La piel que habito

Una noche más

Alessandro

No quiero que el día termine. Lo sé desde que empezamos a caminar de regreso. Podría despedirme, debería hacerlo, pero cuando llegamos cerca de su hotel ninguno de los dos parece tener demasiada prisa por hacerlo. Caminamos unos pasos más, alargando el momento sin decirlo, como si ambos estuviéramos buscando una razón para que la noche todavía no terminara.

—¿Has cenado? —pregunto.

—No.

—Entonces ven conmigo.

Me mira.

—¿Eso es una invitación?

—Sí.

—Pensaba que los arquitectos eran más sutiles.

—No cuando tienen hambre.

Se ríe.

Terminamos en un restaurante pequeño, lejos de los lugares turísticos. La cena es sencilla y la conversación mucho más fácil de lo que esperaba. Hablamos de nuestras manías, de las cosas que nos molestan y de lo que hacemos cuando estamos nerviosos.

En algún momento, Vera me pregunta:

—¿Por qué estás siempre tan pendiente de todo?

Sonrío.

—¿Eso es una pregunta o una acusación?

—Un poco de ambas.

Pienso antes de responder.

—Supongo que estoy acostumbrado a hacerme responsable de muchas cosas.

—¿De tu padre también?

La miro.

—Sí.

Ella baja la mirada.

—Yo también hago eso.

—¿Qué?

—Intentar que todo esté bien, aunque no pueda conseguirlo.

La observo.

Hay algo en la forma en que lo dice que me hace pensar que habla de mucho más que de organizar un viaje o tener una agenda llena.

—¿Y quién cuida de ti cuando tú no puedes?

La pregunta sale antes de que pueda detenerla.

Vera se queda en silencio.

—No lo sé.

No intento insistir. Terminamos la cena y salimos a caminar sin prisa. La noche está tranquila y Tokio parece diferente cuando no tienes que ir a ninguna parte, cuando por una vez no hay horarios que cumplir ni lugares a los que llegar. Seguimos caminando hasta llegar a un puente, donde nos detenemos unos minutos para contemplar las luces de la ciudad reflejadas a lo lejos.

—¿Sabes qué me gusta de ti? —pregunta ella.

La miro.

—No.

—Que no preguntas demasiado.

Sonrío.

—Eso puede ser bueno o malo.

—De momento, bueno.

Me giro hacia ella.

—¿Y sabes qué me gusta de ti?

—Tampoco.

—Que siempre dices exactamente lo que estás pensando.

Se ríe.

—Eso no es verdad.

—¿No?

—No.

—Entonces quizá todavía tengo mucho que descubrir.

Nos miramos y el silencio que queda entre nosotros ya no resulta incómodo. Es diferente, más cercano, como si en ese instante ninguno de los dos necesitara decir nada para entender que algo entre nosotros ha cambiado.




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