La piel que habito

Lo que no quiero saber

Vera

—Hola, soy Vera.

Escucho la voz de mi médico al otro lado de la línea y, durante unos segundos, no consigo decir nada más. Alessandro permanece a unos pasos de mí, lo suficientemente cerca para que sepa que sigue ahí, pero sin intentar escuchar la conversación. Se ha apartado por respeto y eso, por alguna razón, consigue tranquilizarme un poco.

—He recibido tus resultados —dice el médico—. Quería hablar contigo antes de que siguieras con el viaje.

—¿Ha pasado algo?

Hay un pequeño silencio.

—No quiero que te preocupes antes de tiempo. Los resultados no indican una situación que requiera que regreses inmediatamente, pero hay algunos valores que necesitamos controlar.

Cierro los ojos y suspiro.

—La actividad inflamatoria, —continúa— sigue siendo importante y quiero que hagamos un seguimiento más estrecho durante las próximas semanas. Además, hay algunos resultados que prefiero revisar contigo cuando regreses.

Aprieto el teléfono contra mi oído.

—¿Es algo grave?

—No puedo decirte eso sin verte y valorar todos los resultados en conjunto. Lo que sí puedo decirte es que no tienes que entrar en pánico. Ahora mismo lo más importante es que descanses, sigas el tratamiento y estés pendiente de cualquier empeoramiento.

Asiento aunque él no puede verme.

—De acuerdo.

—Y, Vera...

—¿Sí?

—No ignores las señales de tu cuerpo solo porque estés de viaje.

La frase me duele más de lo que debería.

—Lo intentaré.

—No. Hazlo.

Una pequeña sonrisa aparece en mis labios.

—Está bien.

Nos despedimos y cuelgo.

Me quedo mirando la pantalla durante unos segundos. No hay una mala noticia. Tampoco hay una buena. Solo hay otra cosa que controlar, otra cita que esperar, otra parte de mi vida que depende de resultados que todavía no entiendo.

Guardo el teléfono en el bolso y vuelvo hacia Alessandro.

—¿Todo bien? —pregunta.

La pregunta es sencilla, pero esta vez no quiero mentir.

—No lo sé.

Él asiente lentamente.

—Eso también es una respuesta.

Me sorprende.

—No tengo que volver a casa —añado—. Al menos por ahora.

—Entonces puedes quedarte.

—Sí.

Miro el estanque.

—Pero hay más pruebas cuando vuelva.

—¿Te preocupa?

Suelto una pequeña risa.

—Me preocupa todo.

Alessandro sonríe ligeramente.

—Eso ya lo había notado.

Lo miro.

—¿Soy tan evidente?

—Un poco.

—Qué vergüenza.

—No es algo malo.

—Para mí sí.

—¿Por qué?

Tardo unos segundos en responder.

—Porque necesito tenerlo todo controlado.

Él se queda en silencio.

—Y cuando no puedo hacerlo... —continúo— siento que todo puede escaparse de mis manos.

Miro mis dedos.

—Mi cuerpo es lo único que nunca he conseguido controlar.

No sé por qué se lo digo. Quizá porque su pregunta no tiene curiosidad, tiene cuidado. Alessandro baja la mirada hacia el estanque antes de responder.

—Creo que hay cosas que no podemos controlar.

—Eso no me ayuda.

Se ríe suavemente.

—No pretendía ayudarte.

—¿Entonces?

—Solo quería que supieras que no tienes que hacerlo todo sola.

Lo miro.

Hay algo en su expresión que me impide apartar la mirada.

—No estoy acostumbrada a eso.

—¿A qué?

—A dejar que alguien se quede.

Sus ojos permanecen sobre los míos.

—Quizá puedas acostumbrarte.

El silencio que sigue es diferente a los anteriores. Ya no es incómodo. Tampoco es tranquilo. Hay algo más entre nosotros, algo que todavía no sabemos nombrar.

Bajo la mirada.

—Gracias por quedarte.

—No tienes que agradecérmelo.

—Sí tengo.

—No.

Sonríe.

—Además, todavía tienes mi chaqueta.




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