Desde el rostro cansado de tantas lágrimas,
hasta la piel marcada por batallas que nadie vio…
Eres arte.
Porque sigues aquí.
Porque luchas.
Porque, aunque la vida te haya tirado al suelo mil veces,
te has levantado mil veces más.
Eres arte en cada cicatriz,
en cada sueño que todavía te atreves a tener,
en cada madrugada en la que te negaste a rendirte.
El arte nunca fue perfecto.
Si lo fuera, sería frío, distante… inexistente.
El arte es caótico, intenso,
herido a veces,
desordenado muchas más.
El arte es color y sombra.
Y tú también.
Quizá no encajas en moldes ajenos,
quizá no eres la imagen que el mundo aplaude,
quizá tu historia no es de cuento
ni tus pasos son rectos…
pero esas mismas curvas,
esos desvíos,
esos errores,
hacen de ti una obra irrepetible.
¿Quién querría una copia
cuando puede admirar un original como tú?
Eres arte
porque tu alma tiene trazos que cuentan historias.
Porque tus ojos guardan tormentas que sobreviviste.
Porque tu corazón late fuerte
aunque aún siga remendándose.
El arte se valora en los ojos correctos,
es cierto…
pero también merece empezar a ser valorado
desde los tuyos.
Si tú no te reconoces como arte,
el mundo no sabrá cómo hacerlo.
Llénate de una seguridad que nazca de tu verdad,
no de lo que otros quieran que seas.
No permitas que voces ignorantes
dicten tu valor.
Levanta la mirada con dignidad.
Habla con tu pecho lleno de certeza:
Yo soy arte.
Siempre lo he sido.
Y verás cómo el mundo se acomoda
para admirar tu luz.
Eres arte porque existes.
Porque sientes.
Porque transformas lo que te hiere
en belleza pura y real.
Jamás olvides esto:
El arte no se explica.
Se siente.
Y tú…
estás hecha para sentirse.
Para dejar huella.
Para estremecer corazones.
Eres arte.
Eres única.
Eres suficiente.
Y siempre —siempre—
lo serás.