pasada.
—Entonces ya hay transmisión —dijo Victoria—. Esto no es un brote aislado.
Alvar no respondió de inmediato. Procesaba. Victoria lo había aprendido a distinguir ya: el silencio de cuando no sabía algo y el silencio de cuando lo sabía y no quería admitirlo todavía.
Este era el segundo tipo.
—¿Cuántos más esperas? —dijo al fin.
—Muchos más.
***
Rodrigo llegó pasado el mediodía.
No venía con una orden de arresto esta vez. Venía con un documento del Conde, sellado, que autorizaba el uso del convento como espacio de reclusión sanitaria provisional. Victoria lo leyó dos veces. El latín jurídico era denso, pero el sentido era claro: los pacientes podían quedarse. Ella podía operar.
Durante quince días.
—El Conde quiere informes cada tres días —dijo Rodrigo.
—Los tendrá.
Rodrigo no se fue.
Victoria dobló el documento y lo dejó sobre la mesa. Cuando levantó la vista, él seguía allí, mirando los enfermos con una expresión que no era miedo exactamente. Era algo más difícil de nombrar. Algo que hacía que la gente que podía irse se quedara de todas formas.
—¿Tiene usted experiencia con enfermos? —dijo Victoria.
—Ninguna.
—¿Puede seguir instrucciones sin cuestionarlas?
Rodrigo la miró un momento.
—Depende de las instrucciones.
Era una respuesta honesta. Victoria lo anotó mentalmente como un punto a su favor.
—Lavarse las manos con el vinagre antes de tocar a cualquier paciente —dijo—. No tocarse la cara dentro de este espacio. Si tiene fiebre mañana, no entrar. Si entra enfermo y me lo oculta, es un peligro para todos.
Rodrigo escuchó sin interrumpir.
—Entendido —dijo.
—Bien. —Victoria señaló el fondo de la nave—. Entonces empiece por llevar agua al sector dos. Los trapos se cambian cada hora. No antes, no después.
Rodrigo miró hacia donde señalaba. Asintió.
Y se puso a trabajar.
***
Al caer la tarde, el convento tenía nueve pacientes. Eran los que habían llegado. Alvar calculaba que en el barrio del puerto había cuarenta o cincuenta más que no llegarían: familias que escondían a sus enfermos, vecinos que preferían morir en casa antes que cruzar la ciudad con un bulón en el cuello.
Victoria hizo el recuento dos veces para estar segura. Nueve en un solo día. El doble de lo que había tenido el día anterior. Y esos eran solo los que habían cruzado la puerta.
La curva no era una línea recta.
Inés se acercó cuando los últimos rayos de luz entraban oblicuos por las ventanas altas.
—¿Vas a dormir aquí? —dijo.
—No tengo dónde ir.
—Tienes mi casa.
—Alguien tiene que quedarse.
Inés la miró con esa expresión suya que no era compasión ni reproche. Era otra cosa. El reconocimiento de alguien que también ha hecho cosas sin preguntarse si debía hacerlas.
—Yo me quedo —dijo Inés—. Tú descansas dos horas. Luego vuelves.
Victoria fue a protestar.
—Dos horas —repitió Inés—. O mañana no sirves de nada.
No había argumento contra eso.
Victoria cogió la capa del gancho, miró una última vez los sectores, los trapos, los nueve cuerpos tumbados en la penumbra.
Rodrigo estaba al fondo, cambiando el trapo de la frente a la mujer del sector dos. Lo hacía con cuidado. Sin prisa. Como si hubiera aprendido a hacerlo ya, o como si siempre hubiera sabido que se hacía así.
Salió sin decir nada.
El frío de la noche le golpeó en la cara como agua.
Contó los pasos hasta la casa de Inés.
No pensó en nada más.