La paz que buscaba en mí

Llora corazón pero no te rompas

Las paredes de mi habitación no son lo suficientemente gruesas para callar los sollozos que salen de mi boca. Se escapan como secretos desesperados, buscando fuerza en el aire, queriendo escapar del encierro en el que los guardo… pero al mismo tiempo me aterra que alguien los escuche. Que alguien descubra cuán rota estoy por dentro.

Mi mente no descansa. Es un océano revuelto, un mar violento que se levanta sin permiso. Cada pensamiento es una ola que golpea mis cimientos, una tormenta que no pregunta si tengo dónde resguardarme. Intento ignorar los truenos internos, pero ellos vuelven. Más fuertes. Más crueles. Más reales.

Y me pregunto:
¿Cómo puede un corazón tan pequeño soportar tanto dolor?
¿Cómo puede un alma tan joven cargar con silencios tan pesados?

El mundo cree que llorar es caer. Que llorar es renunciar.
Yo he aprendido que llorar es resistir.

Mis lágrimas no son una derrota:
son la prueba de que sigo luchando.
Porque si mi corazón puede llorar,
es que todavía late.
Es que todavía se niega a rendirse.

A veces siento que la tristeza se aferra a mi pecho como una mano que aprieta demasiado fuerte. Me deja sin aire, me deja sin voz. Pero aunque me duela respirar… aquí sigo.

Hay noches que parecen eternas.
Horas que no pasan.
Suspiros que no alivian.

Me he visto cayendo una y otra vez en el mismo abismo,
preguntándome si esta vez no podré volver a subir.
Y, sin embargo, aquí estoy.

Tal vez con el polvo en la piel
y el miedo atravesado en la garganta,
pero de pie.

Porque aunque mi llanto sea un mar…
no pienso ahogarme en él.

He intentado remendar mi corazón con esperanza,
pero la esperanza a veces también se rompe.
He tratado de poner vendas sobre mis grietas,
pero algunas heridas se niegan a cerrarse.

Y, aun así, sé que cada lágrima enseña.
Cada sollozo aligera.
Cada desborde sana lo que el silencio enfermó.

Llorar no me hace frágil.
Me hace valiente.

Es el acto más humano que tengo:
reconocer que me duele,
pero seguir intentando.

Hoy me abrazo como quien recoge los trozos de un vaso que se rompió sin querer.
Me cuido como quien protege un tesoro agrietado…
porque, aunque esté rota, sigo siendo valiosa.

Quizás mi corazón necesite llorar para recordar
que aún late con fuerza.
Que a pesar del daño,
a pesar del miedo,
a pesar de las cicatrices…

puede amar de nuevo.

Así que sí, corazón mío…
Llora.
Llora todo lo que necesites.

Pero no te rompas.

Porque después de cada tormenta,
viene un amanecer que lo cambia todo.

Y tú, aunque hoy te sientas hecho cenizas,
naciste para ser fuego.
Naciste para brillar.

Y volverás a hacerlo.




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