La Perla Ii: Por libertad

Capítulo 9

Algo que no se le iba a Jen eran esas ganas de ser tan testaruda e intentar imponerse a toda costa. Joseph estaba casi acostumbrado a eso, aunque en realidad discutían frecuentemente por esa razón. Los dos siempre querían imponer sus decisiones y cuando esas ideas chocaban empezaba la guerra. A veces ella cedía porque no quería problemas, a veces él lo hacía por complacerla. Y esa era una ocasión de aquellas, al final terminó por ceder.

Aunque hace días Jen ya sabía que Joseph tendría que viajar a Austin para atender a unos socios, ella insistió mucho en ir. Sus argumentos eran bastante convincentes, quería hacer una visita a su abogado para saber cómo iba la apelación de la sentencia, quería presionar en la corte también. Aparte insistía en estar presente en las reuniones de negocios, decía que la hacienda era de los dos y que los dos siempre habían tomado las decisiones, ¿por qué excluirla de pronto? No había motivo para eso. Después de mucho oponerse finalmente Joseph cedió.

No le molestaba que su esposa participe en las reuniones de negocios, era una mujer astuta y se daba cuenta de cosas que para él a veces no eran obvias. Lo que tenía que evitar a toda costa era lo otro. Había un encuentro en particular del que Jen no podía enterarse, uno de esos "otros" negocios. Así que la mañana de la reunión se fingió enfermo y cansado. Jen estuvo a su lado por una hora, pero luego se despidió con tristeza. Tenía una cita con Damon en el juzgado y no podía faltar, se llevaría a Julius con ella pues almorzarían luego en casa de los Moore junto con Elena. Él prometió falsamente que trataría de ir. Apenas su esposa se fue salió de inmediato a ver al hombre.

Le desagradaba mentirle a Jennifer, sobre todo en un tema como ese. Pero en verdad no podía dejar que ni por un instante ese hombre se cruce con ella. Eso era algo que siempre había sido así y no iba a cambiar. Llegó a la hora acordada a ese café, lo hicieron pasar a un área más privada, dispuesta para reuniones de ese tipo. El hombre ya lo esperaba y Joseph no se esforzó mucho en sonreír, nunca había sido de su agrado y sabía que él tampoco lo era para su anfitrión. Pero pronto adoptaron ambos una postura hipócrita, la misma de siempre.

—Morgan, qué bien te veo. ¿Cómo va todo?

—Perfecto, Daniel, como siempre.— Ese McRostie nunca le agradó. Ni siquiera era un señor, no era nadie. Solo un tipo de buen apellido venido a menos, nada influyente, sin tierras, sin fortuna envidiable. Era más bien un nexo, una sabandija. Un recadero. Peligroso claro, tenía muchos contactos. Pero eso a la vista del elitista Joseph no significaba nada.

—¿Y tu esposa? ¿Se quedó en La Perla?

—Está aquí — respondió tranquilo mientras tomaba asiento—. Perdiendo el tiempo en ese juzgado como siempre.

—Oh... inocente. La verdad es bastante molestoso andar corrompiendo constantemente a la justicia de Texas, pero ya sabes. Voluntad McKitrick es voluntad de Dios.

—Si Aaron supiera que tiene una nieta las cosas no serían así, claro.

—Pero Charice paga, yo amenazo. Todo bien, hasta que Jennifer se canse.

—El problema es que ella no se va a cansar nunca.

Durante esos años intentó convencer a Jen que olvide ese tema, que nunca conseguirían probar la inocencia de Roland. Pero ella solo se enfurecía con él por no apoyarla, otro motivo más de peleas. ¿Pero cómo podría hacerlo? Joseph sabía bien quienes estaban detrás de todo eso. Su padre fue el que ayudó a tender la trampa para que pudieran matar a Roland, pero quien hizo todo el contacto para que aquello sea posible fue Daniel, por encargo de Aaron McKitrick claro.

Luego supo lo otro, Daniel tenía una especie de socia, Charice. Ellos dos se habían encargado de ocultar la existencia de Jennifer a su abuelo, y los dos se encargaban también de que no se haga justicia para Roland. El viejo McKitrick solo sabía que la familia del difunto luchaba en los tribunales y mandaba dinero de vez en cuando para evitar que las cosas salgan a la luz, pero eran en verdad Charice y Daniel los encargados de ocultar toda la información. Joseph era un hombre práctico y sabía que desde el punto de vista de esa gente lo más fácil era mandar a matar a Jennifer y acabar con tanto problema, pero Daniel McRostie no se atrevería jamás a mover un dedo en contra de Jennifer. Sangre McKitrick, después de todo.

—Es una mujer decidida la tuya —dijo Daniel mientras un mozo les servía el café para luego retirarse silencioso—, yo solo espero que tengas razón y se le pase algún día. A nadie le conviene que la verdad salga a la luz, ¿verdad? El viejo me haría añicos si supiera que oculté información de su nieta.




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