La piel que habito

Después del beso

Alessandro

Al día siguiente despierto antes de que suene la alarma. Lo primero que hago es mirar el teléfono, pero no hay ningún mensaje. Sonrío al pensar en lo absurdo que resulta. Hace unas semanas habría considerado ridículo empezar el día esperando un mensaje de alguien a quien apenas conozco. Ahora lo hago. Dejo el teléfono sobre la mesita y trato de convencerme de que no estoy esperando nada, pero unos minutos después la pantalla vuelve a iluminarse.

Finalmente aparece su nombre.

Vera: Buenos días.

Respondo.

Alessandro: Buenos días.

Vera: ¿Eso es todo?

Alessandro: ¿Qué esperabas?

Vera: No sé. Algo más interesante.

Sonrío.

Alessandro: Buenos días, mujer que ayer me dejó sin palabras.

Tarda unos segundos.

Vera: Mucho mejor.

A partir de ahí, nuestros mensajes cambian. Ya no necesitamos buscar excusas para hablar; simplemente lo hacemos, como si continuar la conversación del día anterior fuera lo más natural del mundo. Durante el día me manda una fotografía de un libro que acaba de comprar. Yo le envío una fotografía de los planos que estoy revisando y ella responde que no entiende absolutamente nada.

—Eso es porque no tienes sensibilidad arquitectónica —le digo en una llamada.

—No sabía que eso existía.

—Existe.

—Te lo acabas de inventar.

—Puede ser.

Se ríe.

Las llamadas también empiezan a formar parte de nuestra rutina. Una noche hablamos mientras cada uno hace cosas distintas: ella lee y yo reviso unos documentos. No necesitamos mantener una conversación constante ni llenar cada silencio; a veces simplemente permanecemos conectados, cada uno concentrado en lo suyo, compartiendo la tranquilidad de saber que el otro está al otro lado.

—¿Sigues ahí? —pregunto.

—Sí.

—¿Qué haces?

—Leyendo.

—Entonces no entiendo por qué sigo aquí.

—Porque te gusta mi compañía.

Sonrío.

—Eso también puede ser.

Hay un silencio.

—Alessandro.

—¿Sí?

—¿Te arrepientes?

—¿De qué?

—De haberme besado.

Me quedo callado unos segundos.

—No.

—Bien.

—¿Y tú?

—Tampoco.

No hace falta decir nada más. Cuando terminamos la llamada, me quedo unos segundos mirando el teléfono, con una sonrisa que no consigo disimular. Por primera vez, ya no pienso que todo esto sea una coincidencia ni que lo que está pasando entre nosotros sea algo pasajero. Estoy empezando a enamorarme de ella. Y, aunque la idea debería asustarme, lo único que sé es que todavía no tengo ni idea de qué hacer con lo que siento.

Vera

No sé cuándo empezó a convertirse en una costumbre esperar sus mensajes, buscar su nombre en la pantalla y sonreír cada vez que aparece. Lo que más me sorprende es que no siento que tenga que fingir con él.

Puedo estar cansada, puedo estar seria, puedo decir que algo me molesta o simplemente reírme de mí misma, y él sigue ahí. No tengo que pensar demasiado en lo que digo ni preocuparme por la imagen que estoy dando. Con Alessandro puedo ser simplemente yo, y quizá eso sea lo que más me está sorprendiendo de todo esto. Una noche, mientras hablamos, me pregunta:

—¿Qué libro estás leyendo?

Se lo digo.

—No me gusta.

Me río.

—Ni siquiera lo has leído.

—No hace falta.

—Eres insoportable.

—Y tú sigues hablando conmigo.

—Eso empieza a ser un problema.

—¿Un problema?

—Sí.

—¿Por qué?

Miro la pantalla.

—Porque cada vez me gusta más.

No responde inmediatamente.

Durante unos segundos me arrepiento de haberlo dicho.

Entonces aparece su mensaje.

Alessandro: A mí también.

Me quedo quieta.

Y sonrío.




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