Escena: La Valeta, Malta. Seis meses después.
El sol del Mediterráneo era un contraste cálido con el aire helado del Himalaya. Seis meses después de asegurar la Piedra de Shambala, Ethan y Zara estaban instalados en su nueva vida. Su apartamento en La Valeta tenía un balcón con vistas al mar, un lugar tranquilo, lejos de las conspiraciones globales.
Ethan estaba en su oficina de la universidad, preparando una clase sobre la influencia arquitectónica fenicia. Llevaba su alianza de boda, y junto a su monitor, descansaba la piedra tallada del Dragón Dorado que Tenzing le había regalado. Era su recordatorio silencioso de que, aunque la paz era hermosa, la vigilancia nunca cesaba.
Zara, disfrutando de su retiro temporal del trabajo de campo para centrarse en un consultoría de seguridad civil, entró con dos tazas de café turco.
—El decano está encantado contigo, Profesor Hayes. Dice que tu conocimiento sobre las tensiones estructurales de los templos antiguos es "asombroso". No sabe que lo aprendiste para evitar caer en grietas tectónicas —dijo Zara con una sonrisa traviesa.
—El conocimiento es poder, mi amor. Y he decidido que quiero usar ese poder para vivir una vida ordinaria, pero extraordinariamente feliz, contigo.
Zara se sentó en el borde del escritorio. Había una serenidad nueva en ella.
—Me gusta la vida ordinaria que construimos. Sin drones, sin sedantes de altura, sin psicópatas que buscan la inmortalidad.
—Por ahora —dijo Ethan, dándole un beso en la frente.
Ethan deslizó una mano en el bolsillo de su chaqueta de campo, que estaba colgada en la silla. Sacó una pequeña brújula de latón antigua que había comprado en un mercado local.
—¿Qué es esto? —preguntó Zara.
—Es una brújula. No para encontrar un tesoro, sino para recordarnos la dirección de nuestro hogar. No importa qué reliquia nos llame, ni qué pico tengamos que escalar. Nuestra brújula siempre apuntará la una hacia el otro.
Zara tomó la brújula y la abrió. En el interior, en lugar de una aguja magnética, había un pequeño grabado de dos figuras: una "E" y una "Z" entrelazadas.
—Te amo, Ethan Hayes. Eres el único tesoro que necesito.
Se abrazaron, el ruido del tráfico lejano y el sonido de las olas reemplazando el eco de las avalanchas. La vida de los guardianes del mundo continuaba, ahora anclada en la promesa del Mediterráneo.
FIN DEL VOLUMEN 3
Editado: 14.12.2025