La piel que habito

Cinco minutos

Vera

Pensé que el viaje a Tokio terminaría como estaba previsto. Pero recibí una llamada que cambió mis planes. Necesitaban que me quedara unas semanas más para terminar una parte del proyecto. No era lo que había planeado, pero tampoco podía negarme. Así que hice una llamada para cancelar el vuelo y me preparé para alargar mi estancia.

Quizá lo más inesperado de quedarme en Tokio no era el trabajo. Era que Alessandro seguía allí y después de todo lo que había ocurrido entre nosotros, ninguno parecía tener demasiadas ganas de dejar de hablar.

Los mensajes empiezan poco a poco. Primero son simples preguntas. Si he desayunado. Cómo me encuentro. Si he dormido bien. Después aparecen las bromas.

Alessandro descubre rápidamente que tengo la costumbre de leer antes de dormir y empieza a burlarse de que probablemente podría pasarme una semana entera encerrada en una librería sin darme cuenta de que ha anochecido.

Yo descubro que él trabaja demasiado, que bebe el café demasiado rápido y que tiene una relación casi absurda con sus horarios.

Una tarde me manda una fotografía de unos planos.

Alessandro: ¿Esto cuenta como prueba de que estoy trabajando?

Vera: No. Podrías haberlos fotografiado para presumir.

Alessandro: ¿Crees que presumo?

Vera: Un poco.

Alessandro: Y aun así sigues hablando conmigo.

Vera: Eso todavía está en evaluación.

Me gusta que podamos hablar así, sin pensar demasiado ni tener que medir cada palabra. Con él las conversaciones parecen surgir solas, pasan de una cosa a otra sin que ninguno de los dos se esfuerce por mantenerlas y, cuando quiero darme cuenta, ha pasado más tiempo del que imaginaba. Una noche, cuando estoy acostada, con el libro sobre la mesita y las luces apagadas, recibo otro mensaje.

Alessandro: ¿Sigues despierta?

Miro la hora.

Casi la una.

Vera: Sí.

Alessandro: Tengo cinco minutos.

Me río.

Vera: Qué generoso.

Alessandro: Cinco minutos pueden ser suficientes.

Vera: ¿Para qué?

Alessandro: Para saber cómo ha ido tu día.

Le cuento algunas cosas. Él me cuenta otras. Al principio hablamos de cosas pequeñas, pero la conversación empieza a alargarse sin que ninguno lo proponga. Me cuenta que lleva casi dos años trabajando en un proyecto que le importa demasiado. Yo le digo que quizá ese es el problema.

—¿Cuál? —pregunta por mensaje.

Vera: Que te importa demasiado.

Tarda en responder.

Alessandro: Probablemente.

Vera: ¿Y sabes descansar?

Alessandro: Estoy hablando contigo a la una de la mañana.

Sonrío.

Vera: Eso no responde a mi pregunta.

Alessandro: No.

Me río.

Seguimos hablando hasta casi las dos.

Cuando finalmente dejo el teléfono, me doy cuenta de que estoy sonriendo.

Y eso me resulta extraño.

Porque no recuerdo la última vez que alguien consiguió hacerme olvidar la hora de esa manera.

Alessandro

Al día siguiente estoy en una reunión cuando el teléfono vibra sobre la mesa.

Intento ignorarlo. Lo consigo durante unos veinte segundos antes de que la curiosidad pueda más que yo. Miro la pantalla y descubro su nombre.

Vera: Buenos días, arquitecto.

Sonrío sin querer.

Uno de mis compañeros me mira.

—¿Algo interesante?

Guardo el teléfono.

—No.

—Tienes cara de que sí.

—Estoy de buen humor.

—Eso es peor.

Me río.

Cuando termina la reunión, reviso el teléfono.

Alessandro: Buenos días, mujer de los libros.

La respuesta llega poco después.

Vera: ¿Eso es todo lo que sabes de mí?

Me quedo pensando.

Alessandro: No.

Vera: ¿Qué más sabes?




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