El convento tenía veintiún pacientes cuando Alvar perdió la calma. Afuera, en los barrios que ninguno de los dos podía alcanzar, había doscientos más que nadie estaba contando.
No fue un estallido gradual. Fue de golpe, como siempre son las cosas que se han contenido demasiado tiempo. Victoria estaba cambiando la venda de una mujer del sector dos cuando lo oyó gritar desde el corredor.
—¡Esto es una locura!
Salió. Alvar estaba de pie en el centro del pasillo con el registro en la mano, la cara roja, los ojos encendidos de algo que no era solo cansancio.
—¡Veintiún pacientes y dos ayudantes! —dijo—. ¡Inés tiene cincuenta años y Marta no ha dormido en tres días! ¡Usted tampoco! —Tiró el registro sobre la mesa con un golpe seco—. ¡Esto no es un hospital, es un matadero con mejor intención! ¡Y hay doscientos más en los barrios que no podemos alcanzar porque no tenemos manos!
—Alvar.
—¡No! —Levantó la mano—. Llevo semanas siguiéndola, avalándola, defendiéndola ante el Consejo. Y mientras tanto usted añade pacientes como si el espacio fuera infinito y el cuerpo humano no tuviera límites. ¡Los suyos tampoco!
Victoria lo miró en silencio.
—¿Ha terminado?
—No he terminado. —La señaló con el dedo—. Hay algo más. Rodrigo.
—¿Qué pasa con Rodrigo?
Alvar bajó la voz, pero la tensión no bajó con ella.
—Viene cada día. Trae suministros que nadie le pide. Se queda hasta medianoche. —Hizo una pausa—. Usted lo sabe y lo permite y eso es un problema.
—Rodrigo trabaja.
—Rodrigo está enamorado. Y usted no lo está deteniendo.
El silencio que siguió fue distinto al anterior. Más pesado.
Victoria sintió algo subir por el pecho que no era exactamente rabia pero se le parecía.
—Lo que hace Rodrigo en su tiempo libre no es asunto mío.
—¡Es exactamente su asunto! —Alvar volvió a alzar la voz—. Usted va a irse. No sé cuándo ni cómo, pero lo sé. Y cuando se vaya, él va a quedarse aquí con todo lo que usted le haya dejado dentro.
Victoria no respondió.
Alvar la miró un momento más. Luego cogió el registro del suelo, lo dejó sobre la mesa con cuidado esta vez, y salió por la puerta del huerto dando un portazo que resonó en toda la nave.
Tres pacientes del sector uno la miraron.
Victoria volvió a la mujer de la venda sin decir nada.
Pero las manos le temblaban un poco mientras ataba el nudo.
***
Marta llegó al mediodía con pan, cebollas y una expresión que Victoria ya conocía: la de quien trae malas noticias envueltas en normalidad para que duelan menos.
—Siéntate —le dijo Victoria.
—No tengo tiempo de sentarme.
—Siéntate igual.
Marta se sentó. Dejó la cesta. Miró a Victoria con los ojos un poco brillantes, que en ella era el equivalente a llorar.
—Han pintado cruces en la puerta del convento —dijo—. Esta mañana. Cruces rojas, como las que ponen en las casas de apestados.
Victoria cerró los ojos un segundo.
—¿Quién?
—No se sabe. Pero el barrio habla. Dicen que el convento es un foco. Que los enfermos no deberían estar en medio de la ciudad. —Marta apretó las manos sobre el regazo—. Hay gente que quiere que lo cierren, Victoria. No Don Fadrique. Gente del barrio. Vecinos.
—El convento está en el extremo norte. No está en medio de nada.
—El miedo no entiende de geografía.
Victoria abrió los ojos.
Marta la miraba con esa mezcla suya de dureza y afecto que nunca se separaban del todo.
—¿Y tú? —dijo Victoria—. ¿Tú qué quieres?
Marta tardó.
—Yo quiero que esto termine —dijo, y la voz se le quebró un poco en la última palabra, solo un poco, lo suficiente—. Llevo semanas durmiendo tres horas. Llevo semanas con miedo de contagiarme, de llevar algo a mi casa, a mis hijos. —Se limpió los ojos con el dorso de la mano, brusca, como si la traicionaran—. Pero no me voy a ir. Que conste.
Victoria no dijo nada.
Se acercó y le apretó el brazo un momento.
Marta asintió. Se limpió los ojos otra vez. Se levantó y cogió la cesta.
—Lo de Rodrigo —dijo antes de irse.
Victoria la miró.
—Alvar tiene razón —dijo Marta. Y se fue.
***
Rodrigo llegó al atardecer.
Traía más vinagre y una capa nueva para Victoria, porque la suya había quedado chamuscada en el incendio del almacén. La dejó sobre el banco sin decir nada y se puso a trabajar.
Victoria lo observó desde el sector tres. Lo observó sin querer observarlo, que era peor.
Rodrigo trabajaba con esa calma suya que no era indiferencia sino la calma de alguien que ha encontrado dónde poner la energía y la pone sin reservas. Cambiaba trapos. Hablaba en voz baja con los pacientes. El herrero del sector uno, que había mejorado lo suficiente para sentarse, le preguntó algo y Rodrigo se rio, una risa corta y genuina que recorrió la nave y llegó hasta donde estaba Victoria como algo físico.
Ella apartó la vista.
Al rato, cuando los pacientes dormían y la luz era casi nada, Rodrigo se acercó.
—¿Cómo está el brazo? —dijo ella antes de que él dijera nada.
—Bien. ¿Quiere verlo?
—Mañana.
Silencio.
—Ha pasado algo hoy —dijo Rodrigo. No era una pregunta.
—Muchas cosas.
—Algo entre usted y Alvar.
Victoria lo miró.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque Alvar pasó por delante del palacio esta tarde con cara de haber peleado con alguien y de no estar del todo arrepentido.
A pesar de todo, Victoria sintió algo aflojarse en el pecho.
—Rodrigo —dijo.
—Diga.
Buscó las palabras. Las correctas, no las fáciles.
—Lo que está haciendo aquí. Venir cada día. Los suministros. Quedarse hasta tarde. —Hizo una pausa—. No tiene que hacerlo.
Rodrigo la miró durante un momento largo.
—Ya lo sé —dijo.
—No quiero que lo haga por razones equivocadas.
—¿Y cuáles serían las razones equivocadas?
Victoria no respondió.