Victoria entró al palacio municipal con fiebre residual y el registro bajo el brazo.
Alvar había intentado detenerla esa mañana. Había sido la pelea más ruidosa que habían tenido, y habían tenido varias.
—¡Llevas tres días en cama! —había dicho Alvar, plantado en la puerta de la habitación con los brazos cruzados—. ¡Todavía tienes manchas en el costado! ¡No puedes presentarte al Consejo así!
—Puedo presentarme.
—¡No es una cuestión de voluntad, es una cuestión médica! —Alvar levantó la voz de una manera que hizo girar las cabezas en el corredor—. ¡Tú misma me has explicado veinte veces que la recuperación necesita tiempo! ¿O esa regla no aplica cuando eres tú la enferma?
—El Consejo es hoy. No mañana. No la semana que viene.
—¡Yo puedo presentarme en tu lugar!
Victoria lo miró.
—Alvar. —La voz salió tranquila, y esa tranquilidad era más definitiva que cualquier grito—. Usted puede presentar los números. No puede presentar lo que yo vi. Lo que hice. Lo que perdí. —Hizo una pausa—. Eso solo lo puedo decir yo.
Alvar la miró durante un momento largo.
Luego se apartó de la puerta.
—Si te desmaya en esa sala —dijo—, no me mires.
—No me voy a desmayar.
—Eso también lo dicen todos los pacientes antes de desmayarse.
Rodrigo, que había escuchado todo desde el corredor sin intervenir, le dio a Victoria la capa sin decir nada.
Ella se la puso.
Los tres salieron juntos.
***
La sala del Consejo olía a cera y a tensión acumulada.
Los ocho consejeros estaban en sus sitios. El Conde en la cabecera. Los escribanos en los laterales. Sin Don Fadrique en la galería, el espacio tenía una calidad diferente, más abierta, como una habitación donde han quitado un mueble grande y todavía se nota su ausencia en la disposición del aire.
Hernán, el mercader de telas, evitó mirar a Victoria cuando entró. Los tres consejeros que habían sido de Don Fadrique miraron la mesa.
El jurista tomó la palabra.
—Este Consejo se reúne para deliberar sobre el mantenimiento o revocación del cierre del mercado, la situación sanitaria de la ciudad, y las circunstancias del incendio del convento de San Jerónimo. —Miró a Victoria—. La señora Victoria tiene la palabra.
Victoria dejó el registro sobre la mesa.
Respiró.
***
Habló durante veinte minutos.
No habló de números al principio. Habló de personas. Del herrero que había preguntado si era la muerte y al que había tenido que responder que no lo sabía. Del niño del sector tres al que había sacado en brazos de un edificio en llamas. De la mujer del sector dos que había llegado tan tarde que no había nada que hacer excepto asegurarse de que no muriera sola.
La sala estaba en silencio.
Un silencio distinto al de otras veces. No el silencio de la evaluación política sino el silencio de personas que están escuchando algo real y no saben exactamente cómo manejarlo.
Luego habló de números.
La curva. Los estadios. Los veintitrés pacientes del convento, de los cuales diecinueve habían sobrevivido. Las cuatro muertes, todas en fase terminal al ingreso. Pero también los números de la ciudad: más de trescientos enfermos en los barrios del puerto y del sur, contados casa por casa por Alvar durante las semanas del brote. Treinta y ocho muertos fuera del convento, sin atención, sin registro oficial. La transmisión desde el mercado, documentada caso por caso.
—Si el mercado hubiera permanecido abierto —dijo Victoria—, esta sala no estaría discutiendo el cierre. Estaría discutiendo cuántos muertos son aceptables.
Uno de los consejeros, el representante del clero del norte, se removió en su silla.
—Señora Victoria —dijo—, nadie en este Consejo considera aceptable ningún muerto.
—Con respeto —dijo Victoria—, la presión para abrir el mercado durante las semanas del brote sugería lo contrario.
Murmullos.
El Conde levantó la mano para pedir silencio.
***
Entonces habló Garcés.
Era uno de los tres consejeros que habían sido de Don Fadrique. Un hombre pequeño, de unos sesenta años, con la cara del tipo de persona que ha sobrevivido muchos cambios de poder siendo siempre ligeramente menos visible que los demás.
Se levantó despacio.
—Con permiso del Consejo —dijo—, quiero señalar que la epidemia, según los registros presentados, afectó principalmente a los barrios del puerto y del sur. —Su voz era mesurada, casi amable—. El cierre del mercado, en cambio, afectó a toda la ciudad. —Pausa—. Me pregunto si una respuesta más focalizada no habría sido suficiente para contener el problema sin el coste económico que todos hemos sufrido.
El silencio que siguió fue de otro tipo.
Victoria sintió la rabia subir por el pecho, rápida y limpia.
—¿Focalizada? —dijo.
—Señora Victoria—
—¿Focalizada en los barrios pobres, dice? —La voz le salió más alta de lo que había planeado y no lo corrigió—. Hay treinta y ocho muertos sin registrar en el barrio del puerto y en el barrio sur. Trescientos enfermos que nadie atendió. ¿Le parece que eso es un problema contenido? ¿Le parece que si el mercado hubiera seguido abierto esos números se habrían quedado en los callejones del sur? ¿Le parece focalizado que alguien quemara el convento para evitar que esos datos llegaran a este Consejo?
Garcés no se inmutó.
—Nadie ha probado que el incendio fuera—
—¡Hay un testigo! —La voz de Victoria llenó la sala—. Hay un hombre que vio salir a los empleados de Don Fadrique por el muro norte una hora antes del incendio. Está dispuesto a declarar. ¿Quiere que lo traigan ahora?
Garcés cerró la boca.
Los tres consejeros que habían sido de Don Fadrique miraron la mesa.
***
Alvar se levantó.
No lo había anunciado. No había pedido la palabra. Se levantó de la silla de los observadores, que era donde los médicos sin cargo formal podían sentarse, y habló antes de que nadie pudiera impedírselo.