Llovía otra vez cuando Rodrigo le preguntó de dónde venía.
No fue una pregunta directa. Rodrigo no hacía las preguntas difíciles de frente. Las dejaba caer de lado, como quien no apunta, y esperaba a ver qué tocaban.
Estaban en el huerto. Victoria había salido a lavarse las manos en el pozo después de atender al niño del sector tres, que esa noche había empeorado. Rodrigo había salido detrás con la excusa de revisar las tablas del tejado, que aguantaban perfectamente y no necesitaban revisión ninguna.
—El herrero me preguntó hoy de dónde era usted —dijo Rodrigo. Estaba de espaldas, mirando el tejado que no necesitaba revisar—. Le dije que no lo sabía.
—Es la respuesta correcta.
—Me pidió que le preguntara.
—Ya me ha preguntado.
Rodrigo se volvió.
La lluvia era fina, casi niebla. La luz de la antorcha del corredor llegaba hasta el huerto justa, lo suficiente para ver las caras sin ver demasiado.
—¿De verdad no me lo va a decir? —dijo.
Victoria terminó de lavarse las manos. Las secó en el trapo que llevaba al cinto.
—No es que no quiera —dijo—. Es que no puedo explicarlo de una manera que tenga sentido para usted.
—Pruebe.
—Rodrigo.
—Pruebe —repitió. Sin impaciencia. Con esa calma suya que últimamente a Victoria le resultaba más difícil de manejar que los gritos.
Victoria miró el pozo. El agua en el fondo reflejaba la antorcha del corredor, una llama pequeña y distorsionada.
—Vengo de un lugar muy lejos —dijo—. No en distancia. En tiempo.
Silencio.
La lluvia sobre las piedras del huerto.
—¿En tiempo? —repitió Rodrigo.
—Sí.
Rodrigo no dijo nada durante un momento. Victoria esperó el escepticismo, la pregunta de seguimiento que desmontaría lo que acababa de decir, la retirada educada hacia territorio más seguro.
No llegó nada de eso.
—¿Cuánto tiempo? —dijo Rodrigo.
Victoria lo miró.
—Mucho —dijo—. Más de lo que puedo decirle sin que deje de creerme del todo.
Rodrigo procesó eso con la misma expresión con que procesaba los informes de los pacientes: sin dramatismo, buscando la lógica interna, aceptando lo que no encajaba en sus categorías habituales como un dato más.
—¿Va a volver? —dijo al fin.
La pregunta le golpeó en algún lugar que no esperaba.
—No lo sé —dijo Victoria. Y era verdad. Era la verdad más completa que tenía—. El brazalete decide eso. No yo.
Rodrigo miró su muñeca izquierda, cubierta por la manga.
—¿El brazalete de las piedras?
—Sí.
—¿Y si decide que es pronto?
Victoria no respondió.
Rodrigo asintió despacio. Miró el suelo mojado. Luego la miró a ella con una expresión que era nueva, que no había visto antes en él, algo entre la tristeza y la resolución de alguien que acaba de entender algo que no quería entender y ha decidido aceptarlo de todas formas.
—Da igual —dijo.
—Rodrigo.
—He dicho que da igual. —No era brusco. Era firme, que es distinto—. De dónde viene, cuándo llegó, cuándo se va. Da igual. Lo que está haciendo aquí importa. Usted importa. —Hizo una pausa—. Para mí importa. Y no voy a dejar de venir porque sea complicado.
Victoria sintió algo apretarse en la garganta.
No era costumbre suya. No lloraba en el trabajo. No lloraba delante de nadie desde hacía más años de los que quería contar. Pero algo en la calma de Rodrigo, en su manera de aceptar lo inaceptable sin escándalo, sin exigir más de lo que ella podía dar, le hizo daño de una manera que el miedo y el agotamiento no habían conseguido.
—No es justo para usted —dijo. La voz le salió más baja de lo que pretendía.
—Eso lo decido yo.
—Hay cosas que no se pueden decidir.
—Y hay cosas que sí. —Rodrigo se acercó un paso. Solo uno—. Puedo decidir que mientras esté aquí, vale la pena. Puedo decidir no pasarme el tiempo que nos queda lamentando el tiempo que no va a haber.
Victoria lo miró.
Tenía la lluvia en el pelo. La antorcha del corredor le daba en la cara desde el ángulo equivocado, o quizás desde el ángulo exacto.
—Es muy razonable —dijo Victoria—. Para ser una conversación sobre viajes en el tiempo.
Rodrigo soltó una carcajada. Corta, genuina, la misma que había recorrido la nave antes y que seguía haciéndole algo raro al pecho de Victoria.
—Soy un hombre razonable —dijo.
—Lo sé.
Silencio.
La lluvia.
Rodrigo no se acercó más. Victoria no retrocedió.
—El niño del sector tres —dijo Rodrigo al fin, volviendo al territorio seguro de los hechos—. ¿Va a pasar la noche?
—No lo sé. Quizás.
—¿Quiere que me quede?
Victoria consideró decir que no. Consideró todas las razones que Alvar le había dado y que Marta había confirmado y que ella misma sabía que eran correctas.
—Sí —dijo.
Rodrigo asintió. Fue hacia el corredor.
Victoria se quedó un momento en el huerto, bajo la lluvia fina, con la mano izquierda apretada alrededor de la muñeca derecha porque era lo contrario de lo que quería hacer.
Luego entró.
***
El niño pasó la noche.
A las cuatro de la madrugada, la fiebre bajó un poco. No era suficiente para cantar victoria. Era suficiente para no rendirse.
Victoria lo anotó en el registro.
Rodrigo dormía en el banco del corredor, la cabeza apoyada en la pared, la respiración lenta y regular.
Victoria se quedó de pie en el umbral entre el corredor y el sector tres, mirando al niño, mirando a Rodrigo, sin terminar de mirar a ninguno de los dos.
Mañana iba a hablar con Alvar.
Iba a decirle que tenía razón.
No iba a cambiar nada. Pero Alvar merecía escucharlo.
***
Al amanecer, Victoria revisó el brazalete.
La piedra rojiza era ahora casi tan oscura como la negra.
Solo la verde seguía igual.
Guardó la muñeca bajo la manga y fue a despertar a Rodrigo para que se marchara antes de que llegaran Inés y Marta y lo encontraran durmiendo en el banco como si viviera allí.