La paz que buscaba en mí

Las grietas bajo mi piel

Hay heridas que no hacen ruido, pero arden como si siguieran abiertas.
No tienen sangre, pero duelen igual.
No las ves… pero pesan.

Las llevo escondidas, pegadas al alma, como si fueran parte de mis huesos.
Y aunque intente ignorarlas, están ahí… recordándome que existo, pero también que he sufrido.

A veces me pregunto cuándo fue que empezaron.
Si nacieron el primer día que dudé de mí.
O cuando decidí que los demás valían más que mi propia voz.
Tal vez comenzaron con una palabra hiriente.
O con un silencio que dijo demasiado.

No hay una fecha exacta.
Solo sé que crecieron conmigo.
Y yo, sin darme cuenta, aprendí a vivir quebrada.

Hay grietas bajo mi piel que nadie nota,
porque he aprendido a sonreír mientras me rompo por dentro.
A decir “estoy bien” mientras mi mente suplica ayuda.
A caminar recta aunque mis rodillas tiemblen.

Soy una experta ocultando derrumbes.
Una maestra en disimular temblores.
Una profesional en fingir calma.

Porque mostrar dolor a veces da más miedo que sentirlo.

Las grietas no siempre vienen de golpes fuertes.
A veces vienen de sueños rotos,
de abrazos que nunca llegaron,
de expectativas demasiado pesadas para un corazón cansado.

Se abren cuando confías en la persona equivocada.
Cuando te exiges más de lo que puedes.
Cuando te repites que no eres suficiente…
y te lo terminas creyendo.

Cada grieta tiene una historia.
Y aunque nadie las vea,
cada una habla de una batalla que luché callada,
de una caída que sobreviví a solas,
de una parte de mí que murió…
y aun así siguió caminando.

Hay días en los que esas grietas arden más fuerte que de costumbre.
Y sin embargo, sigo de pie.
Tal vez rota, pero presente.
Tal vez débil, pero intentando.

Porque hay un tipo de fuerza que nace justamente del dolor:
la de quien continúa, incluso cuando todo adentro se está desmoronando.

No, no estoy completa.
No estoy curada.
No estoy perfectamente bien.

Pero aquí sigo…
con mis pedazos,
mis miedos,
mis cicatrices
y mis grietas bajo la piel.

Y aunque el mundo crea que eso me hace menos…
yo empiezo a sospechar que eso, quizás,
es lo que me hace humana.




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