He llegado a un punto en el que duele más mi pecho que las cicatrices en mis brazos.
Es irónico… esas marcas me las hice para escapar del dolor,
y al final se convirtieron en un recuerdo permanente de él.
Son trazos que yo misma dibujé en mi piel
cuando mi mente gritaba tan fuerte
que pensé que solo el dolor físico podría callarla.
No lo hizo.
Solo dejó huellas.
Huella tras huella…
como un mapa de las veces que toqué el fondo y aun así regresé.
Soy esa mujer que aprendió a esconder sus brazos
como si la vergüenza pudiera borrarle la historia.
Como si ocultar la piel también ocultara lo que vivió.
Me miro y me comparo con lo que el mundo llama “belleza”:
cuerpos sin marcas, piel perfecta, sonrisas que nunca tiemblan.
Y entonces me encojo.
Me vuelvo pequeña.
Me vuelvo invisible.
Me digo que no soy suficiente.
Pero… ¿y si la belleza real no está en lo que se ve,
sino en lo que ha resistido?
El espejo ha sido testigo
de las batallas que libré frente a él.
Cuántas lágrimas cayeron
por no encajar en la imagen que deseaba ver.
Me he señalado mis propios defectos
con la crueldad que nunca usaría contra nadie.
Me he juzgado sin perdón,
como si ser humana fuera un error.
Pero ahí, frente a mi reflejo cansado,
también existe una verdad que me cuesta aceptar:
he sobrevivido a cosas que me pudieron destruir.
Ese reflejo que a veces odio,
es la prueba de que sigo aquí.
Mis cicatrices son capítulos cerrados,
no cadenas que me arrastran.
Cada una dice:
“No te rendiste.”
“Elegiste vivir.”
“Estás sanando.”
No son un recordatorio del dolor,
sino de mi valentía.
De la fuerza que tuve
cuando pensé que ya no quedaba nada.
Puede que no sea una mujer “perfecta” para este mundo,
pero este mundo necesita más mujeres reales,
de carne, huesos y cicatrices.
Mujeres que se rompen y se reconstruyen.
Mujeres que lloran y aún así aman.
Mujeres que caen… pero se levantan.
Yo soy esa mujer.
La de las cicatrices.
La que aprendió que la piel marcada
no significa alma rota.
Mis marcas cuentan mi historia.
Una historia que dolió…
pero que aún así merece ser contada.
Así que hoy ya no me escondo.
Porque si mis cicatrices hablan de mi dolor,
también hablan de mi coraje.
Y prefiero mil veces ser valiente
antes que perfecta.