El aire acondicionado del auditorio siseaba con una eficiencia glacial, pero sentía que el cuello de la camisa me apretaba hasta dificultarme la respiración. El recinto, de mármol y madera pulida, había sido diseñado para que cada palabra pronunciada desde el podio sonara como un decreto. A mi alrededor, los graduandos acomodaban sus togas con una mezcla de ansiedad y triunfo. Para muchos, aquel día era un portal hacia la libertad; para mí, se parecía más al cierre hermético de una escotilla.
—¿Te sientes bien? —susurró Margaret, inclinándose hacia mí.
Estaba impecable. Su toga parecía hecha a medida y su cabello rubio caía en ondas calculadas. Me tomó la mano con una seguridad que no admitía dudas. Margaret no celebraba solo mi graduación; celebraba el avance perfecto de un plan que llevaba años trazando.
—Es el calor —respondí, aunque el termostato marcaba dieciocho grados.
El rector subió al podio. Su discurso fue una sucesión de palabras conocidas: liderazgo, excelencia, compromiso. Cada término rebotaba en mi pecho sin encontrar eco. Busqué a mis padres entre el público. Mi padre grababa la ceremonia con expresión satisfecha; mi madre asentía, como si aprobara cada cláusula de un contrato invisible.
—Llamamos ahora al estudiante con el mayor índice académico de esta promoción —anunció el rector—. Un ejemplo de disciplina y entrega. Bryan Alejandro Torres, Cum Laude.
El aplauso me envolvió antes de que pudiera reaccionar.
Me puse de pie. Caminar hacia el escenario fue atravesar un pasillo de miradas expectantes, todas convencidas de saber quién era yo. El rector estrechó mi mano y me entregó el tubo de terciopelo azul. Al sostenerlo, sentí un peso extraño, desproporcionado. No era solo papel: era la suma de esfuerzos ajenos, de decisiones ya tomadas por otros, de un futuro cerrado sobre sí mismo.
—Felicidades, licenciado —dijo el rector—. El país espera grandes cosas de usted.
Regresé a mi asiento con el corazón acelerado. Margaret me rodeó el cuello con un abrazo breve y eficaz.
—Ahora sí —susurró—. Todo empieza.
La recepción en el club social confirmó esa frase con una precisión implacable. El salón estaba lleno de conversaciones superpuestas, risas calculadas y copas alzadas. Mi padre me guiaba de grupo en grupo con una mano firme en el hombro, presentándome como quien muestra un logro reciente.
—Mi hijo —decía—. Graduado con honores. Estamos evaluando las mejores opciones para su incorporación al mercado.
Apretaba manos, sonreía, asentía. Cada saludo era una transacción silenciosa. Margaret intervenía cuando el silencio amenazaba con revelarme, completando mi perfil con anécdotas sobre mi disciplina y mi “visión estratégica”.
En un descuido, escapé hacia la terraza. El aire nocturno me golpeó el rostro con una honestidad casi dolorosa. Desde allí, la ciudad se extendía ajena a los brindis y a los discursos.
—Sabía que vendrías aquí —dijo Margaret, acercándose con dos copas de champán—. El doctor Castillo quiere hablarte de una vacante. No es algo que se rechace.
Observé las burbujas subir lentamente.
—No estoy seguro de querer empezar tan rápido —dije—. Todo se siente… definitivo.
Ella sonrió, pero sus ojos se endurecieron apenas un instante.
—Definitivo es bueno, Bryan. Mis padres ya hablan de la fiesta de compromiso cuando regreses de Portugal. Y la casa del sector norte sigue disponible.
Compromiso. Casa. Futuro.
Las palabras formaban una secuencia perfecta en la que no encontraba espacio para respirar.
De regreso en el salón, mi padre golpeó su copa para llamar la atención.
—Brindo por mi hijo —anunció—. Hoy deja de ser estudiante para convertirse en el pilar de nuestro legado. Que este título sea solo el primero de muchos.
Alcé la copa. El champán me quemó la garganta.
Al volver a casa, el tubo de terciopelo quedó olvidado en el asiento trasero del coche. En la penumbra, parecía un objeto ajeno, como si ya no me perteneciera.
Antes de entrar a mi habitación, me detuve frente al cuarto de mi abuela Elena. La puerta estaba entreabierta y una vela iluminaba el interior. Ella rezaba en silencio.
—¿Rezas por mí, abuela? —pregunté.
Se volvió con una sonrisa cansada.
—Rezo para que no te pierdas entre tanto aplauso —respondió—. Los títulos se cuelgan en la pared, Bryan. El alma es la que tiene que caminar.
La abracé. En ese gesto simple había más verdad que en toda la ceremonia.
—Tengo miedo de fallarles —confesé.
—Ten cuidado de no fallarte a ti mismo —dijo—. Eso duele más y tarda más en sanar.
Esa noche dormí con el rosario bajo la almohada.
Soñé que el auditorio se llenaba de agua. Nadaba con dificultad mientras el título, atado a mi tobillo, me arrastraba hacia el fondo. Cuando dejé de luchar, el silencio me envolvió.
Y, por primera vez, no sentí miedo.