La piel que habito

No estaba planeado

Vera

Llevo toda la mañana intentando concentrarme cuando recibo un mensaje.

Alessandro: ¿Qué haces?

Vera: Intentando terminar unas cosas.

Alessandro: ¿Estás ocupada esta tarde?

Frunzo el ceño.

Vera: ¿Por qué?

No responde.

Unos minutos después aparece otro mensaje.

Alessandro: Baja.

Me incorporo.

Vera: ¿Qué?

Alessandro: Estoy abajo.

Me quedo mirando la pantalla.

—No puede ser.

Bajo al vestíbulo y lo encuentro junto a la entrada, con una mano en el bolsillo y esa expresión tranquila que empieza a resultarme demasiado familiar.

—¿Qué haces aquí?

—Tenía trabajo en Tokio.

—Pensaba que estabas en Kioto.

—Lo estaba.

—¿Y has vuelto antes?

—Sí.

Lo miro.

—¿Y casualmente has decidido venir a verme?

Sonríe.

—Exactamente.

—No te creo.

—Me alegro.

Salimos juntos.

No tenemos un plan y, por una vez, ninguno parece necesitarlo. Caminamos sin rumbo concreto hasta llegar a una zona llena de pequeñas tiendas. Entramos en una tienda de discos porque escucho música desde la puerta.

Alessandro observa cómo reviso los álbumes.

—Tienes cara de estar buscando algo concreto.

—Estoy buscando algo que no sé qué es.

—Eso tiene sentido.

—No para ti.

—No.

Sonrío.

—¿Qué escuchas cuando estás solo?

—Depende.

—Respuesta aburrida.

—¿Y tú?

—Depende.

Me mira.

—Eso es exactamente lo que acabo de decir.

—Ahora sabes cómo se siente.

Seguimos caminando.

Más tarde terminamos sentados en un parque, compartiendo algo de comer. La conversación pasa de la música a los viajes y de los viajes a las cosas que nunca hacemos porque siempre estamos esperando el momento adecuado.

—¿Y tú? —pregunta.

—¿Yo qué?

—¿Qué haces cuando no tienes que hacer nada?

Pienso.

—No sé.

—¿Nunca?

—Últimamente estoy aprendiendo.

Me mira con atención.

—¿A hacer nada?

—A no sentir que tengo que estar haciendo algo.

No dice nada, y agradezco que no lo haga. Después de un rato seguimos caminando en silencio, sin necesidad de llenar cada pausa con palabras. En una calle iluminada por cientos de luces, Alessandro se detiene frente a un pequeño puesto de comida y me mira con una sonrisa.

—¿Has probado esto?

—No.

—Entonces tienes que hacerlo.

—¿Es una orden? —digo levantando una ceja.

—Una recomendación.

—Eso suena mejor.

Nos reímos y, cuando cae la tarde, me doy cuenta de que llevo horas con él sin pensar en el hospital, en los médicos ni en los resultados. Por unas horas he conseguido apartar todo eso de mi cabeza y simplemente vivir el día, disfrutar de su compañía y dejarme llevar por una sensación de normalidad que hacía mucho que no sentía. Antes de despedirnos, Alessandro me mira.

—¿Te arrepientes de haber bajado?

—Un poco.

—Mentira.

—Mucho.

Se ríe.

—Eso está mejor.

Lo miro.

—¿Siempre eres así?

—¿Así cómo?

—Tan seguro de ti mismo.

Su expresión cambia ligeramente.

—No siempre.

—¿Cuándo no?

Me mira durante unos segundos.

—Cuando estoy contigo.

No sé qué responder. Así que sonrío, intentando disimular todo lo que esa frase acaba de provocar dentro de mí, y seguimos caminando juntos, sin decir nada más, pero con una cercanía que ya no necesita palabras.




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