Alessandro
Después de aquella conversación salimos al jardín. El cielo está cubierto y empieza a caer una lluvia muy fina, casi imperceptible. Vera levanta la cara y deja que algunas gotas le caigan sobre la piel. Sonríe.
—Parece que Tokio tampoco quiere que nos vayamos.
—Quizá está intentando que te quedes.
—No empieces.
—Yo no he dicho nada.
—Pero lo has pensado.
Me río.
Caminamos hasta la salida y la lluvia aumenta. Me quito la chaqueta y se la ofrezco.
—No.
—Vera.
—No voy a dejarte sin chaqueta.
—No tengo frío.
Me mira.
—Mentiroso.
—Un poco.
Finalmente acepta. Se coloca la chaqueta sobre los hombros y empezamos a caminar bajo la lluvia. No tenemos demasiada prisa. Las calles están más tranquilas y las luces de los edificios comienzan a reflejarse sobre el asfalto mojado. Durante unos minutos ninguno de los dos dice nada. No resulta incómodo. Después de todo lo que hemos hablado, quizá necesitamos simplemente caminar.
Estamos cerca de una pequeña calle cuando escuchamos un ruido detrás de nosotros. Un coche frena bruscamente y una bicicleta cae al suelo. Vera se gira instintivamente y da un paso atrás. La sujeto por el brazo para evitar que choque con una persona que pasa junto a nosotros.
Durante unos segundos permanecemos demasiado cerca. Mi mano sigue en su brazo y ella levanta la mirada. Yo hago lo mismo. No sé cuánto tiempo pasa, quizá solo un segundo, quizá algo más. La lluvia continúa alrededor de nosotros, pero ninguno parece prestarle atención. Intento incorporarme a la vez que le pregunto:
—¿Estás bien?
—Sí.
No aparta la mirada.
—Entonces...
No termino la frase. Ella tampoco.
Finalmente sonríe y baja la mirada.
—Creo que deberíamos seguir.
—Sí.
Retiro la mano lentamente y continuamos caminando. Sin embargo, algo ha cambiado entre nosotros. Lo noto en la forma en que evitamos mirarnos durante los siguientes minutos, como si ambos necesitáramos un poco de tiempo para entender lo que acaba de ocurrir. Vera sigue llevando mi chaqueta sobre los hombros y, aunque podría pedírsela, no lo hago. Tampoco parece tener prisa por devolvérmela.
La lluvia continúa durante un rato, pero poco a poco empieza a perder fuerza. Las gotas dejan de caer con intensidad y se convierten en pequeñas salpicaduras que desaparecen sobre el asfalto. Seguimos caminando sin un destino concreto hasta que llegamos a un pequeño parque escondido entre los edificios. El suelo está mojado y las últimas gotas caen desde las ramas de los árboles. Tokio empieza a iluminarse alrededor de nosotros y las luces se reflejan sobre los caminos húmedos.
Vera se detiene junto a la barandilla y contempla el estanque durante unos segundos. Parece más tranquila. Yo me quedo a su lado sin decir nada. Hay algo en ese momento que me resulta extrañamente íntimo. No necesitamos hablar. Solo estamos allí, viendo cómo la ciudad cambia mientras termina de llover.
Entonces su teléfono vibra.
Vera mira la pantalla.
Su expresión cambia inmediatamente.
No dice nada.
Solo observa el nombre que aparece en ella.
—¿Todo bien?
Levanta la mirada hacia mí.
—Mi médico.
No pregunto nada más.
Veo cómo aprieta el teléfono entre sus dedos.
—No quiero contestar.
—Entonces no lo hagas.
—¿Y si es importante?
La miro.
—Entonces seguirá siendo importante dentro de cinco minutos.
Baja la mirada hacia la pantalla. La llamada termina, pero casi inmediatamente recibe un mensaje. Lo abre y su expresión vuelve a cambiar.
—¿Qué dice?
Duda antes de responder.
—Quiere hablar conmigo sobre unos resultados.
No sé qué decir.
—¿Estás preocupada?
Vera mira hacia el estanque.
—Mucho.
Me quedo a su lado sin intentar buscar una solución. No quiero decirle que todo estará bien porque no sé si será así. Tampoco quiero hacerle preguntas que todavía no está preparada para responder. Después de unos segundos, habla.
—No quiero que mi vida vuelva a convertirse en esto.
—¿En qué?
—En hospitales. En médicos. En tratamientos. En esperar llamadas para saber si mi cuerpo está empeorando otra vez.
La miro. Hay algo en su voz que me hace comprender que no está hablando solamente de una llamada. Está hablando de años.