La piel que habito

El número

Alessandro

La veo entrar en el hotel y, durante unos segundos, me quedo donde estoy. Podría marcharme. Debería hacerlo. Ya la he acompañado hasta aquí, me he asegurado de que esté bien y no hay ninguna razón para prolongar la despedida. Sin embargo, mientras la observo caminar hacia el ascensor, siento que si la dejo ir sin hacer algo voy a arrepentirme después.

—Vera.

Se gira.

—¿Sí?

Me acerco unos pasos. Ahora que la tengo delante, la seguridad que suelo tener desaparece un poco.

—Antes de que subas...

—¿Qué pasa?

Dudo.

Ella me observa con una pequeña sonrisa, como si ya supiera lo que estoy pensando.

—¿Puedo pedirte tu número?

Durante unos segundos no responde. Después sonríe.

—Pensaba que nunca ibas a hacerlo.

No puedo evitar reírme.

—¿Eso significa que sí?

—Significa que llevas varios encuentros de retraso.

Saco el teléfono.

—Entonces todavía estoy a tiempo.

Me dicta el número y lo guardo. Cuando termino, la miro.

—¿Así de fácil?

—¿Esperabas un interrogatorio?

—No. Pero quizá una pequeña prueba.

—¿Una prueba?

—Para comprobar si merezco tenerlo.

Se ríe.

—Llegas tarde para eso.

—¿Y eso es bueno o malo?

—Todavía no lo he decidido.

Me gusta esa respuesta más de lo que debería.

Antes de que pueda contestar, mi teléfono vibra. Acaba de llegarle un mensaje mío.

Ella mira la pantalla y levanta una ceja.

—¿Ya?

—Quería comprobar que funciona.

—Claro.

—Buenas noches, Vera.

—Buenas noches, Alessandro.

La veo entrar en el ascensor. Las puertas empiezan a cerrarse y, justo antes de que desaparezca, me mira una última vez y sonríe. Las puertas terminan de cerrarse y me quedo unos segundos mirando hacia ellas antes de bajar la vista al teléfono. Su nombre aparece en la pantalla.

Vera.

Por alguna razón, verlo ahí me produce una satisfacción absurda. Camino hacia la salida sin poder evitar una pequeña sonrisa. No entiendo muy bien qué está pasando conmigo. Hace apenas unos días no sabía quién era y ahora sé que me gusta escucharlo reír, que me gusta cómo me mira cuando intenta descubrir si estoy bromeando y que tengo ganas de volver a verla. Y eso último es precisamente lo que más me preocupa, porque ya no parece una coincidencia. Parece una elección.

Subo a mi habitación con una sonrisa que intento esconder incluso de mí misma. Dejo el bolso sobre una silla y me quedo unos segundos de pie en medio de la habitación.

He vuelto a verlo, otra vez, y esta vez tengo su número. Me río sola al pensarlo, porque no sé en qué momento algo que empezó como una coincidencia entre un museo y un hospital ha terminado convirtiéndose en esto.

—Esto es ridículo.

Me cambio de ropa, me recojo el pelo y me siento en la cama. El teléfono está sobre la mesita y lo miro, intentando convencerme de que no estoy esperando nada. No pasa nada. Lo vuelvo a mirar unos segundos después. Sigue sin pasar nada.

—Vera, compórtate.

Justo entonces vibra.

Alessandro: ¿Has llegado a la habitación?

Sonrío.

Vera: Sí.

Espero.

Alessandro: Bien.

Frunzo el ceño.

¿Eso es todo?

Escribo.

Vera: ¿Bien?

La respuesta llega enseguida.

Alessandro: Quería comprobar que habías llegado bien.

Vera: Qué considerado.

Alessandro: Puedo serlo.

Vera: No estoy segura.

Esta vez tarda un poco más.

Alessandro: Entonces tendrás que seguir conociéndome para descubrirlo.

Me quedo mirando la pantalla. No sé qué responder y lo peor es que sonrío. Apago el teléfono y me tumbo, intentando convencerme de que no debería darle tanta importancia.

Cinco minutos después vuelvo a encenderlo, pero no hay ningún mensaje. Lo dejo otra vez sobre la mesita y me río de mí misma. No debería importarme. Acabo de conocerlo, no sé prácticamente nada de él y, aun así, la idea de que mañana pueda escribirme me hace sentir algo parecido a ilusión. Hacía mucho que no sentía algo así.




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