La mañana siguiente a la fiesta de graduación, el sol se filtraba por las persianas con una agresividad incómoda. No era una luz cálida ni celebratoria; era una luz interrogante, como si quisiera arrancarme respuestas antes incluso de que pudiera formular preguntas. Sobre la mesa de noche, el pergamino del título descansaba junto a una tarjeta de presentación que Margaret había dejado allí:
Dr. Armando Valeriano – Consultoría Estratégica & Asociados.
Era la llave de mi futuro, o al menos de la cerradura que otros habían decidido instalar.
Ese día tenía un almuerzo pendiente con Margaret y sus padres en uno de los restaurantes más exclusivos de la zona financiera. Oficialmente era una celebración; en la práctica, una reunión de alineación estratégica. Llegué unos minutos tarde, un gesto mínimo de resistencia que nadie notó.
Margaret ya estaba sentada, moviendo su copa de vino con una elegancia que siempre me había intimidado. Su padre, el doctor Valeriano, ocupaba el espacio con naturalidad. Era uno de esos hombres que no necesitan elevar la voz para ser escuchados.
—¡El hombre del momento! —exclamó, levantándose para estrecharme la mano con una firmeza que parecía una advertencia—. Siéntate, Bryan. Estábamos revisando el organigrama de la firma.
—Papá —intervino Margaret con una sonrisa medida—, déjalo respirar… aunque es cierto que hay puestos que no esperan por nadie.
Durante el almuerzo hablaron de mercados, fusiones y oportunidades. Yo asentía, respondía con precisión y ofrecía la imagen de alguien completamente alineado con el futuro que describían. Desde afuera, todo encajaba. Desde adentro, algo se tensaba cada vez más, como una cuerda a punto de romperse.
—Portugal te vendrá bien —dijo la madre de Margaret—. Un último viaje antes de sentar cabeza.
—Después de eso, ya no habrá excusas —añadió Valeriano—. El mundo real no espera.
El mundo real.
La expresión quedó flotando sobre la mesa como una sentencia.
Cuando salí del restaurante, el aire de la calle me devolvió una sensación mínima de libertad. Caminé sin rumbo durante varios minutos hasta terminar en el pequeño parque que bordeaba el barrio antiguo. Me senté en uno de los bancos, intentando ordenar el ruido que todavía llevaba dentro. Fue entonces cuando lo vi.
El sacerdote estaba sentado a unos metros, leyendo con la misma serenidad que recordaba vagamente de mi infancia. No levantó la vista de inmediato, pero su presencia me resultó extrañamente familiar.
—El silencio de la mañana sigue teniendo la misma belleza —dijo sin mirarme—. No exige nada. Solo está.
Lo observé con atención, y entonces lo reconocí.
—Padre Juan… —dije, sorprendido—. Hace años que no lo veía.
Cerró el libro y me miró con una sonrisa leve, sin sorpresa.
—Desde tu primera comunión, si no me falla la memoria —respondió—. Luego creciste, te llenaste de horarios, de logros, de metas… y el silencio dejó de caber.
Me senté en el mismo banco, manteniendo una distancia respetuosa.
—Mi abuela Elena suele hablar de usted —comenté—. Siempre menciona fragmentos de sus sermones.
—Tu abuela siempre supo escuchar —dijo—. Cuando tú dejaste de venir, abrió más sus oídos para atender la voluntad de Dios.
No hubo reproche en su voz. Solo constatación.
—No me alejé por falta de fe —dije, casi defendiéndome—. Me alejé porque no tenía tiempo.
—Eso es más común de lo que crees —respondió—. A veces no perdemos a Dios; solo lo vamos dejando atrás por las cosas que consideramos urgentes.
Guardamos silencio unos segundos. No sentí la necesidad de llenarlo.
—No estoy aquí buscando respuestas —aclaré—. Solo necesitaba sentarme.
—Eso basta por ahora —dijo—. Hay silencios que preparan el camino sin decirnos hacia dónde.
En ese momento, una sombra se proyectó sobre nosotros.
—Padre —dijo una voz firme—. Ya casi es hora.
Ignacio estaba de pie frente a nosotros. Más alto de lo que lo recordaba, igual de rígido. Vestía con sobriedad y me observó con una mezcla de reconocimiento y distancia.
—Bryan —dijo simplemente.
—Ignacio —respondí.
No hubo saludo afectuoso ni tensión abierta. Solo el peso de una historia compartida que ninguno quiso nombrar.
—Nos vemos —dijo el Padre Juan, levantándose—. Dale recuerdos a tu abuela.
Los observé alejarse, y entonces llegaron los recuerdos: las mañanas de domingo en la iglesia, cuando mi mayor alegría era asistir a las clases de catecismo y a las misas con el Padre Juan, que nos regalaba caramelos si respondíamos correctamente a las preguntas sobre las lecturas del día. También pensé en Ignacio. Siempre fue un niño silencioso. Se sentaba en la esquina de un pasillo de mi casa, esperando a José, su padre y nuestro chofer. A veces pasaba horas allí, simplemente observando. A la única persona que saludaba era a mi abuela, que le ofrecía las galletas de vainilla que solía preparar.
El parque volvió a llenarse de ruido, pero algo había cambiado. No había recibido respuestas ni consuelo, solo una certeza incómoda:
Portugal no sería solo un viaje.
Sería un punto de retorno, aunque aún no sabía hacia qué.