El Consejo se reunía los jueves.
Victoria lo supo por Rodrigo, que lo supo por el escribano del Conde, que se lo dijo sin que nadie se lo pidiera porque era el tipo de hombre que filtraba información como otros respiran: sin pensarlo, sin propósito claro, por la simple presión de saber algo que otros no saben.
Eran ocho consejeros. Comerciantes, dos representantes del clero, un jurista. El Conde presidía, pero no votaba salvo en empate.
Don Fadrique no era consejero. Pero tres de los ocho lo eran por su dinero.
Rodrigo se lo explicó con esa economía de palabras que Victoria había aprendido a leer: lo necesario, sin adorno, con la precisión de alguien que sabe que la información tiene peso y no hay que malgastarla.
—¿Cuándo nos convocan? —dijo Victoria.
—Pasado mañana.
—¿Con qué cargo?
—Sin cargo formal todavía. Es una consulta. —Rodrigo hizo una pausa—. Por ahora.
***
Victoria pasó el día siguiente preparando.
Actualizó el registro. Añadió una columna nueva: contactos conocidos de cada paciente, rastreados hasta donde había podido rastrearlos. Tres del mercado. Dos del puerto. Uno del barrio del gremio de los tejedores, que colindaba con el puerto por el sur.
El mapa de transmisión era claro.
Lo copió dos veces. Una copia para el Consejo. Una para Alvar.
Alvar llegó por la tarde y revisó todo sin decir nada durante veinte minutos. Luego dijo:
—Hay un problema.
—Dígame.
—El registro prueba la transmisión. No prueba que el cierre del mercado la vaya a detener. —Alvar dejó el papel sobre la mesa—. Van a preguntarle eso. ¿Qué les va a responder?
Victoria lo había pensado ya.
—Que, en Venecia, en 1347, el cierre del puerto retrasó la entrada de la segunda oleada en tres semanas. Que, en Ragusa, en los años siguientes, la cuarentena de cuarenta días redujo la mortalidad de manera documentada.
—¿Tiene acceso a esos documentos?
—No aquí. Pero los datos existen.
Alvar la miró.
—En el Consejo van a pedirle fuentes.
—Lo sé.
—¿Y?
Victoria no respondió de inmediato.
—Y voy a tener que convencerlos sin ellas —dijo al fin.
Alvar exhaló por la nariz. No era exactamente desaprobación. Era la resignación de alguien que ha decidido acompañar a una persona hacia algo difícil y ha dejado de intentar convencerla de que no lo haga.
***
La mañana del Consejo, Victoria se miró el brazalete.
Lo hacía poco. Lo había aprendido a ignorar, a tratarlo como parte del cuerpo, como se aprende a ignorar el peso de los propios huesos. Pero a veces, en los momentos de quietud, la piedra casi negra captaba la luz de una manera que la detenía.
Inés la encontró así, de pie junto a la ventana del almacén, con la muñeca izquierda levantada.
—¿Qué es eso? —dijo Inés.
Era la primera vez que lo preguntaba. Victoria se lo había puesto debajo de la manga desde el principio, por instinto. Esa mañana se le había subido la tela.
—Un brazalete —dijo Victoria.
—Ya veo que es un brazalete. —Inés se acercó. Miró las piedras—. ¿De dónde lo sacaste?
—Me lo dieron.
—¿Quién?
Victoria bajó la manga.
—Un anciano —dijo—. Antes de llegar aquí.
Inés la miró con esa expresión suya que no era credulidad ni escepticismo sino algo intermedio, el pragmatismo de alguien que ha visto demasiado para descartar nada del todo.
—Las piedras cambian —dijo.
Victoria la miró.
—¿Qué?
—La primera vez que te vi, las tres eran distintas. La verde, la rojiza, la oscura. —Inés señaló con el mentón—. Ahora la rojiza está más oscura que antes.
Victoria se subió la manga.
Miró las piedras.
Inés tenía razón.
La piedra rojiza había oscurecido. No era negra todavía. Pero se había acercado.
Victoria bajó la manga despacio.
—¿Qué crees que significa? —dijo.
—No lo sé. —Inés recogió la cesta del suelo—. Pero cuando tres cosas van cambiando hacia lo mismo, suele significar que el tiempo se acaba.
No dijo más. Salió del almacén con la cesta al brazo como si hubiera comentado el tiempo.
Victoria se quedó mirando la manga.
***
El Consejo sesionaba en la sala grande del palacio municipal.
Una mesa larga. Ocho hombres sentados. El Conde en la cabecera. Dos escribanos en los laterales. Ventanas altas que dejaban entrar una luz oblicua y fría.
Don Fadrique estaba en la galería de observadores, de pie, con los brazos cruzados. No tenía voz en el Consejo. Pero su presencia era suficientemente elocuente.
Victoria entró con Alvar.
El jurista del Consejo, un hombre delgado con cara de llevar décadas leyendo contratos, tomó la palabra primero.
—Señora Victoria. Se la ha convocado para explicar ante este Consejo los fundamentos del cierre del mercado que ha recomendado al Señor Conde.
—Entendido.
—Sírvase indicar primero su nombre completo, lugar de origen y credenciales médicas.
Victoria había preparado esa respuesta también.
—Victoria. Médica de formación práctica. Mi lugar de origen está lejos de esta ciudad. Mis credenciales son los veintitrés pacientes que llevo en el convento de San Jerónimo, de los cuales dieciséis siguen vivos.
Murmullos en la sala.
El jurista no parpadeó.
—¿Dieciséis de veintitrés?
—Sí.
—Eso implica siete muertos bajo su cuidado.
—Siete personas que llegaron al convento ya en fase terminal. Sin intervención, habrían muerto antes. —Victoria dejó el registro sobre la mesa—. Este es el recuento completo. Fechas de ingreso, estadio al ingreso, evolución, resultado. Pueden verificarlo.
Alvar añadió su copia al lado de la de Victoria sin decir nada.
Don Fadrique pidió la palabra desde la galería.
El Conde vaciló. Uno de los consejeros cercanos a Don Fadrique hizo un gesto. El Conde cedió.
Don Fadrique bajó a la sala con paso tranquilo.