La Pandemia Del Pasado

Capítulo 27 — Lo que Alvar aprendió

La fiebre subió la segunda noche.

Alvar lo supo antes de entrar a la habitación, por la manera en que Inés lo esperaba en el corredor con los brazos cruzados y la cara cerrada. Inés no esperaba a nadie en los corredores. Inés trabajaba. Cuando se detenía era porque algo la había detenido.

Entró.

Victoria estaba consciente pero apenas. Respondía cuando le hablaban, identificaba quién era, sabía dónde estaba. Pero había una distancia en sus ojos que Alvar reconoció porque la había visto antes, en otros pacientes, en ese territorio intermedio donde el cuerpo todavía pelea pero empieza a considerar otras opciones.

Le tomó el pulso.

Ciento cuatro por minuto.

Miró a Inés.

—¿Manchas?

—Dos. Costado izquierdo. Aparecieron esta mañana.

Alvar cerró los ojos un segundo.

Cuando los abrió, Inés lo estaba mirando con una pregunta que no era médica.

—¿Va a vivir? —dijo Inés, con una voz tan directa que dolía.

—Si hacemos bien lo que sigue —dijo Alvar—, sí.

—No me dé condicionales. ¿Va a vivir?

Alvar la miró.

—Voy a hacer todo lo que sé —dijo—. Todo lo que ella me enseñó. Y sí. Creo que sí.

Inés asintió. Se limpió los ojos. Se puso a trabajar.

***

Rodrigo llevaba dos días en el corredor.

Dormía allí, comía lo que Marta le llevaba, y cada vez que Alvar o Inés salían de la habitación los interceptaba con la misma pregunta en los ojos aunque no siempre la dijera en voz alta.

Esa mañana sí la dijo.

—¿Cómo está?

Alvar se detuvo.

Miró a Rodrigo. Llevaba dos días mirándolo con la misma expresión contenida, la de alguien que tiene algo que decir y ha estado eligiendo el momento. Ese momento había pasado. Ya no había tiempo para elegir.

—Peor que ayer —dijo.

Rodrigo no se movió. Pero algo cambió en su cara, algo que se tensó y no volvió a aflojarse.

—¿Cuánto peor?

—La fiebre subió. Hay manchas.

Rodrigo se apoyó en la pared del corredor con una lentitud que no era debilidad sino el movimiento de alguien que necesita algo sólido detrás.

—¿Puedo verla?

—No.

—Alvar—

—Rodrigo. —La voz de Alvar fue firme pero no fría—. Si entras ahí con lo que tienes en la cara ahora mismo, le haces daño. Los pacientes sienten el miedo de quien los rodea. —Hizo una pausa—. Cuando estés tranquilo, te dejo entrar cinco minutos. Ahora mismo, no.

Rodrigo lo miró.

—¿Cómo se supone que debo estar tranquilo?

—No lo sé. Pero encuéntrate la manera.

Rodrigo giró la cabeza hacia la puerta de la habitación. La miraba como si pudiera ver a través de ella.

Luego se volvió hacia Alvar.

—Sálvela —dijo. No era una petición. Era algo más desnudo que eso—. Por favor.

Alvar le sostuvo la mirada.

—Eso intento —dijo.

***

El momento crítico llegó a media tarde.

Victoria entró en un estado de agitación que Alvar había visto antes y que sabía que era el punto de inflexión: el cuerpo peleando con toda la intensidad que le quedaba, la fiebre en su pico más alto, el sistema intentando decidir si cedía o resistía.

Alvar trabajó durante dos horas seguidas sin sentarse.

Aplicó los ungüentos que Victoria le había enseñado a preparar, con las proporciones exactas, con la secuencia exacta. Cada vez que había una decisión difícil oía la voz de Victoria explicándoselo en la biblioteca del convento, en el corredor de madrugada, junto al pozo del huerto. Aplicó compresas frías en el cuello y las muñecas para bajar la temperatura. Mantuvo la hidratación constante con pequeñas cantidades de agua con sal disuelta, otra cosa que Victoria le había explicado y que él había anotado con la letra cuidadosa de alguien que no está seguro de entenderlo pero confía en quien lo dice.

Inés estaba al otro lado del camastro, silenciosa, haciendo lo que Alvar indicaba sin preguntar, trabajando con la eficiencia de alguien que ha dejado de lado el miedo porque no tiene tiempo para él ahora.

A las seis de la tarde, la fiebre bajó medio grado.

Alvar lo midió dos veces.

Medio grado.

—Está bajando —dijo, casi sin voz.

Inés soltó el aire que debía llevar horas conteniendo. Se sentó en el borde del camastro y se tapó la cara con las manos durante cinco segundos exactos. Luego las bajó, respiró hondo, y volvió a mirar a Victoria.

—Sigue —dijo.

***

Marta se enteró a las siete cuando entró con la cena y encontró el corredor vacío.

Rodrigo no estaba en su sitio habitual.

Encontró la habitación de Victoria con la puerta entornada y las voces de Alvar e Inés dentro, y se quedó en el umbral sin saber si entrar o no, con la bandeja en las manos y los ojos muy abiertos.

Alvar la vio.

—Marta. —Señaló la mesa—. Deja eso ahí.

Marta entró. Dejó la bandeja. Miró a Victoria en el camastro.

Y entonces rompió a llorar de verdad, no el llanto contenido del día del incendio sino algo más profundo, más antiguo, con los hombros sacudiéndose y la voz quebrándose en un sonido que no era una palabra.

—Marta —dijo Inés.

—Es que... —Marta no podía terminar las frases—. Es que lleva tanto aquí, y ha hecho tanto, y ahora...

—No ha terminado —dijo Inés, con firmeza—. La fiebre está bajando.

Marta levantó la vista.

—¿De verdad?

—Medio grado en la última hora —dijo Alvar.

Marta se tapó la boca con la mano. Asintió muchas veces seguidas, sin poder hablar.

Luego se limpió la cara, cogió la bandeja vacía, y dijo con una voz todavía rota:

—Voy a traer más agua caliente.

Salió.

Alvar la oyó sollozar en el corredor durante treinta segundos más antes de que el sonido se alejara hacia la cocina.

***

Victoria abrió los ojos a las nueve de la noche.

Los abrió despacio, con la expresión de alguien que regresa de un lugar muy lejano y está verificando dónde está. Miró el techo. Miró la vela. Miró a Alvar, que estaba sentado junto al camastro con el registro de síntomas en la mano.




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