La Perla Ii: Por libertad

Capítulo 48

Se sentía bastante fastidiada, y aunque pudo enviar a que alguien haga el trabajo por ella, finalmente Santos decidió hacerlo ella misma. Si había alguien que tenía que poner a esa niña en su sitio era ella, pero en serio cuando la coja no se iba a librar de un buen castigo. No conforme con pasar la mañana tensa porque Bert partió a Texas en busca de dos personas peligrosas, ese día tenía que ir al cementerio a visitar a papá por el aniversario de su muerte. Había preparado todo, incluso mandó a planchar y arreglar el vestido favorito de Misae para que vaya con ese. Era el que más le gustaba a su abuelo, así que fue la misma niña quien insistió en usarlo aquel día. ¿Y qué sucedió? Que la niña hacía lo que le daba la gana como siempre.

No estaba, se había esfumado. Hace un rato ambas estaban casi lista para partir, pero de pronto Misae se había ido a juguetear por ahí con el vestido limpio y no la encontraban en los alrededores de la casa, lo que quería decir que se había ido más lejos que antes. Ella sabía el lugar, era una parte algo desolada que estaba camino a la hacienda de Jennifer, ahí siempre se iba a juguetear con Julius. El niño no estaba, y aunque esperó que eso calmara un poco a su hija, el efecto fue el contrario. Se había puesto más rebelde que nunca, se aburría en casa y no podía quedarse quieta. Santos iba a darle una buena reprimenda, no era posible que le haga eso el día que tenían que ver a su padre. Ah, cuando la encuentre Misae iba a pedir perdón por su travesura hasta cansarse.

Santos montó su yegua, por el camino renegaba porque cuando regrese con Misae tendría que cambiarse de ropa otra vez y retrasarían la ceremonia en el cementerio. A lo lejos, la mujer veía el árbol en el que Julius y Misae solían jugar. Y si, en una de las ramas estaba su hija. Santos redujo el paso, no quería espantarla y que se esconda por ahí, era mejor que no escuche el galopar acercándose. Solo que vio algo raro conforme la figura de Misae se hacía más grande. Su hija no estaba sola, hablaba con alguien.

Pensó que quizá había encontrado otros niños para jugar, pero lo que vio la dejó petrificada un instante. Misae hablaba con una mujer que iba a caballo, y al lado de esta había tres hombres armados. Ah no, eso no era lo terrible. Lo verdaderamente espantoso era que quien estaba muy cerca de su hija no era otro que Steve Reynolds. Habían pasado años desde la última vez que lo vio y juraba que el desgraciado ya estaba bien muerto. Pero había regresado a La Perla, y estaba tan cerca de su hija que entró en pánico.

—¡Misae! ¡Aléjate de ellos! ¡Aléjate! —gritó histérica. No se dio cuenta que las lágrimas ya quemaban sus mejillas, apeó a la yegua e intentó llegar rápido hasta ellos. Si ese miserable estaba ahí solo significaba peligro. No iba a permitir que dañen a su bebé, primero tendrían que matarla.

—¡Mamá! —gritó su hija al darse cuenta que algo estaba mal ahí—. ¡Mami, no! —gritó ahora asustada, pronto se dio cuenta de la razón. Uno de los hombres que acompañaban a esa mujer había sacado un arma y le apuntó. Le disparó. Fue una suerte que no le diera a ella, pero sí a su yegua. Santos hizo lo posible para no caer del animal, pero su fiel compañera había recibido un disparo en el rostro y no podía calmarla. Tuvo una caída bastante fea, se raspó las rodillas y los brazos, Santos estaba segura que quizá se había roto uno de ellos, pero en ese momento no le importó. Tenía que llegar a su hija.

Todo estaba sucediendo muy rápido. Al ver a mamá en peligro, Misae se desesperó e intentó bajar del árbol para llegar a ella. Lo hizo, pero Steve la cogió de los cabellos y la arrastró a su lado. Su hija lloriqueó asustada, mientras que el hombre que disparó hace un rato remataba a su pobre yegua. Santos sentía todo el cuerpo adolorido, hizo un enorme esfuerzo para ponerse de pie y caminó lo más rápido que pudo en busca de su hija. El hombre que disparó hace un rato la apuntó con su arma. Muy a su pesar, no tuvo opción que quedarse inmóvil.

—Quieta ahí —la amenazó el tipo. Santos respiraba agitada, no sabía qué hacer. Steve tenía a su hija y ella no podía hacer nada. La mujer que observaba a todos desde el caballo la miró con desdén de pies a cabeza, y algo le decía a la mestiza que esa era la responsable de todo.

—Suelta a mi hija —pidió ella—. ¿Qué quieren? ¿Dinero? Tengo suficiente, no tienen que hacer esto.

—¡Suelten a mi mamá! —reclamó Misae. La niña intentó forcejear con Steve, pero este era más fuerte. Y sonreía como un demente, como si molestar a una niña le hiciera gracia. Steve le vio un golpe a su hija en el estómago, fue lo suficiente fuerte para dejarla sin aire unos segundos y hacerla llorar después.

—Haz que se calle —le ordenó la mujer a Steve y este obedeció rápido. Le puso una mano sobre la boca para que no se escuchen sus gritos y llanto. Santos estaba desesperada, sentía el corazón desgarrado de ver los ojos rojos y llenos de lágrimas de su hija. Misae estaba aterrada y en las garras de un monstruo.

—Por favor, Steve, suéltala. Te lo ruego, pagaré lo que sea, pero no le hagas daño. Por favor... te lo ruego —pedía entre lágrimas. Quería correr hasta ella y salvarla de las garras de ese infeliz, pero si lo hacía acabaría muerta y no iba a poder ayudar en nada.

—¿Nos sirve para algo esta niña? —preguntó con desinterés aquella mujer.

—Es la hija de Cuthbert Allgood —le informó Steve—. Ella es Santos, es la mejor amiga de Jennifer.

—Ajá... la hija de los mejores amigos —dijo la mujer con una sonrisa siniestra—. Me encanta, creo que nos la quedamos.




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