Don Fadrique mandó un mensajero al mediodía.
No era una invitación. Era una convocatoria. La diferencia estaba en el tono: sin cortesías innecesarias, sin fórmulas de respeto. Solo una dirección y una hora. El palacio del puerto, a las nueve de la noche.
Victoria leyó el mensaje dos veces.
Rodrigo lo leyó por encima de su hombro y dijo, con una calma que era claramente un esfuerzo:
—No va a ir.
—Voy a ir.
—Victoria. —La voz se le tensó—. Este hombre mandó asesinos al convento. Tiene tres consejeros en el bolsillo. Y ahora la convoca de noche a su palacio privado como si fuera una de sus empleadas. ¿Y usted va a ir?
—Necesito saber qué quiere.
—¡Ya sabemos lo que quiere! ¡Quiere que se vaya de la ciudad o que aparezca muerta en un callejón!
Victoria lo miró.
—Rodrigo.
—¡No me diga que me calme!
—No iba a decirle eso.
Rodrigo apretó la mandíbula. Miró el mensaje. Miró a Victoria. Había algo en su cara que ella reconocía y que le resultaba más difícil de manejar que la rabia: era miedo. Miedo real, sin disimulo, el tipo que no se controla del todo.
—Entonces qué iba a decirme —dijo, más bajo.
—Que tiene razón en tener miedo. Y que voy a ir de todas formas.
Rodrigo soltó el aire por la nariz. Se giró y golpeó la pared del corredor con la palma abierta, un golpe seco que resonó en la piedra.
Los pacientes del sector uno miraron hacia el corredor.
—Yo la acompaño —dijo sin volverse.
—Usted se queda aquí.
—Victoria —
—Si los dos desaparecemos una noche, nadie vigila el convento. —Victoria habló despacio, con la claridad de quien ha pensado cada palabra—. Usted se queda. Yo voy. Y si no he vuelto antes del amanecer, avisa al Conde personalmente. No por mensaje. En persona.
Rodrigo se volvió.
La miró durante un momento largo.
—No me gusta esto —dijo.
—Lo sé.
—Nada de esto me gusta.
—Lo sé.
Se miraron. Victoria sostuvo esa mirada sin apartar los ojos porque era lo único que podía darle en ese momento y los dos lo sabían.
***
El palacio de Don Fadrique olía a madera cara y a velas de sebo.
Era un edificio de tres plantas frente al puerto, con ventanas que daban al mar y suelos de piedra pulida que amplificaban cada paso. Un criado la llevó por un corredor largo hasta una sala con chimenea encendida a pesar del calor moderado de la noche. Don Fadrique estaba de pie junto al fuego con una copa de vino que no había tocado.
Victoria entró sola.
Don Fadrique la miró de arriba abajo con la tranquilidad de alguien que lleva toda la vida siendo el hombre más poderoso en cada habitación que ocupa.
—Gracias por venir —dijo.
—No vine por cortesía.
—No. Vino porque es inteligente y sabe que esta conversación vale más que ignorarla. —Señaló la silla frente a él—. Siéntese.
Victoria no se sentó.
Don Fadrique aceptó eso con una sonrisa pequeña.
—Como quiera. —Dejó la copa sobre la repisa—. Voy a ser directo, porque los dos somos personas que prefieren la claridad.
—Adelante.
—Quiero que se vaya de la ciudad.
Victoria no respondió.
—No es una amenaza —continuó Don Fadrique—. Es una oferta. Dinero suficiente para llegar a donde quiera llegar. Salvoconducto con el sello del Conde, que puedo obtener. —Hizo una pausa—. Y mi garantía personal de que nadie la seguirá.
—¿Y el convento?
—El convento continúa bajo supervisión del señor Alvar. Los pacientes reciben atención. El cierre del mercado se mantiene dos semanas más. —Extendió las manos en un gesto de generosidad calculada—. Todo lo que usted quería, pero sin usted.
Victoria lo miró.
—¿Por qué?
Don Fadrique la miró como si la pregunta fuera casi ingenua.
—Porque usted es el problema —dijo—. No la epidemia. La epidemia puedo manejarla. Usted es impredecible. Una mujer sin papeles, sin nombre verificable, sin gremio, que ha conseguido en semanas lo que nadie con credenciales ha conseguido en años. —Su voz era plana, informativa, como quien explica algo obvio—. Eso es peligroso para el orden de esta ciudad. Para mi orden.
—¿Y si no me voy?
El silencio que siguió fue de un tipo diferente.
Don Fadrique cogió la copa. Bebió despacio. La dejó.
—Entonces el Consejo revoca el cierre del mercado la semana que viene. —Su voz no cambió de tono en ningún momento, y eso era lo más aterrador—. Después presento al Consejo pruebas de que usted ha ejercido medicina sin autorización, ha causado la muerte de siete pacientes bajo su cuidado, y ha manipulado al Señor Alvar mediante engaños. —Otra pausa—. El proceso puede tardar semanas. Mientras tanto, usted permanece detenida. Sin el convento. Sin sus pacientes.
Victoria sintió el frío subir desde el suelo de piedra pulida.
—Esas pruebas no existen.
—Las pruebas que no existen se construyen. —Lo dijo sin énfasis, sin crueldad visible, como un hecho técnico—. Tengo hombres que han visto cosas y juristas que saben cómo escribirlas.
Victoria lo miró.
Don Fadrique la miraba con esa tranquilidad suya que no era paz sino la ausencia total de duda. El tipo de tranquilidad que solo tienen las personas que nunca han necesitado justificarse ante nadie.
—Tiene hasta mañana para decidir —dijo.
Victoria se acercó un paso.
Don Fadrique no se movió.
—Escúcheme bien —dijo Victoria, con una voz baja que era más peligrosa que los gritos—. Hay veintiún personas en ese convento. Algunas van a vivir porque llegaron a tiempo. Otras no. Y si abre ese mercado antes de que la curva baje, en un mes habrá cientos. No decenas. Cientos. —Se acercó otro paso—. Usted puede comprar juristas y construir pruebas. No puede comprar una epidemia para que se detenga. Y cuando no se detenga, todo el mundo va a saber que fue usted quien abrió el mercado.
Don Fadrique la miró.
Por primera vez en toda la conversación, algo cambió en su cara. No era miedo. Era el reconocimiento de alguien que ha encontrado un argumento que no puede desmontar del todo y no le gusta.