Rodrigo volvió al día siguiente.
Victoria no lo esperaba. No lo esperaba porque no había razón para que volviera. El documento del Conde ya estaba entregado. Su función oficial había terminado.
Pero ahí estaba.
Llegó antes de que el sol hubiera calentado los adoquines, con dos sacos de arpillera que dejó en la entrada sin ceremonia. Victoria estaba revisando al herrero del sector uno cuando escuchó el ruido. Salió al corredor.
—¿Qué es eso?
—Vinagre —dijo Rodrigo—. Y trapos nuevos. Los del barrio del puerto los han requisado los guardias del mercado. Supuse que aquí faltaban.
Victoria miró los sacos.
Luego lo miró a él.
—Nadie le pidió que trajera nada.
—No.
No dio más explicación. La dejó allí con los sacos y entró al convento como si hubiera estado viniendo toda la vida.
***
Esa mañana ya había doce pacientes. Alvar había pasado el amanecer en el barrio del puerto. Le había dicho lo que había visto: una calle entera con las puertas cerradas a mediodía, tres casas con los postigos tapiados desde adentro, un hombre muerto en el callejón de los curtidores que nadie había recogido. La ciudad se estaba cerrando sobre sí misma como una herida que no se limpia.
Tres más que la noche anterior.
Victoria hizo el recuento en silencio, anotó los números, calculó. La curva seguía subiendo. Todavía no era exponencial, pero se inclinaba en esa dirección con una lógica que ella reconocía y que no la abandonaba ni cuando cerraba los ojos.
Alvar llegó a media mañana con cara de haber dormido poco.
—El barrio del puerto tiene seis casos nuevos confirmados —dijo—. Más los que no están confirmados porque nadie los ha visto. Calculo que hay entre ochenta y cien enfermos en los barrios del puerto y del sur que no han venido al convento. Algunos porque no pueden moverse. Otros porque tienen miedo. Otros porque ya no importa.
—¿Confirmados?
—Tres confirmados. Los otros tres tienen síntomas compatibles.
—Son seis —dijo Victoria.
Alvar no discutió.
Se quedó mirando el registro que ella llevaba. Las columnas de números. Las fechas. Los estadios. Lo miraba con la expresión de alguien que intenta entender un idioma que no habla, pero reconoce que tiene gramática.
—¿Por qué los separa así? —dijo al fin, señalando los sectores.
—Porque no todos contagian igual. —Victoria no levantó la vista del papel—. Los del sector uno están en fase temprana. Todavía no sabemos si van a desarrollar la forma pulmonar. Si la desarrollan, los separo. Si no, pueden compartir espacio con los del sector dos.
—¿Y el sector tres?
Victoria tardó un segundo en responder.
—El sector tres es para los que ya no van a mejorar.
Alvar no preguntó más.
***
A media tarde, mientras Victoria cambiaba la venda de una mujer con las manos ampolladas, Rodrigo se acercó con el cubo de agua.
Trabajaban en silencio desde hacía horas. Habían encontrado un ritmo sin hablarlo: él llevaba el agua, cambiaba los trapos de los pacientes que Victoria ya había revisado, avisaba cuando alguien empeoraba. Ella diagnosticaba, decidía, ordenaba. Nadie había acordado ese reparto. Simplemente había ocurrido.
—Esta noche va a llover —dijo Rodrigo.
Victoria no levantó la vista.
—El tejado del ala norte tiene grietas. Si entra agua en el sector dos hay que mover a los pacientes.
—Ya lo sé.
—¿Quiere que lo revise ahora o esperamos a ver si llueve?
Victoria terminó de atar la venda. Consideró.
—Ahora —dijo—. Si esperamos a que llueva ya es tarde.
Rodrigo dejó el cubo y se fue hacia el ala norte sin más.
La mujer de las manos ampolladas lo siguió con la vista.
—Es buena persona —dijo.
Victoria no respondió.
***
Llovió.
No mucho. Una lluvia fina y persistente que empezó después del anochecer y que se metía por las grietas con una paciencia de siglos. Rodrigo reforzó el tejado del ala norte con trapos alquitranados y dos tablas que encontró en el almacén del convento. Aguantó.
Hacia medianoche, cuando los pacientes dormían y el convento estaba en silencio, Rodrigo se sentó en el banco junto a la puerta con una vela. Victoria estaba revisando el registro del día.
—¿Usted ha visto antes una epidemia? —dijo él.
—Sí.
—¿Cómo termina?
Victoria dejó el papel sobre la mesa.
—De dos maneras —dijo—. O se corta a tiempo o no se corta.
—¿Y si no se corta?
—Sigue hasta que no hay suficientes personas susceptibles para alimentarla.
Rodrigo procesó eso en silencio.
—O sea que termina cuando ya ha hecho suficiente daño.
—Sí.
—¿Y usted cree que vamos a cortarla?
Victoria miró la vela. La llama se movía con las corrientes de aire que entraban por las grietas del tejado.
—Creo que tenemos posibilidades —dijo—. Si el Conde cierra el mercado antes de que pasen otros diez días. Si los casos del puerto se aíslan esta semana. Si la gente sigue las instrucciones.
—Eso son muchos condicionales.
—Toda la medicina son condicionales.
Rodrigo soltó un sonido que no era exactamente una risa.
—Eso no es muy tranquilizador.
—No pretendía serlo.
Silencio. La lluvia sobre el tejado. Algún paciente que se movía en el sector dos.
—¿De dónde aprendió todo esto? —dijo Rodrigo.
Era la segunda vez que alguien le hacía esa pregunta. La primera había sido Alvar, en la biblioteca del convento, con un tono de interrogatorio apenas disimulado. Rodrigo lo preguntaba de otra manera. Sin trampa. Como quien pregunta algo porque genuinamente no sabe la respuesta y le importa saberla.
Victoria tardó en responder.
—De muy lejos —dijo al fin.
Rodrigo la miró.
—¿Cuánto de lejos?
—Más de lo que puede imaginar.
Rodrigo no insistió. Miró la vela un momento y luego miró hacia los sectores, hacia los cuerpos dormidos, hacia el tejado que aguantaba la lluvia con las tablas que él mismo había clavado esa tarde.