La Pandemia Del Pasado

CAPÍTULO 18 - El precio del mercado

El Conde los recibió a mediodía.

No era una audiencia formal. Era una sala pequeña con una mesa, tres sillas y un escribano en el rincón que tomaba notas en latín con letra menuda. El Conde estaba de pie junto a la ventana cuando entraron, mirando el patio interior del palacio con las manos unidas a la espalda.

Victoria pidió la reunión esa mañana. Mandó el mensaje con Rodrigo. El Conde respondió en menos de una hora.

Eso era una señal, aunque Victoria no sabía todavía de qué.

—Señora Victoria —dijo el Conde sin volverse.

—Señor.

Alvar estaba a su derecha. Rodrigo, con el brazo vendado bajo la manga, había esperado fuera.

El Conde se volvió al fin.

No era estúpido. Era el tipo de hombre que ha aprendido a durar más que los problemas sin resolverlos del todo.

—Me han informado del incidente de anoche —dijo.

—Entonces sabe que mandaron hombres armados a un hospital con enfermos de peste.

—Me han informado de que hubo una disputa en el convento. Los detalles no están claros.

Victoria miró al escribano. El hombre no levantó la vista del papel.

—Los detalles son claros —dijo Victoria—. Dos hombres entraron de noche. Uno llevaba cuchillo. Uno de sus funcionarios tiene cuatro puntos en el antebrazo para demostrarlo.

El Conde no respondió de inmediato.

—¿Qué quiere usted de mí? —dijo al fin.

—El cierre del mercado.

Silencio.

El escribano dejó de escribir.

Alvar no se movió, pero Victoria notó algo en su postura, una tensión nueva, la tensión de alguien que sabe lo que viene y ha decidido no intervenir todavía.

—¿El mercado? —dijo el Conde.

—El mercado central y todos los puestos del barrio del puerto. Cierre total. Quince días mínimo.

—Eso es imposible.

—Tengo diecisiete pacientes en el convento de San Jerónimo. Hace cinco días tenía nueve. La curva no se aplana sola. —Hizo una pausa—. Y esos son los que están aquí. Alvar ha contado más de cien enfermos en los barrios del puerto y del sur sin atención. Ciento veinte, quizás más. Con muertos en las calles que nadie recoge.

—La ciudad necesita el mercado para funcionar.

—La ciudad necesita personas vivas para funcionar. —Victoria puso el registro sobre la mesa. Las columnas de números, las fechas, los estadios—. Este es el recuento de los últimos ocho días. Esta es la línea que sigue si no se interrumpe la transmisión en el mercado. ¿Ve adónde llega en veinte días?

El Conde miró el papel sin tocarlo.

—Son proyecciones —dijo.

—Son matemáticas.

Alvar intervino entonces. Con cuidado, con el tono de alguien que elige cada palabra antes de soltarla.

—Señor, los casos del barrio del puerto tienen contacto directo con el mercado. Tres de los confirmados compraban allí la semana pasada. Si el mercado sigue abierto, la cadena de transmisión no se corta.

El Conde miró a Alvar.

Luego miró a Victoria.

Luego miró el papel otra vez.

—Quince días —dijo.

—Mínimo.

***

El decreto salió esa misma tarde.

Un pregonero lo leyó en las tres plazas principales al atardecer. Victoria no estaba allí para escucharlo. Estaba en el convento, revisando al herrero del sector uno, que ese día había abierto los ojos con más lucidez que en toda la semana.

Fue Marta quien le trajo la noticia.

Entró con paso rápido y cara de tormenta.

—Lo han cerrado —dijo.

—Lo sé.

—La mitad del gremio ya está en la calle. Don Fadrique ha convocado a los mercaderes en su almacén del puerto.

Victoria no levantó la vista del herrero.

—¿Cuántos?

—Muchos. —Marta dejó la cesta en el suelo—. Esto no va a quedar así, Victoria. Don Fadrique no pierde sin pelear.

—Ya lo sé.

—No creo que lo sepas del todo.

Victoria terminó de revisar al herrero. Se incorporó. Miró a Marta.

—¿Qué más?

—Que está diciendo que el mercado no es el problema. Que la epidemia es pequeña y que vosotros la estáis exagerando para obtener poder sobre la ciudad. Que tú eres una forastera sin documentos que ha convencido al Conde con números falsos.

—¿Y la gente lo cree?

Marta tardó en responder.

—Parte de ella —dijo—. La parte que tiene más miedo a perder el sustento que a perder la salud.

Victoria aceptó eso en silencio.

Era una dinámica que conocía. No del siglo XVI. De siempre.

***

Don Fadrique llegó al convento al día siguiente.

No vino con hombres armados esta vez. Vino solo, con la capa oscura y los guantes puestos a pesar del calor, y se quedó en la entrada sin cruzar el umbral como si el suelo dentro fuera ya territorio enemigo.

Victoria salió a hablar con él.

Lo miró. Era un hombre grande, bien alimentado, con la cara del tipo de persona que ha tomado decisiones difíciles durante mucho tiempo y ha dejado de sentirlas como difíciles.

—Señora Victoria —dijo.

—Don Fadrique.

—Quería hablar con usted personalmente. Sin intermediarios.

—Hable.

Don Fadrique miró el interior del convento por encima del hombro de Victoria. Los pacientes. El olor a vinagre y a humo.

—Entiendo lo que está haciendo —dijo—. Y no digo que sea deshonesto. Digo que es excesivo. El cierre del mercado va a arruinar a familias enteras. Comerciantes que llevan generaciones en esta ciudad.

—Y la epidemia sin control va a matar a familias enteras. Comerciantes también.

—Son diecisiete enfermos en el convento —dijo Don Fadrique—. Que pueden ser cien o doscientos en la ciudad, según dice usted. En una ciudad de veinte mil almas.

—Hoy.

Don Fadrique la miró.

—Usted es muy segura de sí misma para ser alguien de quien nadie sabe nada.

—Los números no necesitan que nadie sepa quién soy.

—Los números los ha puesto usted. —Su voz no había cambiado de tono. Eso era lo más peligroso—. Un registro que nadie más ha verificado. La palabra de una forastera sin papeles contra el criterio de los hombres que conocen esta ciudad.




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