Siempre me dijeron que tenía que ser fuerte.
“Levántate.”
“No llores.”
“Tú puedes sola.”
Y yo… obedecí.
Me puse la armadura que otros me entregaron
y salí al mundo como si nada pudiera herirme.
Pero esa es la mentira más grande que uno puede contar:
que ser fuerte significa no sentir.
Hay días en los que sostengo mi mundo con las manos temblando.
Días en los que la sonrisa que llevo puesta
pesa más que el cansancio en mis huesos.
Soy fuerte, sí…
pero a veces me sostengo con hilos,
con respiraciones que casi no salen,
con una esperanza diminuta que se apaga y revive sin aviso.
Ser fuerte no te hace invencible.
Ser fuerte también cansa.
Cansa tener que aparentar estabilidad,
cansa que todos esperen grandeza de ti,
cansa ser ejemplo
cuando por dentro sientes que te estás rompiendo en secreto.
A veces quisiera bajar la guardia,
desarmarme,
dejar de cargar los problemas del mundo en mis hombros.
Quisiera llorar sin miedo,
caer sin culpa,
pedir ayuda sin que mi voz tiemble.
Porque incluso las montañas
se desgastan con el tiempo.
Incluso el mar
se agota de tanto golpear la misma orilla.
Entonces, ¿por qué yo tendría que ser distinta?
El problema es que cuando siempre eres “la fuerte”,
nadie te pregunta si estás bien.
Todos asumen que puedes con todo.
Que no te rompes,
que no te duele,
que no sangras.
Y cuando, por fin, te atreves a decir
“ya no puedo más”
el mundo se sorprende
como si fueras un milagro que ha perdido la fe.
Ser fuerte también significa cansarse.
Y el cansancio también habla,
aunque lo intentemos silenciar.
Hoy me permito admitirlo:
estoy cansada.
No de vivir,
sino de vivir cargando cosas que pesan más que yo.
Quiero descansar del miedo,
del “tengo que”,
del “debo estar bien”.
Quiero permitirme ser humana
sin tener que disculparme.
Sé que la fuerza no está en aguantar siempre
sino en reconocer cuando el corazón ya está exhausto.
Así que si un día me ves detenerme,
no pienses que estoy fallando…
Piensa que, por primera vez,
estoy cuidando de mí.
Porque ser fuerte también es eso:
darme permiso para dejar de serlo,
al menos un ratito,
para volver a levantarme con más amor
y menos miedo.