La Pandemia Del Pasado

Capítulo 24 — La puerta que no abre

El fuego tardó dos horas en consumir el ala sur.

Victoria lo vio arder desde el huerto, con los veintitrés pacientes alrededor, algunos sentados en el suelo, algunos de pie, todos en silencio con ese silencio particular de las personas que han estado cerca de morir y todavía no han procesado que no murieron.

Rodrigo había ido a buscar ayuda. Volvió con cuatro hombres del barrio y dos cubos de agua que no sirvieron de nada contra ese fuego, pero que nadie pudo quedarse sin intentar.

A medianoche llegó Alvar.

Venía corriendo. Victoria lo vio llegar desde el otro extremo del callejón, con la capa a medio abrochar y el pelo suelto, y algo en esa imagen, Alvar corriendo, Alvar que nunca corría, le dijo que alguien lo había avisado con urgencia real.

—¿Están todos? —gritó antes de llegar.

—Todos —dijo Victoria.

Alvar llegó hasta ella y se detuvo. La miró de arriba abajo con una rapidez diagnóstica que era puro instinto médico. Luego miró el fuego. Luego a los pacientes. Luego cerró los ojos un segundo.

—Dios mío —dijo, muy bajo.

No dijo más.

No hacía falta.

***

Instalaron a los pacientes en la nave principal, la que el fuego no había alcanzado.

Era provisional. La estructura del ala sur había cedido y el olor a humo lo impregnaba todo, pero los muros de piedra de la nave central aguantaban. Aguantarían la noche.

Victoria trabajó durante una hora reubicando a los pacientes, revisando quemaduras menores, calmando al hombre del sector uno que había entrado en pánico y no podía dejar de temblar aunque el peligro había pasado.

Rodrigo trabajó a su lado sin decir nada.

Cuando el último paciente estuvo instalado, Victoria se sentó en el suelo con la espalda contra la columna y cerró los ojos.

Rodrigo se sentó a su lado.

—El Consejo es en nueve horas —dijo.

—Lo sé.

—¿Puede presentarse así?

Victoria abrió los ojos. Miró sus manos. Hollín hasta los codos. Un corte pequeño en la palma derecha que no recordaba haberse hecho.

—No tengo otra ropa —dijo.

—Inés tiene.

—A estas horas no voy a despertar a Inés.

—Inés ya está despierta —dijo una voz desde la puerta.

Los dos se volvieron.

Inés estaba en el umbral con una cesta y una expresión que era furia y alivio mezclados en proporciones iguales.

—Me enteré hace una hora. —Entró con paso rápido—. ¿Por qué no me avisaron? —Se plantó delante de Victoria—. ¿Por qué no me avisaron, Victoria? ¡Podría haber ayudado!

—No había tiempo —dijo Victoria.

—¡Siempre dices eso! ¡Siempre decides sola que no hay tiempo o que no es necesario o que puedes con todo tú misma! —Los ojos de Inés brillaban, y esta vez no los limpió—. ¡Somos un equipo! ¡Cuando pasan cosas, me avisas! ¿Entendido?

Victoria la miró.

—Entendido —dijo.

Inés asintió. Se limpió los ojos con el dorso de la mano, brusca como siempre.

—Bien. —Abrió la cesta—. Ropa limpia. Pan. Y caldo, que os vais a morir de frío.

***

Alvar encontró a Victoria una hora después, cuando los pacientes dormían y el convento estaba en silencio.

Ella estaba revisando al niño del sector tres, que había dormido durante todo el traslado con una placidez que era casi milagrosa.

—Victoria —dijo Alvar, muy bajo.

—Diga.

—Tengo la copia del registro. —Hizo una pausa—. Pero hay algo más. Uno de los hombres del barrio que vino a ayudar con el fuego. Trabaja en los almacenes del puerto.

Victoria se incorporó.

—Y.

—Dice que vio a dos hombres de Don Fadrique salir del convento una hora antes del incendio. Por la puerta del ala sur.

Victoria sintió el frío bajar por la espalda.

—¿Lo va a declarar ante el Consejo?

Alvar vaciló.

—Tiene miedo —dijo—. Tiene familia. Trabaja para los mercaderes del puerto.

—¿Va a declarar o no?

—No lo sé todavía. Estoy intentando convencerle.

Victoria miró el niño dormido.

—Necesito que declare —dijo.

—Lo sé.

—Alvar. —Lo miró—. Sin ese testimonio, mañana es solo mi palabra contra la de Don Fadrique. Y ya sabemos cómo termina eso.

—Lo sé —repitió Alvar, y en su voz había algo que Victoria no le había oído antes: la fatiga de alguien que ha llegado al límite de lo que puede garantizar—. Voy a intentarlo. Es lo que puedo prometerte.

***

Eran las tres de la madrugada cuando Rodrigo encontró la puerta.

No era una puerta que debiera existir. Era una puerta pequeña en el muro norte de la nave central, disimulada detrás de un tapiz viejo, que daba a un pasaje que Victoria no había visto nunca.

Rodrigo la encontró mientras inspeccionaba los muros en busca de grietas estructurales.

—Victoria —llamó.

Ella vino.

Miraron el pasaje juntos con una antorcha. Bajaba hacia el exterior del convento por una escalera de piedra estrecha. Salida de emergencia, probablemente siglos anterior al convento mismo.

—Por aquí podrían haber entrado —dijo Rodrigo.

—O por aquí podrían haber salido —dijo Victoria.

Se miraron.

—Mañana se lo digo al Conde —dijo Rodrigo—. Antes de la sesión del Consejo. Si entraron por aquí, hay huellas. Hay evidencia.

Victoria miró el pasaje.

Algo en su cabeza calculaba. La puerta. El pasaje. El tiempo que habría necesitado alguien para sabotear el depósito sin ser visto.

—Rodrigo —dijo—. Vaya ahora.

—¿Ahora?

—Al palacio del Conde. Ahora. Si espera a mañana, antes de la sesión, Don Fadrique ya habrá tenido tiempo de prepararse. Si va ahora, lo pilla sin preparación.

Rodrigo la miró.

—Son las tres de la madrugada.

—Lo sé.

—El Conde no va a recibirme a las tres de la madrugada.

—Dígale que es sobre el incendio del convento y la sesión del Consejo de mañana. Lo va a recibir.

Rodrigo estudió su cara.

—¿Y usted?

—Yo me quedo con los pacientes.

—Victoria —dijo Rodrigo, y algo en su tono cambió, algo más bajo, más privado—. Esta noche ha estado muy cerca.




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