La Pandemia Del Pasado

Capítulo 26 — El tercer peligro

El error fue pequeño.

Eso era lo peor: que fue pequeño. No fue una decisión dramática ni un momento de distracción visible. Fue un segundo, un solo segundo, en el que Victoria se tocó la cara con la mano izquierda antes de lavársela.

No lo notó en el momento.

Lo recordó tres días después, cuando la fiebre ya no podía negarse.

***

El Consejo había salido bien.

Mejor de lo esperado. El testimonio del hombre del puerto, el pasaje descubierto en el muro norte, la ausencia de Don Fadrique que hablaba por sí sola: todo junto había inclinado la balanza. El cierre del mercado se mantenía tres semanas más. Los pacientes supervivientes serían reubicados en una casa cedida por el Conde en el extremo sur de la ciudad, más grande que el convento, con mejor ventilación.

Victoria había salido de esa sesión con algo que se parecía al alivio por primera vez en semanas.

Había sido un error.

El alivio la había bajado la guardia. El cuerpo, que había funcionado a base de tensión y voluntad durante más de un mes, había recibido la señal equivocada y había empezado a ceder.

Primero fue el cansancio. Pero el cansancio era normal, era viejo, era tan constante que había dejado de contarlo.

Luego fue el dolor de cabeza. También normal.

Luego fue la sed.

La sed no era normal.

Victoria lo sabía. Lo sabía exactamente, con la precisión diagnóstica que aplicaba a todos sus pacientes, porque era médica y los médicos saben reconocer en los demás lo que se niegan a reconocer en sí mismos.

Bebió más agua.

Siguió trabajando.

***

Inés la vio primero.

Llevaban dos días en la casa nueva del sur, organizando el traslado, instalando a los pacientes, estableciendo los nuevos protocolos. Inés estaba ordenando los suministros cuando Victoria pasó por el corredor y Inés la miró y dejó lo que tenía en las manos.

—Ven aquí —dijo.

—Estoy ocupada.

—He dicho que vengas aquí.

El tono de Inés no admitía negociación. Victoria se volvió.

Inés se acercó y le puso la mano en la frente sin pedir permiso.

La retiró de golpe.

—Tienes fiebre —dijo.

—Estoy bien.

—¡Tienes fiebre, Victoria! —La voz de Inés se quebró, y fue ese quiebre lo que detuvo a Victoria más que nada—. Lo estaba viendo desde ayer y me decía que eran imaginaciones mías, que estaba cansada, que tú eras tú y no ibas a... —Se detuvo. Respiró—. ¿Cuándo empezó?

Victoria miró el suelo.

—Inés.

—¿Cuándo empezó?

—Hace dos días —dijo Victoria, muy bajo.

Inés cerró los ojos.

Cuando los abrió había algo en ellos que Victoria no le había visto nunca: miedo real, sin el pragmatismo habitual que lo cubría todo, miedo desnudo y directo.

—¿Manchas? —dijo Inés.

—Todavía no.

—¿Dolor en las articulaciones?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Esta mañana.

Inés la miró durante un momento largo. Luego la cogió del brazo con una firmeza que no era brusquedad sino otra cosa, la firmeza de alguien que ha decidido que no va a soltar.

—Te sientas —dijo—. Ahora mismo. Y no te levantas hasta que venga Alvar.

—Hay pacientes que—

—¡Los pacientes pueden esperar diez minutos! —La voz de Inés llenó el corredor—. ¡Tú no puedes esperar diez minutos! ¡Siéntate!

Victoria se sentó.

***

Alvar llegó en menos de un cuarto de hora.

Inés lo había mandado llamar con Marta, que había salido corriendo sin que nadie tuviera que decirle la urgencia. Alvar entró por la puerta con paso rápido y la cara de alguien que ya sabe lo que va a encontrar y lo está procesando antes de encontrarlo.

Se arrodilló delante de Victoria.

Le tomó el pulso. Le miró los ojos. Le revisó el cuello, las axilas, los costados.

No dijo nada durante dos minutos enteros.

Cuando se incorporó, tenía la cara de quien acaba de confirmar lo que esperaba y no le ha hecho ninguna gracia confirmarlo.

—Fase inicial —dijo—. Sin manchas todavía. Si actuamos ahora—

—Lo sé —dijo Victoria.

—¿Lo sabes? —La voz de Alvar subió de una manera que Victoria nunca le había escuchado—. ¿Lo sabes y llevas dos días sin decir nada? ¿Dos días, Victoria? —Se alejó dos pasos y se volvió con los brazos abiertos, una gesticulación que en él era equivalente a un grito—. ¡Eres médica! ¡Sabes exactamente lo que significa esperar dos días! ¡Tú misma me has explicado veinte veces la importancia de la intervención temprana!

—Alvar.

—¡No! —Señaló el suelo con el dedo—. ¡No me interrumpas! Llevo meses siguiéndote, defendiéndote, aprendiendo de ti, y resulta que aplicas a todo el mundo lo que no eres capaz de aplicarte a ti misma. —La voz se le quebró al final, solo un poco—. ¿Qué habría pasado si Inés no lo hubiera visto? ¿Cuánto tiempo ibas a seguir negándolo?

Victoria no respondió.

Porque no tenía respuesta.

Alvar se pasó la mano por el pelo. Respiró.

—De acuerdo —dijo, con la voz recuperada, volviendo al tono clínico con un esfuerzo visible—. De acuerdo. Esto es lo que vamos a hacer.

***

Lo que Alvar dijo era exactamente lo que Victoria habría dicho a cualquier paciente en el mismo estadio.

Reposo absoluto. Hidratación constante. Los ungüentos de Inés aplicados cada cuatro horas. Vigilancia de manchas cada mañana y cada noche. Aislamiento del resto de los pacientes.

Victoria escuchó cada instrucción.

—Entendido —dijo cuando Alvar terminó.

—¿Lo vas a seguir?

—Sí.

—¿Me lo prometes?

Victoria lo miró.

Alvar la miraba con una intensidad que no era solo médica. Era personal, era el agotamiento y el miedo de alguien que ha invertido demasiado en algo para perderlo ahora.

—Te lo prometo —dijo Victoria.

Alvar asintió.

Se quedó un momento más de pie, mirándola, como si necesitara verificar que era real lo que veía.

Luego salió a preparar los ungüentos.

***

Fue Marta quien le dijo a Rodrigo.




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