La Pianista Del Diablo

PRÓLOGO

La música resonaba trágica y espeluznante por cada rincón de la habitación en ruinas. Traspasaba las podridas y humedecidas paredes de madera, las grietas que había en ellas, y provocaba el baile de las linternas.  


- Te lo suplico. 


La voz del misterioso hombre temblaba del miedo a ser dejado atrás, abandonado por aquella quién nunca lo aceptó veces anteriores. Ella, tan arrogante, altanera y hermosa.  


- Vete – ordenó. 


- Por favor. Seré tu sirviente, tu esclavo – eso logró llamar la atención de la bella figura femenina que no miraba a los ojos del insípido hombre arrodillado a sus faldas. 


- ¿Sirviente? 


Su aclaración logró un brillo en los ojos de aquel que descansaba sus rodillas sobre el sucio piso.  


- Así es, su sirviente. Haré todo lo que desee, todo lo que me pida. Cumpliré desde las peticiones más mundanas hasta las más oscuras que su delicioso corazón pueda crear… – la desesperación en su voz era tal que no pasó desapercibido por la hermosa chica. – Lo haré todo, todo por usted. Será mi ama y señora. Solo… déjeme estar a su lado. 


Por primera vez desde que tuvo el infortunio de conocer al hombre de negra vestimenta, clavó sus ojos grises en los de él. Su mirada no era fría, pero sí penetrante, capaces de adormecer los sentidos de cualquier humano que no cayera antes por su belleza. Era ella, la joven talentosa que aún no lograba llegar a la cima, pero que tenía por seguro, que lo lograría por sí sola. 


- ¿No tienes orgullo? ¿Dónde quedó el hombre que se presentó ante mí cuando niña, ese hombre de intensa y temible presencia, ese hombre que me ofreció cielo, mar, tierra, y la cima en el mundo de la música? Dime ¿Por qué has dejado de lado tu orgullo?  


- Mi ama… 


- No te he dado el permiso para ser mi sirviente – interrumpió la joven de hermosos ojos y tez tan pura y sana como una deidad.  


- Lo siento, hermosa dama – respondió dudoso y culpable sin saber si aquel seudónimo sería del agrado de la joven. Ella solo sonrió burlesca, manteniendo su posición imponente. – No hay nada que mi existencia desee más que cumplir sus caprichos y necesidades, de ser su siervo hasta su muerte. Todo mi yo pertenece a usted, joven dueña de tan divina belleza y talento innato.  


- Demasiados halagos adornados de una alta gama de vocablo para alguien que se muestra en tal deficientemente estado. ¿Por qué no me dices de una vez por todas… quién eres? 


Con solo la música alrededor de ambas presencias, el que deseaba ser lacayo fiel a la joven dama levantó su mirada mostrando una seguridad que había ocultado mientras suplicaba. Ahí de rodillas, y ella de pie, ambos sonreían a bocas cerradas, guardando una confidencialidad que nadie había logrado nunca en todos estos años de humanidad.  


- Creo, joven dama, que ya sabe la respuesta. 


- Solo quería confirmarla.  


El hombre se puso de pie alcanzando una altura mucho mayor a la de la joven, pero que, a pesar de aquella diferencia insuperable, los papeles parecían no haber cambiado. Ella lograba un aura más perturbadora que la de él. Ella era magnifica y terrible.  
- A partir de hoy, recibirás el nombre de Asura. – El hombre hincó su rodilla ante ella con una sonrisa plasmada en su pálido y definido rostro. – Eres mi sirviente.  


- Soy su sirviente – respondió al instante guardando juramento – Seré su fiel servidor, y estaré siempre a su lado, jamás la dejaré sola, hasta que la muerte venga por usted en persona – Esta vez la miraba fijamente con ojos que reflejaban su hambre. – En ese momento deberá ignorarla y seguirme. Pertenecerme.  


La joven abandonó la sonrisa y la reemplazó por una fría miraba y rectos labios, dirigiendo toda la repugnancia que sentía ante el ser inmortal a sus pies.  


Al ver aquella reacción, la satisfacción florecía sin parar dentro del cuerpo del hombre que a penas podía contener la excitación que le provocaba aquella pequeña y delicada figura con un corazón y alma más negra y oscura que un simple humano jamás podría soportar. Y, sin embargo, ahí estaba ella, de pie frente a él, mostrando en todo su esplendor aquella alma que todo demonio suplicaba e imploraba por siquiera probar.  


- En ese momento, te perteneceré. 



Nina

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En el texto hay: escenas explicitas de violencia.

Editado: 05.12.2020

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