La Perla Ii: Por libertad

Capítulo 50

Llevaban prisa. Convencer a Bert que no podían salir ese mismo día hacia La Perla fue muy difícil, al final fue Annie quien los tomó de sorpresa a ambos, especialmente a Bert. En medio de la discusión, cogió lo primero que encontró a la mano y golpeó al hombre hasta dejarlo mareado y fuera de combate por un rato. Menos mal, porque Ansel estuvo seguro que Bert hubiera sido capaz de darle un balazo para que se quite del camino y lo deje ir a La Perla en busca de su hija.

—Después que no diga que no me preocupo por él —le dijo Annie mientras Bert estaba echado a un lado en el piso recuperándose del golpe—. Estas cosas no las hago por cualquiera.— En ese momento Ansel solo asintió y ayudó a Cuthbert a sentarse. Deseó que cuando se recupere se sienta un poco mejor y actúe de forma racional.

Ansel sabía que pedirle eso a un padre era muy difícil, peor si vas y le dices que una maniática y un degenerado violador han secuestrado a tu hija. No cualquiera, sino los peores ejemplares de la escoria humana. Charice y Steve eran sin duda el equipo más terrorífico que habían enfrentado, aquello era más de lo que cualquiera podría soportar. El periodista entendía que Cuthbert estuviera desesperado por llegar y buscar a su hija, pero en ese momento no ayudaban en nada si salían corriendo a la loca por el desierto. Ni Annie que era la mejor pistolera del oeste se arriesgaba a algo como eso, ellos deberían seguir su ejemplo.

La única opción era esperar al amanecer y partir con la primera luz del alba. La vida en esa parte del país empezaba siempre muy temprano, así que de eso no tenían que preocuparse. Antes de irse tenían que prepararse, llevar comida y agua para todo el camino y así no detenerse hasta el anochecer. Claro, esa era la idea de Annie y de Bert, ambos personajes típicos del oeste y acostumbrados a largas travesías en territorio agreste. Pero en ese momento, Ansel ya sentía el dolor en su pobre trasero por solo pensar en las largas horas de cabalgata que le esperaban. Ojalá hubiera una forma de evadir eso...

Y, de hecho, si la había. Aquello estuvo rondando buen rato en su mente, incluso antes de enterarse de las terribles noticias. Solo que no le pareció correcto desviarse del camino, o distraerse cuando tenían algo importante que resolver en ese momento. Ahora además se había agregado una emergencia bastante delicada, algo de vida o muerte. Él también estaba nervioso, sentía miedo de solo pensar en lo que la pobre Misae debía de estar sufriendo en manos de ese maldito par. Él adoraba a la niña, vivían en la misma casa y se había acostumbrado a pasar el rato con ella. No soportaba la idea de que su vida se encaminara a un trágico final. Eso era lo único que Charice y Steve podían darle.

Lo verdaderamente importante era volver a La Perla y resolver rápido el asunto del secuestro de Misae, nada más. Pero lo otro también era importante, y Ansel lo sabía. Le daba culpa tener que sacar el tema justo en ese momento, pero si no lo hacía, ¿entonces cuándo? No sabía cómo iba a terminar esa situación, y si quizá tendría la oportunidad de volver a Texas pronto. Dios, la verdad es que ni sabía si iban a sobrevivir a todo lo que estaba pasando. Todo aquello podría terminar en su muerte, era peligroso. Y quizá solo por eso debería quedarse y encontrar la última pieza que faltaba para completar el rompecabezas. O al menos lanzar el anzuelo para que esa pieza vaya por sí misma a ponerse en su lugar.

El resto de la noche pasó tranquila. Bert desistió de su idea de salir a La Perla esa misma noche, pero estaba decidido a levantarse y partir muy temprano. Annie no dijo nada, parecía apoyarlo. Hasta la bandida estaba preocupada por Misae al parecer. Él en cambio se mantuvo en silencio, repasando en su mente lo que iba a decirles para que acepten que haga su parte del plan. Y el momento llegó cuando ya se preparaban para salir. Sentía las palabras atoradas en su garganta, tenía miedo hasta decirlas. Y finalmente habló.

—Yo no voy —les dijo. Annie arqueó una ceja y lo miró incrédula, pero fue Bert quién estalló.

—¿De qué mierda vas? Vamos, Ansel. No me hagas perder el tiempo y muévete de una vez, esto no es un juego.

—Ya lo sé, Bert. Descuiden, ustedes adelántense. Yo seré un retraso, me conozco. Sé que una diligencia a La Perla sale mañana, estuve averiguando. Tardaré un poco en llegar, pero tengo dinero y estaré a salvo. Tengo un plan —explicó. Annie seguía sin ganas de intervenir, ella se acomodaba a lo que pasara. En cambio, Bert estaba a punto de romperle la cara.

—No me interesa, deja de decir estupideces. Muévete, mi hija está en peligro y no quiero gastar mi tiempo en discusiones.

—No, Bert, es en serio. Tengo que quedarme para resolver un asunto. Es algo delicado.

—¡Ya deja de decir estupideces! ¿De qué plan me hablas a estas alturas? ¿Es que no entiendes que esto se trata de Misae?

—Bert, lo que tengo que hacer se trata de Santos.— Quizá solo porque nombró a su esposa él se tranquilizó un poco. Segundos antes parecía a punto de darle un golpe—. Quizá esta sea la última oportunidad que tenga de llegar a la identidad de su padre.

—¿Qué? —preguntó él contrariado, su mente estaba concentrada en su hija y por la cara de sorpresa que puso, Ansel podría jurar que en ese momento no recordaba nada sobre el verdadero padre de Santos.

—Ya sabes que estoy investigando para ella. Tengo muchas pistas, hace mucho que quería venir a Texas a encontrar a alguien y resolver el asunto de una vez. Creo que puedo hacerlo, y no tardaré más de un día. Mañana mismo me regreso a La Perla con la diligencia. No serviré de nada ahora, no soy un pistolero como ustedes, solo voy a estorbarles. Deja que resuelva esto, es lo mejor que puedo hacer —dejó de hablar. Sentía la garganta seca, y seguía nervioso. En ese momento Bert podía mandarla al demonio o podía aceptar, todo dependía de su decisión.




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