La paz que buscaba en mí

Si miro atrás estoy pérdida

Dicen que mirar atrás puede ser peligroso…
Porque cuando lo hacemos con nostalgia, el pasado se vuelve una tentación.
Nos susurra que fue más fácil, que dolió menos, que allí todavía éramos alguien que entendíamos.
Volver la vista atrás puede convertirse en ese deseo inconsciente de regresar,
como si existiera un botón para reiniciar la vida
y borrar todas las heridas que nos acompañan hoy.

Pero si regresaras…
¿de verdad valdría la pena?
¿De verdad querrías deshacer cada caída, cada lágrima, cada batalla?
Porque fueron esos golpes los que te pusieron aquí.
Fueron esos días oscuros los que moldearon la fuerza que ahora cargas dentro.

Si miro atrás para volver, estoy perdida.
Estoy atrapada en un pasado que ya no existe.
En versiones de mí que ya no viven aquí.
En personas que ya no merecen un espacio en mi presente.

Mirar atrás para huir es renunciar al camino que tanto me ha costado avanzar.
Es cortar mi propio crecimiento.
Es olvidarme del valor de haber sobrevivido.

Pero hay otro tipo de mirada…
Una que nos salva:

Cuando elijo mirar atrás
no para quedarme,
sino para reconocer que avancé,
entonces miro con orgullo.

Miro a la chica que fue valiente cuando tenía miedo.
Miro a la que lloró, pero siguió.
A la que dudó, pero intentó.
A la que se rompió… pero se reconstruyó con sus propias manos.

Ahí está la clave:
mirar atrás no para volver,
sino para recordar quién soy
y cuánto he crecido.

Habrá días en que el pasado te llame con fuerza:
te mostrará momentos que parecen mejores,
personas que creías que eran tu hogar,
caminos que abandonaste por sobrevivir.

Y en esos días tendrás que repetirte:
No vuelvo ahí.
Porque ya no soy la misma.
Porque ese lugar ya no me pertenece.

El pasado puede enseñarte, sí,
pero que no te encadene.
Que no te retrase.
Que no te devuelva al dolor del que tanto te costó salir.

Así que mírate al espejo con la frente en alto.
Valora tu historia completa:
las partes que duelen
y las que sanan.

Cuando quieras mirar atrás…
que sea para admirar tu proceso,
para abrazar a tu yo del pasado
y decirle:
Gracias por no rendirte. Yo seguiré por las dos.




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