La Perla Ii: Por libertad

Capítulo 15

Puso las cartas despacio sobre la mesa. Las abrió cuidadosamente, seleccionó algunas y pensó cual sería la próxima. Cada una tenía información más suculenta que la anterior, cualquiera podría causar daño. Annie se llevó una mano al mentón mientras paseaba su mirada por las cartas. Las había leído todas, las leyó tantas veces que se las sabía de memoria, pero la cuestión era seleccionar la que más sirviera en ese momento para ejecutar el siguiente paso de su plan.

Hace meses que le quitó las cartas a esa mujer, Kathleen. Pobre de ella, que la verdad no quiso amenazarla así, la mujer no tenía que perjudicarse por lo que otros hicieron. Además estaba sola e indefensa, tenía miedo, y no era justo aprovecharse de las mujeres con miedo. En fin, que las cartas estaban mejor en sus manos, le había hecho un favor a esa Kathleen al quitarle aquel peso de encima, igual como que ya era muy tarde para arrepentirse. Las cosas ya se estaban haciendo, a paso lento claro, pero todo se estaba ejecutando bastante bien.

Y lo que le había costado. Era un trabajo independiente de años, algo que casi le costó la vida. La única razón por la que Annie quisiera no morir era porque tenía cuentas pendientes que saldar, y no quería irse de este mundo hasta joder a todos bien jodidos. Por lo demás su vida valía muy poco, se había pasado los últimos quince años sobreviviendo y esperando con ansias el momento de su venganza. Así que cuando tuvo una pista de la existencia de pruebas contra la persona que la arruinó, no dudó en lanzarse en la búsqueda que casi le cuesta la vida, además de un trabajo minucioso. Annie no era mujer que se detuviera a pensar ni a reflexionar mucho, en realidad era de las que dispara y después pregunta, pero en ese caso tuvo que ser en extremo cuidadosa para no ponerse al descubierto.

Hace quince años era solo una muchachita con una bella familia. Pero cuando papá delató sin querer a un bandido de la zona y mataron a todos, fue que empezó su terror. Ella se salvó de milagro, se salvó porque no estuvo en casa cuando empezó la ejecución por venganza. ¿Cómo no iba a saber ella lo que era una mujer asustada? Y sabía que no estaba bien aprovecharse de una mujer en ese estado, tal como hicieron con ella. Huyó por miedo a que la maten, huyó después de la casa de prostitutas donde la cogieron. Eran muchos los degenerados que gustaban del sexo con niñas, era mucha la gente capaz de aprovecharse de ella. Ya lo habían hecho en realidad, y lo seguirían haciendo si es que no hacía algo.

Annie creció en las calles, robando, mendigando. Prostituyéndose después, no hubo de otra, era eso o morir de hambre. En fin, que ya mucho tiempo había pasado como para sentirse mal por algo que ya no tenía sentido. Pronto consiguió, o robó mejor dicho, su primera pistola. Empezó a asaltar con ella y la vida empezó a ser más fácil, la gente le temía más a un arma que a una navaja. Fue así que acabó por unirse a una banda de asaltantes mixta, quizá la única en el oeste así. Eran veinte personas, mujeres, hombres, niños, niñas. El líder era un tipo astuto que sabía sacarle provecho a todos. A los hombres para los trabajos duros, a las mujeres las ponía bonitas para seducir y que luego sus compañeros hagan el trabajo, los niños se encargaban de los robos delicados y de espiar.

Pero con ella no hizo eso, a ella le enseñó a disparar. Y cuando se dio cuenta ya era muy buena, era la mejor pistolera del grupo. Sus amigos decían que quizá era la mejor del oeste. Bueno, podía ser, y aunque era una estupidez ella se sentía muy orgullosa de sus capacidades. Y feliz. Desde que empezó la carrera por su vida, desde que mataron a su familia, nunca se había sentido así. Feliz, a salvo, cómoda. Los quería a todos, y todos la querían a ella. Eran una familia de verdad. No era como otras bandas del oeste en la que todos estaban juntos por conveniencia y a la primera eran capaces de traicionarte dándote un tiro por la espalda. Ellos en verdad tenían algo. Muchos eran parejas, los niños eran hijos naturales o adoptados. Eran como hermanos. Todo estuvo bien, hasta que se toparon con aquel miserable. McRostie.

Hicieron tratos con quien no debieron, asaltaron lo que no debían. Y así fueron emboscados por dos bandas contratadas por ese hombre. Una vez más la suerte estuvo de su lado y pudo escapar de la muerte, en esa ocasión ella no estaba con su grupo pues fue a averiguar algo sobre el banco del pueblo más cercano que querían asaltar. Al regresar los había perdido para siempre, les quitaron el botín que robaron antes, ese botín que les costó la vida. Lo de su familia de sangre estaba casi olvidado, pero hasta ese momento Annie no podía olvidar lo que sintió cuando vio los cuerpos de su nueva familia. De los niños, de sus hermanas, de sus amigos, de su líder. Era una herida que no paraba de sangrar.

Desde ese día juró venganza. Tenía veintidós años cuando los perdió, pero ya tenía suficiente edad para hacerse cargo de su vida. Necesitaba dinero, y ofrecía sus servicios al mejor postor. Mataba por buenas sumas de dinero a quien quisieran, posibles o imposibles. Estafaba cuando podía, jugaba, se divertía. Y se dedicaba a averiguar en secreto sobre Daniel McRostie. Sobre lo que le robaron, sobre sus andanzas, con quienes trabajaba, para quien trabajaba, sus rutas, todo lo que hacía. No iba a parar hasta destruirlo, tenía que vengar a todos sus compañeros. Los años pasaron y ella no tenía nada que sirviera, solo la seguridad de que ella sola no podría con ese hombre y su red.




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