La perfección de Papel

Capítulo 1: Mi vida de Papel

El silencio en mi habitación no era una ausencia de ruido, sino una presencia física. Un silencio caro, alfombrado y climatizado; el tipo de silencio que solo se encuentra en las casas donde no falta el dinero, pero sobra la cercanía. Me quedé mirando el techo, siguiendo con la vista la moldura de yeso que rodeaba la lámpara de cristal, una pieza ostentosa que mi madre había elegido para “darle carácter” al cuarto. Me pregunté en qué momento mi dormitorio había dejado de ser un refugio para convertirse en un escaparate.

Esa mañana, el aire se sentía distinto. Era el día previo a mi graduación, el último en el que técnicamente podía considerarme un estudiante, alguien con el futuro aún suspendido. Mañana, el mundo me pondría una etiqueta definitiva.

Bajé las escaleras descalzo, sintiendo el mármol frío bajo los pies. El sonido de mis pasos resonó en el vestíbulo vacío. En la cocina, el aroma a café recién hecho flotaba como un recuerdo ajeno. Mi padre estaba allí, sentado a la cabecera de la mesa de granito, con la mirada fija en su tablet. Vestía su traje de tres piezas, listo para una junta que, según él, era vital para el patrimonio familiar.

—Buenos días, hijo —dijo sin levantar la vista—. Mañana es el gran día. El director ejecutivo de la firma confirmó que asistirá a la ceremonia. Asegúrate de que el birrete no te quede torcido. La imagen lo es todo.

—Buenos días, papá —respondí, sirviéndome una taza de café que me supo a ceniza.

No preguntó cómo me sentía ni si estaba nervioso. Para él, la graduación no era un rito emocional, sino la entrega formal de resultados. Yo era el activo que finalmente maduraba.

Mi madre entró poco después, envuelta en una bata de seda, hablando por teléfono con su organizadora de eventos. Su voz era una sucesión de órdenes sobre centros de mesa y confirmaciones. Me dio un beso al aire, preciso y breve.

—Bryan, recuerda que después de la ceremonia tenemos la reserva en el club. He invitado a los socios más influyentes. Es el momento perfecto para que empieces a hacer networking. No querrás perder el impulso del Cum Laude.

Inversión exitosa, pensé.

Ellos no veían al hijo que se sentaba a solas en el balcón a mirar las estrellas. Veían el resultado de años de colegios bilingües, tutorías privadas y veranos estratégicamente planificados.

Salí de la cocina y crucé el jardín hacia la pequeña casa de huéspedes, ahora territorio de mi abuela Elena. El ambiente cambiaba a cada paso: el mármol quedaba atrás, la madera crujía bajo mis pies y el aroma a lavanda sustituía al café industrial.

Toqué la puerta suavemente.

—Pasa, Bryan —dijo su voz, siempre serena.

Estaba sentada en su sillón de mimbre, con un rosario de madera entre las manos. No había pantallas, ni teléfonos, ni relojes de pulsera caros. Solo ella, el silencio y un pequeño altar con una imagen de la Virgen de Fátima traída de su pueblo hacía décadas.

—¿No puedes dormir, mi niño? —preguntó, aunque no esperaba respuesta.

Me senté a sus pies y apoyé la cabeza en sus rodillas. Un gesto que en la casa principal habría sido considerado impropio.

—Mañana se acaba todo, abuela —susurré—. O mañana empieza todo lo que no quiero.

Ella dejó el rosario y acarició mi cabello. Sus manos, llenas de arrugas, parecían guardar historias que no necesitaban ser exhibidas.

—La gente corre tanto para llegar a la cima que olvida preguntarse si esa es la montaña correcta —dijo—. Tus padres te aman, pero te aman como se ama a un monumento. Y los monumentos no sienten. Tú, en cambio, tienes el corazón demasiado vivo para ser de piedra.

—Siento que me ahogo —confesé—. Ya está todo decidido: el trabajo, la casa, incluso con quién compartirla. Camino hacia una celda muy elegante.

La abuela Elena guardó silencio. El tictac del viejo reloj llenó el espacio.

—A veces, Dios permite que las paredes se cierren para que aprendamos a buscar la puerta que no habíamos visto —dijo al fin—. Ve a ese viaje de la JMJ. Los demás irán por la fiesta, pero tú ve por el silencio. Hay una verdad esperándote en Portugal, una que no se imprime en diplomas.

Esa tarde, mientras empacaba la maleta para el viaje posterior a la graduación, guardé entre la ropa el rosario que mi abuela puso en mi mano al despedirse. Mis padres creían que el viaje era un premio por mi excelencia; Margaret, una pausa antes del compromiso serio.

Pero al cerrar la cremallera, sentí algo que no era miedo.

Era una curiosidad incómoda, insistente.

¿Qué era ese silencio del que hablaba la abuela?
¿Y por qué tenía la sensación de que mi vida de papel estaba a punto de encontrarse con un fuego que no podría controlar?



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En el texto hay: drama, religioso, catolico

Editado: 21.02.2026

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