La señorita Martínez llegó a la oficina de Dirección con el cabello enmarañado, polvo en sus ropas y rasmillones y sangre en sus brazos. La directora, quien en esos momentos conversaba con seriedad con el inspector, se levantó de su asiento sobresaltada. Entonces, jadeando y con la voz entrecortada, la profesora explicó lo que había ocurrido. El inspector llamó inmediatamente a las autoridades y los tres corrieron hacia los baños del colegio.
Cuando llegaron, todo el piso estaba reluciente. Don Moncho apareció caminando, sin heridas en su cuerpo y ambos ojos nuevamente de color negro.
—¿Sucede algo, directora? —les preguntó con voz calmada.
—Los estudiantes de segundo año —inquirió la profesora Martínez, nerviosa—. Quedaron encerrados en el túnel del alcantarillado. Usted estaba malherido.
—¿El túnel del alcantarillado? —preguntó confundido don Moncho—. No hay túneles de alcantarillado en este colegio.
Sin escucharlo, la señorita Martínez corrió hacia el pequeño cuarto que llevaba al subterráneo. Los demás la siguieron con desconcierto. Al abrir la puerta, solo se observó un viejo armario, sin ninguna apertura en su interior.
La directora pensó que la señorita Martínez estaba teniendo un colapso nervioso, producto de tantas horas de trabajo, y la mandó a descansar a la sala de profesores, pero la profesora corrió a la sala de segundo medio. Al llegar, notó los pupitres vacíos, las mochilas tendidas en el suelo, el data todavía proyectando una película de vampiros.