Nadie llamó a la puerta.
Eso fue lo primero que Victoria recordó después, cuando ya había pasado todo y tenía tiempo de pensar: que no llamaron. Que simplemente entraron.
Eran dos. Entraron por la puerta del huerto, la que Victoria dejó sin barra porque Inés la usaba para traer suministros de madrugada. Uno llevaba un cuchillo. El otro llevaba algo más corto, más ancho. No eran soldados. Eran el tipo de hombres a los que se contrata para hacer cosas que no deben tener nombre.
Victoria estaba en el almacén cuando los oyó.
No los oyó a ellos. Oyó al herrero del sector uno, que se incorporó de golpe y dijo algo en voz baja que no era una palabra sino un sonido, el tipo de sonido que hace un hombre cuando reconoce un peligro que ya ha visto antes.
Victoria se quedó quieta.
El almacén era pequeño. Tenía una ventana alta y estrecha, demasiado estrecha para salir. Tenía estantes de madera con los suministros que Rodrigo trajó esa mañana: vinagre, trapos, dos frascos de aceite, uno de alcohol medicinal que Inés había conseguido de un boticario del mercado.
Victoria cogió el frasco de alcohol.
Lo descorchó.
***
Entraron al almacén porque era la única puerta cerrada del convento y porque la gente que busca a alguien busca primero detrás de las puertas cerradas.
El primero entró con el cuchillo por delante.
Victoria le tiró el alcohol a la cara.
No era suficiente para cegar. Era suficiente para sorprender, para hacer que el instinto cerrara los ojos y la mano subiera a protegerlos. El hombre retrocedió un paso. Ese paso fue suficiente.
Victoria cogió la antorcha del gancho de la pared.
La acercó al charco de alcohol en el suelo.
El fuego no fue grande. Fue suficiente. Una línea baja y azulada que el primer hombre cruzó sin querer y que le prendió el bajo de la capa. El segundo hombre gritó algo. El primero se golpeó la capa contra la pared intentando apagarlo.
Victoria salió por la puerta del almacén.
***
El convento era oscuro.
Conocía cada metro. Había pasado semanas moviéndose por él de noche, de madrugada, con una vela o sin nada. Sabía dónde estaban las columnas, los bancos, el escalón roto del pasillo norte.
Corrió hacia el sector dos.
Rodrigo estaba de pie cuando llegó. Había oído el ruido. Tenía en la mano el palo de madera que usaban para apuntalar las ventanas y la expresión de alguien que acaba de despertarse de golpe y está procesando muy deprisa.
—Dos hombres —dijo Victoria sin parar—. Puerta del huerto. Uno tiene fuego en la capa.
No tuvo que decir más.
Rodrigo fue hacia el huerto.
Victoria fue hacia los pacientes.
***
Lo que pasó después lo reconstruyó en fragmentos.
Rodrigo llegó al huerto antes de que los dos hombres cruzaran el corredor. Hubo ruido. El tipo de ruido que no se confunde con nada: golpes, algo cayendo, una maldición en voz muy baja. Victoria no fue a mirar. Estaba con los pacientes, con los doce cuerpos que no podían moverse solos, diciéndoles en voz baja que era un accidente, que no pasaba nada, que se quedaran quietos.
El herrero del sector uno la miraba con los ojos muy abiertos.
—¿Quién era? —dijo.
—No lo sé.
Era mentira. Lo sabía perfectamente. No tenía pruebas, pero sabía. Solo había una persona en la ciudad con razones suficientes y recursos suficientes para mandar hombres al convento de noche.
Don Fadrique.
***
Rodrigo entró por la puerta del sector dos quince minutos después.
Tenía un corte en el antebrazo izquierdo. No era profundo, pero sangraba. La manga de la camisa estaba empapada desde el codo hasta la muñeca y había algo en su forma de sostener el brazo, con cuidado, ligeramente separado del cuerpo, que le dijo a Victoria todo lo que necesitaba saber antes de que él dijera nada.
—Se fueron —dijo Rodrigo.
—Siéntese.
—Estoy bien.
—He dicho que se siente.
Rodrigo la miró un momento. Se sentó.
Victoria cogió el trapo más limpio que encontró, el vinagre, la vela. Se arrodilló delante de él y empezó a limpiar la herida con movimientos rápidos y precisos.
Rodrigo no se movió. No hizo ruido. Miraba la parte superior de la cabeza de Victoria con una expresión que ella no podía ver pero que los pacientes del sector dos, los que estaban despiertos, sí veían.
—Duele —dijo Victoria. No era una pregunta.
—Un poco.
—Más que un poco. No tiene que disimular.
—No estoy disimulando.
Victoria no respondió. Siguió limpiando. La herida era limpia, bordes rectos, cuchillo afilado. Peor en otro sentido: había cortado bien, en profundidad. Necesitaba cierre.
No tenía aguja quirúrgica. Tenía una aguja de coser e hilo encerado.
—Voy a necesitar hacer unos puntos —dijo.
Rodrigo bajó la vista hacia el corte.
—¿Sabe hacerlo?
—Sí.
—¿Va a doler?
—Sí.
Rodrigo exhaló por la nariz.
—Proceda —dijo.
***
Victoria hizo cuatro puntos.
Rodrigo no hizo ningún ruido durante los tres primeros. En el cuarto apretó la mandíbula y miró al techo con una concentración que era claramente un esfuerzo por no mirar lo que ella estaba haciendo.
—Ya está —dijo Victoria.
Ató el hilo. Cortó con los dientes lo que sobró. Cubrió la herida con un trapo limpio y lo aseguró con una tira de tela alrededor del antebrazo.
—No moje el brazo —dijo—. Mañana lo reviso.
—Gracias.
Victoria recogió los trapos sucios. Los dejó aparte para quemar.
Cuando se volvió, Rodrigo seguía mirándola.
—¿Sabe quién los mandó? —dijo.
—Tengo una idea.
—Don Fadrique.
No era una pregunta. Victoria lo miró.
—¿Usted también? —dijo.
—Lleva semanas presionando al Conde para que cierre este hospital. —Rodrigo bajó la vista al vendaje—. Esta es la presión por otro camino.
—¿Va a informar al Conde?
Rodrigo tardó en responder.