La noticia de que Don Fadrique no iba a ser procesado llegó un martes.
El Conde lo comunicó mediante un mensaje escrito, breve, con la letra del escribano y sin comentario personal. Don Fadrique había abandonado la jurisdicción. Sin presencia física no había proceso posible. La investigación del incendio quedaba abierta en teoría y cerrada en la práctica.
Rodrigo leyó el mensaje en voz alta.
Hubo un silencio.
Luego Marta cogió el cuenco que tenía en la mano y lo golpeó contra la mesa con tanta fuerza que se partió en dos.
—¡Es una vergüenza! —gritó—. ¡Un hombre quema un hospital con enfermos dentro y se va en barco y nadie hace nada! ¡Nadie! —Se volvió hacia Rodrigo—. ¿Y el Conde lo acepta así? ¿Sin más?
—Marta.
—¡No me digas Marta con esa voz! —Le señaló con el dedo—. ¡Tú trabajas para el Conde! ¡Tú puedes decirle que esto no está bien! ¡Que no puede simplemente dejar que un hombre como ese—
—¡Ya lo sé! —La voz de Rodrigo salió más alta de lo que pretendía—. ¿Crees que no lo sé? —Se levantó de la silla—. He pasado semanas viendo cómo ese hombre movía al Consejo como fichas, mandaba asesinos, quemaba el convento. ¡Lo sé mejor que nadie! Pero el Conde tiene límites que no puedo cruzar solo con mi voluntad.
—¡Entonces para qué sirves!
El silencio que siguió fue diferente.
Rodrigo miró a Marta.
Marta lo miraba con los ojos brillantes y los trozos del cuenco en las manos y la cara de alguien que acaba de decir algo que no puede desdecirase aunque quisiera.
—Lo siento —dijo Marta, muy bajo—. No debí…
—No. —Rodrigo negó con la cabeza—. Tienes razón. Es una vergüenza. Y lo siento.
Marta se sentó. Dejó los trozos del cuenco sobre la mesa. Se tapó la cara con las manos durante un momento.
Nadie dijo nada.
***
Victoria estaba en la ventana cuando Rodrigo se acercó.
Había escuchado todo sin intervenir. Inés, a su lado, había hecho lo mismo.
—¿Usted qué piensa? —dijo Rodrigo.
Victoria miró la calle.
—Pienso que ya lo sabía —dijo—. Desde la noche en el palacio. Cuando me ofreció el salvoconducto y sonrió al final. —Hizo una pausa—. Los hombres como Don Fadrique no pierden del todo. Se reorganizan.
—¿Y eso lo acepta así?
Victoria se volvió.
—No —dijo—. No lo acepto. Me parece injusto y me parece un fracaso del sistema que debería haberlo detenido. —La voz era firme, sin dramatismo—. Pero llevo semanas peleando batallas que se podían ganar. Esta no se puede ganar ahora. Y gastar lo que me queda en una batalla imposible significa perder las que todavía están abiertas.
Rodrigo la miró durante un momento.
—¿Cuántas batallas abiertas quedan?
Victoria miró el registro sobre la mesa.
—Ocho pacientes —dijo—. Ocho personas que todavía necesitan atención. Esa es la batalla abierta.
***
Alvar llegó al mediodía con una noticia distinta.
Entró con paso rápido y una expresión que Victoria tardó un segundo en leer porque no era habitual en él: era satisfacción. Contenida, casi disimulada, pero satisfacción.
—La curva —dijo.
Victoria se incorporó.
—¿Qué pasa con la curva?
—Lleva cinco días sin subir. —Alvar dejó sus propios números sobre la mesa junto a los de Victoria—. Ayer tuvimos cero casos nuevos. Hoy también. El barrio del puerto lleva una semana sin reportar síntomas.
Victoria miró los números.
Los miró dos veces.
—Cero —dijo.
—Cero.
Inés soltó un sonido desde el fondo de la sala que no era una palabra. Se sentó en el banco más cercano y se quedó con las manos en el regazo mirando el suelo, y sus hombros se sacudieron una vez, solo una, antes de que recuperara el control.
Marta empezó a llorar sin avisar. Sin aparatosidad, sin drama. Solo lágrimas que bajaban en silencio mientras seguía de pie con los brazos cruzados como si el cuerpo todavía no le hubiera avisado de que podía relajarse.
Alvar las miró.
Luego miró a Victoria.
—¿Qué dice la médica? —dijo, con un tono que ella no le había escuchado antes. Más ligero. Como si algo que había llevado apretado durante meses se hubiera aflojado un poco.
Victoria miró los números una vez más.
—Que todavía hay ocho pacientes —dijo—. Que necesitamos dos semanas más de vigilancia antes de declarar el fin del brote. Que la reapertura del mercado tiene que ser gradual con protocolo.
—¿Y aparte de eso?
Victoria lo miró.
—Aparte de eso —dijo— que la curva está bajando.
Alvar asintió.
Y entonces hizo algo completamente inesperado: le extendió la mano.
Victoria la miró un segundo.
Se la estrechó.
Alvar apretó fuerte y soltó rápido, con la incomodidad de alguien que ha hecho un gesto emotivo y no sabe muy bien qué hacer con él después.
***
La tarde fue extraña.
Victoria la pasó con los ocho pacientes restantes, revisando, actualizando el registro, calculando los días que faltaban para los altas. Eran ocho personas que habían empezado como números en una columna y que ahora tenían caras, manías, maneras de llamarla que iban desde el formal señora hasta el informal Victoria que el niño del sector tres había adoptado desde que podía hablar de nuevo.
El niño se llamaba Tomás.
Lo había descubierto hacía tres días, cuando ya estaba lo suficientemente bien para aburrirse y había empezado a hacer preguntas con esa energía recuperada de los niños enfermos que mejoran, que es más intensa que la de los niños sanos porque lleva días acumulada.
—¿Vas a quedarte aquí? —le había preguntado Tomás esa mañana.
—Un tiempo más —había dicho Victoria.
—¿Y luego?
Victoria no había respondido.
Tomás la había mirado con esa mirada directa de los niños que no han aprendido todavía que hay preguntas que no se hacen.
—¿Tienes que irte? —había dicho.
—Creo que sí.
—¿Por qué?
Victoria había pensado en el brazalete. En las tres piedras que ahora eran casi del mismo color oscuro.