La Pandemia Del Pasado

Capítulo 25 — Ceniza

El Consejo no se celebró esa mañana.

El Conde lo suspendió cuando Rodrigo llegó al palacio antes del amanecer con hollín en la cara y el testimonio del hombre del puerto. Lo suspendió porque no tuvo más remedio: había pruebas de sabotaje, había un convento destruido, había veintitrés enfermos sin techo en el barrio norte. Y había algo más, algo que Rodrigo había dicho con calma en la sala del Conde antes de que nadie lo interrumpiera: que en los barrios del puerto y del sur había más de trescientos enfermos sin atención, y que la cifra crecía cada día que el mercado seguía abierto. Ignorarlo habría sido un escándalo demasiado visible incluso para alguien acostumbrado a mirar hacia otro lado.

Mandó guardias al convento al amanecer.

Llegaron cuatro. Con capas del Conde y cara de no saber exactamente qué estaban custodiando ni por qué.

Victoria los miró desde el huerto y pensó que cuatro hombres armados era la respuesta más pequeña posible a un incendio provocado, pero era algo. Era más de lo que había habido antes.

***

Los pacientes pasaron la mañana en el huerto.

Inés llegó con Marta antes de las seis, sin que nadie las llamara, con comida y mantas y esa capacidad suya de aparecer cuando hacían falta sin necesitar que les explicaran por qué.

Marta vio el convento.

Se quedó parada en la entrada del callejón mirando el ala norte destruida, las ventanas negras, el tejado caído. Y entonces hizo algo que Victoria no le había visto hacer nunca: lloró. Sin disimulo, sin cubrirse la cara, con la cesta todavía en la mano y los hombros sacudiéndose.

Inés la miró.

No la abrazó. No era su estilo. Le puso una mano en el brazo y la dejó ahí.

—Ya —dijo Inés.

—Es que... —Marta se limpió la cara con la manga—. Hemos trabajado tanto aquí. Tantas semanas. Y ahora...

—Sigue en pie la parte que importa —dijo Inés—. Los pacientes están vivos.

Marta asintió. Se limpió los ojos otra vez. Respiró hondo.

—Sí —dijo—. Sí, tienes razón.

Pero siguió mirando el ala norte un momento más antes de entrar.

***

Victoria no lloró.

No era una decisión consciente. Era algo más profundo, más antiguo, el mecanismo que se había activado la primera vez que perdió un paciente en urgencias y que desde entonces funcionaba solo: cierra, cataloga, sigue. Las emociones después. Primero el trabajo.

El trabajo era: veintitrés pacientes sin instalación, un Consejo suspendido pero no cancelado, y Don Fadrique todavía libre en la ciudad.

Rodrigo la encontró junto al pozo del huerto, lavándose las manos por tercera vez, aunque ya estaban limpias.

—Para —dijo.

—Estoy pensando.

—Está frotando la piel hasta quitársela.

Victoria miró sus manos. Tenía razón. Se las secó.

Rodrigo estaba de pie frente a ella con una expresión que era nueva, diferente a todas las anteriores. No era la calma habitual. Era algo más frágil, como si la noche anterior hubiera gastado una reserva que tardaba en recuperarse.

—¿Cuándo fue la última vez que durmió? —dijo.

—No importa.

—Victoria.

—He dormido suficiente.

—¡Eso es mentira! —La voz le salió más alta de lo que pretendía. Uno de los guardias del Conde miró hacia ellos—. Lleva dos días sin dormir más de dos horas. Lleva semanas así. —Se acercó un paso—. Anoche casi muere dos veces. ¿Lo sabe? ¿Ha procesado eso siquiera?

Victoria lo miró.

—Lo he procesado.

—No lo ha procesado. Está lavándose las manos limpias y planeando el siguiente movimiento como si anoche fuera solo otro dato en el registro.

—Rodrigo —dijo Victoria, con una voz más baja—. Si me detengo ahora no puedo volver a arrancar. ¿Entiende eso?

Rodrigo la miró.

Sí entendía. Eso era lo peor.

—De acuerdo —dijo, más bajo—. Pero esta noche duerme. Aunque tenga que sentarme en la puerta para asegurarme.

Victoria sintió algo aflojarse en el pecho.

—Es usted muy terco —dijo.

—Lo aprendí de alguien.

Alvar llegó a media mañana con cara de tormenta.

Entró al huerto mirando a los pacientes, a los guardias, al convento destruido, y cuando encontró a Victoria la cogió del brazo y la llevó aparte con una urgencia que no era habitual en él.

—Don Fadrique ha desaparecido —dijo.

Victoria lo miró.

—¿Cómo que ha desaparecido?

—Sus criados dicen que salió esta mañana antes del amanecer. Solo. Sin equipaje visible. —Alvar hablaba deprisa, con la tensión de quien lleva horas con esa información y no ha podido soltarla—. El Conde ha mandado hombres al puerto. Su barco principal no está en el muelle.

Victoria procesó eso.

—Se fue —dijo.

—Es posible.

—¿Antes o después de que Rodrigo fuera al palacio?

—Después, creemos.

Victoria miró el suelo.

Don Fadrique se había ido. Se había ido porque sabía que el hombre del puerto iba a declarar, porque sabía que el testimonio de Rodrigo iba a llegar al Conde, porque había calculado que el siguiente movimiento ya no era ganable y había elegido salir antes de que le cerraran la salida.

—El Consejo —dijo Victoria.

—El Conde lo ha reprogramado para pasado mañana. —Alvar hizo una pausa—. Sin Don Fadrique y con el testimonio del hombre del puerto, los tres consejeros que eran suyos están buscando distancia. Hernán mandó esta mañana un mensaje al Conde expresando su apoyo al cierre del mercado.

Victoria lo miró.

—¿En serio?

—El fuego lo convenció más que usted ayer —dijo Alvar, y había algo en su voz que era casi seco, casi humor, viniendo de él—. La gente cambia de opinión cuando las consecuencias son físicas.

Victoria soltó el aire.

Era una victoria. Una victoria incompleta, provisional, construida sobre las ruinas literales de semanas de trabajo. Pero era una victoria.

***

El problema llegó a mediodía.

Inés buscó a Victoria con paso rápido y expresión cerrada.




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