La Pandemia Del Pasado

Capítulo 23 — Fuego en el depósito

Alvar llegó al convento con noticias que no quería dar.

Victoria lo vio en la cara antes de que abriera la boca. Alvar tenía una manera de entrar cuando traía malas noticias: despacio, con la capa abrochada hasta arriba aunque no hiciera frío, como si necesitara la armadura adicional.

—Diga —dijo Victoria.

—El Consejo se reúne mañana. —Hizo una pausa—. Van a votar el cierre del convento.

El silencio duró dos segundos.

Luego Inés, que estaba cambiando trapos en el sector dos, dijo:

—Que les den.

—Inés —dijo Alvar.

—¡He dicho lo que he dicho! —Se incorporó con los trapos sucios en la mano y los ojos encendidos—. ¡Llevamos semanas aquí, con estos enfermos, sin dormir, sin comer bien, con miedo de contagiarnos, y ahora esos hombres que no han puesto un pie en este convento van a decidir desde su sala bonita que hay que cerrarlo! ¡Es una vergüenza!

—Inés, lo sé, pero el proceso —

—¡El proceso! —Tiró los trapos en el cubo con un golpe—. ¡El proceso es que Don Fadrique tiene a tres de esos hombres comprados y al resto asustados!

Alvar no respondió.

Porque era verdad y los tres lo sabían.

Victoria miró el registro. Veintitrés pacientes en el convento. La curva llevaba dos días sin subir tan rápido. No era suficiente para cantar victoria, pero era algo. Era exactamente el momento equivocado para cerrar. Afuera, en los barrios, Alvar estimaba doscientos cincuenta enfermos, quizás trescientos: la mayoría sin atención, con familias encerradas y vecinos huyendo de sus propias casas.

—¿Cuántos votos necesita? —dijo.

—Cinco de ocho —dijo Alvar—. Tiene tres seguros. Necesita dos más.

—¿Quiénes son los indecisos?

—El representante del clero del norte. Y Hernán, el mercader de telas. Los dos tienen miedo, pero no son hombres de Don Fadrique.

—Entonces hay que hablar con ellos antes de mañana.

Alvar la miró.

—Victoria. Son las cuatro de la tarde. La sesión es a las nueve de la mañana.

—Entonces tenemos diecisiete horas.

Alvar se frotó la cara con las dos manos. Soltó un sonido que era mitad risa, mitad desesperación.

—¿Sabe lo que me ha costado usted? —dijo, y había algo genuino en la voz, algo que no era reproche sino el agotamiento real de alguien que ha dado más de lo que tenía—. Mi reputación. Mi posición en el gremio. Dos colegas que no me hablan. Mi mujer, que lleva semanas sin verme y empieza a hacer preguntas que no sé cómo responder.

Victoria lo miró.

—Alvar —dijo.

—No me pida que me disculpe por decirlo. —Levantó la mano—. Solo quería que lo supiera.

—Lo sé —dijo Victoria—. Y lo siento.

Alvar bajó la mano.

Los dos se miraron un momento.

—Voy a hablar con el representante del clero esta tarde —dijo Alvar al fin, con la voz recuperada—. Usted habla con Hernán. Rodrigo puede llevarla, conoce la familia.

—Bien.

—Y Victoria. —Hizo una pausa—. Sea honesta con Hernán. No le dé solo números. Dígale lo que pasa realmente aquí. A veces la verdad funciona mejor que las matemáticas.

***

Rodrigo la llevó al almacén de Hernán antes del anochecer.

La reunión duró cuarenta minutos. Hernán era un hombre nervioso, con las manos siempre en movimiento, que escuchó a Victoria con la expresión de alguien que quiere creerla y tiene miedo de hacerlo.

Al final dijo que lo pensaría.

No era un sí. Tampoco era un no.

De vuelta al convento, Rodrigo caminaba más despacio que de costumbre.

—¿Qué le pasa? —dijo Victoria.

—Nada.

—Rodrigo.

Él se detuvo en mitad de la calle.

—Tengo un mal presentimiento —dijo—. Desde esta mañana. —La miró—. No sé explicarlo mejor. Solo sé que algo no está bien.

Victoria lo miró.

—¿Ha visto algo? ¿Ha oído algo concreto?

—No. Es solo... —Negó con la cabeza—. Da igual. Son nervios.

—No da igual si usted lo dice.

Rodrigo la miró un momento. Luego siguió caminando.

—Esta noche —dijo—, quiero que duerma en el convento. No en casa de Inés.

—Siempre duermo en el convento.

—Me refiero en el interior. No en el almacén. —Hizo una pausa—. En la nave central, con los pacientes.

Victoria frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque si algo pasa, prefiero que esté rodeada de gente.

Victoria estudió su cara. La tensión en la mandíbula. Los ojos que miraban la calle como si esperaran algo que no sabía nombrar.

—De acuerdo —dijo.

Rodrigo asintió.

Pero no se relajó.

***

La noche empezó tranquila.

Marta se fue a las diez. Inés se quedó hasta medianoche y luego también se fue. Rodrigo se quedó, como siempre, en el banco del corredor.

Victoria revisó a los pacientes uno por uno. El niño del sector tres había mejorado lo suficiente para pedir agua él solo. El herrero llevaba dos días sin fiebre. Tres pacientes del sector uno podrían irse a casa la semana siguiente si seguían así.

La curva bajaba.

Despacio, con la terquedad de las cosas que no quieren ceder, pero bajaba.

Victoria lo anotó en el registro con algo que se parecía remotamente a la esperanza.

***

El olor llegó primero.

No era el olor habitual del convento: vinagre, brea, cera. Era algo más acre, más profundo. El tipo de olor que se mete en los pulmones antes de que el cerebro lo identifique.

Victoria lo identificó en menos de dos segundos.

Humo.

Se levantó del banco.

—¡Rodrigo!

Rodrigo ya estaba de pie en el corredor. Lo había olido también.

—El depósito —dijo.

El depósito estaba en el ala sur, separado de la nave principal por un corredor de piedra. Ahí guardaban los suministros: el vinagre, los trapos, el aceite para las antorchas, las tablas de repuesto.

Cuando Victoria llegó al corredor sur, el humo era denso y bajo, moviéndose por el suelo como agua.

La puerta del depósito estaba caliente.

No la abrió.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.