La paz que buscaba en mí

La muerte más lenta y dolorosa es la vida

Hay muertes que son públicas: gritos, despedidas, llantos que rompen la noche.
Y hay otras muertes, mucho más crueles, que suceden en silencio: se llaman vida.
Porque vivir mal, día tras día, con el alma apagada, es una agonía lenta que carcome.
La vida puede volverse una pena que se arrastra, una herida que no cierra, una condena autoimpuesta.

A veces somos los verdugos de nuestra propia existencia.
Nos exigimos alcanzar metas que necesitan años en semanas.
Nos obligamos a fingir sonrisas que duelen.
Nos intentamos meter en moldes que no nos pertenecen.
Y todo eso nos va matando de a poco.

Vivimos en un mundo que nos pide perfección: quítate el corazón, apaga el pensamiento, actúa según el modelo.
Pero la perfección que nos venden no existe: son sólo rostros seleccionados, filtros y posturas.
La otra cara del espejo —la que nadie sube en redes— es la que contiene la verdad: inseguridades, miedo, cansancio, cicatrices.
Si te comparas con la imagen editada, te conviertes en un verdugo de ti misma.

Piensa en tu vida como si fuera un tablero de ajedrez.
Cada movimiento cuenta. Cada decisión deja una marca.
No se trata de jugar para impresionar, sino de jugar para sobrevivir con sentido.

¿Quieres ser peón?
El peón se sacrifica, avanza con humildad, abre caminos. A veces cede su lugar para que alguien más llegue más lejos. Ser peón no es ser menos; es reconocer el valor del servicio.
¿Quieres ser torre?
La torre avanza recta, protege líneas y ocupa espacios cuando corresponde. Es fuerza contenida, pero decisiva.
¿Quieres ser caballo?
El caballo salta. Sorprende. No siempre encaja, pero actúa con astucia.
¿Quieres ser alfil?
El alfil corta diagonales, ve el tablero desde otro ángulo. Su poder es sutil pero letal cuando se usa con inteligencia.
¿Quieres ser reina?
La reina tiene libertad: movimiento, decisión, amplitud. Es responsabilidad y poder.
¿Quieres ser rey?
El rey es preciado; sin él el juego se acaba. Pero también es limitado: su defensa exige estrategia y apoyo.
¿O prefieres ser el tablero?
El tablero sostiene, limita, organiza. Sin tablero no hay juego.
¿Y quién mueve las piezas?
El ajedrecista observa, calcula, aprende del adversario. Es la conciencia que guía los actos.

La metáfora no pretende decirte qué ser. Te pregunta cómo quieres jugar.
Te invita a medir movimientos, a no actuar al azar, a pensar en consecuencias.
Porque vivir sin estrategia es entregarse a la deriva.

Pero no confundas planificar con la rigidez del perfeccionismo.
Medir tus pasos no significa eliminar la emoción, ni la espontaneidad, ni el riesgo.
Significa cuidar tu energía. Significa elegir en qué batallas vale la pena invertir tus fuerzas.
Significa entender que algunas piezas sacrificadas abren espacios genuinos para crecer.

La crueldad con nosotras mismas suele nacer del miedo: miedo a no ser suficiente, miedo al rechazo, miedo a fracasar.
Entonces empujamos, exigimos, comparamos, y así nos vamos consumiendo.
La cura no es exigirse menos en el sentido pasivo, sino exigirse desde el amor: con retos reales, pero que respeten tus límites.
Con metas escalonadas. Con ternura para el proceso.

Aprende a mirar tu tablero con ojos amables:

Reconoce las piezas que protegen tu bienestar.

Protege a tus peones: aquellos hábitos pequeños que te sostienen (dormir, comer, respirar).

No sacrifiques tu salud por la imagen de éxito.

Recalibra cuando lo necesites.

Permítete mover en zigzag si la línea recta te quiebra.

Y cuando la mente te presione con “debes hacerlo ya”, respira y recuerda que el tiempo no es enemigo si lo usas con amor.
El crecimiento real toma tiempo. Las raíces fuertes necesitan calma para afianzarse.

Vivir con estrategia es un acto de amor propio.
Significa proteger tu corazón como si fuera la pieza más valiosa del tablero; no como algo frágil, sino como el centro que sostiene todo el juego.
Significa aprender que la victoria más importante no siempre es ganar la partida, sino llegar al final con dignidad y con la certeza de haber jugado conforme a tus valores.

Porque la muerte más lenta y dolorosa no tiene por qué ser tu destino.
Puedes aprender a mover las piezas para cuidar tu vida, para reinventarte, para renacer.
No se trata de escapar del dolor, sino de convertirlo en lección.
No se trata de esconder las cicatrices, sino de entender que forman parte de tu obra.

Termina este capítulo con una promesa pequeña y posible:
Hoy medirás un movimiento más consciente.
Hoy no te exigirás imposibles.
Hoy protegerás al menos una pieza: tu paz.

Y cuando sientas que la vida te pesa demasiado, vuelve al tablero, mira con distancia, respira y decide con ternura.




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