La Pandemia Del Pasado

Capítulo 30 — La puerta entre los siglos

El brazalete se calentó al amanecer.

Victoria lo sintió antes de abrir los ojos. Un calor suave primero, casi agradable, como la primera taza de café de un turno largo. Luego más intenso. Luego inconfundible.

Se sentó en el camastro.

Miró la muñeca.

Las tres piedras eran negras. Las tres, exactamente del mismo color, exactamente al mismo tiempo, como si hubieran esperado a que todo lo que tenía que pasar pasara antes de dar la señal.

Victoria se quedó mirándolas durante un momento.

Luego se levantó.

***

Despertó a Inés primero.

Inés abrió los ojos de golpe, como hacía siempre, sin zona intermedia entre el sueño y la vigilia.

Miró a Victoria.

Miró el brazalete.

Y entonces pasó algo que Victoria nunca le había visto: Inés cerró los ojos otra vez, no para dormirse sino para contener algo, y cuando los abrió los tenía brillantes de una manera que en cualquier otra persona habría sido el preludio del llanto pero en Inés era simplemente la versión más honesta de sí misma.

—Hoy —dijo.

—Sí.

Inés se incorporó. Se quedó sentada en el borde del camastro con las manos en el regazo.

—No sé cómo funciona —dijo—. Lo del brazalete. Adónde vas. Cómo es posible. —Negó con la cabeza—. Nunca lo he entendido del todo.

—Yo tampoco del todo —dijo Victoria.

Inés la miró.

—¿Vas a estar bien?

—Sí.

—¿De verdad?

—De verdad.

Inés asintió. Se levantó. Le puso las manos en los hombros y la miró a la cara con esa intensidad suya que no necesitaba palabras para decir lo que decía.

Luego la abrazó.

Fue un abrazo corto y fuerte, el tipo de abrazo que dan las personas que no abrazan habitualmente y por eso cada uno cuenta. Victoria lo recibió con los brazos apretados alrededor de Inés y los ojos cerrados y algo en el pecho que no era exactamente dolor pero se le parecía.

Inés se separó.

Se limpió los ojos con el dorso de la muñeca.

—Ve a despertar a los demás —dijo, con la voz recuperada—. No te vayas sin despedirte. No te lo perdono.

***

Marta lloró desde el primer momento.

No intentó disimularlo. Cuando Victoria entró a la cocina donde Marta ya estaba encendiendo el fuego y le dijo que era hoy, Marta soltó lo que tenía en la mano, se giró, y lloró con una franqueza total, sin cubrirse la cara, sin disculparse.

—Es que no quiero que te vayas —dijo, con la voz rota—. Sé que tienes que hacerlo. Sé que hay razones. Pero no quiero.

—Lo sé —dijo Victoria.

—Has cambiado todo aquí. —Marta se limpió la cara—. Esta ciudad no sabe lo que hiciste. La mayoría de la gente ni siquiera sabe tu nombre. Y tú te vas y punto.

—Los que importa saben —dijo Victoria.

—No es suficiente.

—Marta.

—¡No es suficiente! —La voz se le quebró otra vez—. Mereces más que eso. Mereces que alguien cuente lo que pasó aquí.

Victoria la miró.

—Alvar va a escribirlo —dijo—. Me lo prometió ayer.

Marta parpadeó.

—¿En serio?

—En serio. Con su nombre. En el registro oficial del gremio médico.

Marta procesó eso. Asintió muchas veces seguidas, como si necesitara el movimiento para asentar la información.

—Bien —dijo al fin—. Bien.

Luego la abrazó tan fuerte que Victoria sintió las costillas.

***

Alvar llegó cuando el sol ya estaba sobre los tejados.

Nadie lo había avisado. Apareció en la puerta de la casa con la capa puesta y la cara de alguien que lo sabía ya, que había sabido desde hacía días que este momento llegaría y había estado preparándose para él de la única manera que Alvar sabía prepararse para las cosas: pensando en lo que había que decir con suficiente antelación para poder decirlo bien.

Miró el brazalete.

Miró a Victoria.

—¿Hoy? —dijo.

—Sí.

Alvar asintió despacio.

Entró. Se sentó en la silla junto a la mesa donde había pasado tantas horas revisando el registro. Miró la mesa durante un momento.

Luego miró a Victoria con una expresión que era nueva y no tan nueva al mismo tiempo.

—Tengo una pregunta —dijo.

—Diga.

—Lo que me enseñaste. Los métodos. La manera de entender la transmisión, la separación de pacientes por estadio, el agua con sal, las compresas frías para la fiebre. —Hizo una pausa—. ¿Es conocimiento de donde vienes? ¿Del futuro?

—Sí.

—¿Funciona siempre?

—Cuando se aplica correctamente, sí.

Alvar asintió.

—Entonces voy a escribirlo —dijo—. Todo. Con tu nombre. Con el mío. Lo que hicimos, cómo lo hicimos, qué funcionó y qué no. —Miró la mesa—. No sé si alguien lo va a leer. No sé si dentro de cien años alguien va a entender de dónde vino. Pero va a estar escrito.

Victoria lo miró.

—Gracias —dijo.

—No me des las gracias —dijo Alvar, con esa manía suya de rechazar el agradecimiento—. Es lo correcto.

Victoria casi sonrió.

—Lo sé —dijo—. Por eso te lo doy.

Alvar la miró un momento.

Y entonces, por segunda vez en todo el tiempo que se conocían, le extendió la mano.

Victoria se la estrechó.

Esta vez Alvar no la soltó rápido.

***

Rodrigo llegó el último.

Victoria lo estaba esperando en el huerto cuando apareció por la puerta del callejón. Venía caminando despacio, con las manos en los bolsillos, la capa sin abrochar a pesar del frío de la mañana. Tenía la cara de alguien que ha dormido poco y ha pensado mucho y ha llegado a algún lugar dentro de sí mismo que no es paz exactamente pero se le parece.

Se detuvo frente a ella.

Miró el brazalete.

Las tres piedras negras.

—¿Duele? —dijo.

—El brazalete no. —Victoria hizo una pausa—. Lo demás sí.

Rodrigo asintió.

Se quedaron en silencio un momento. El huerto. El cielo de la mañana. El olor a piedra fría y a algo que podría haber sido invierno llegando.

—He estado pensando —dijo Rodrigo— en lo que me contó. El tiempo. De dónde viene. —Miró el suelo—. He pensado que si alguien tenía que venir del futuro a salvar esta ciudad, me alegra que fuera usted.




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