Vera
Los días siguientes pasan demasiado rápido. Estoy feliz y, quizá por eso, el correo me golpea con tanta fuerza. Estoy sentada en mi habitación cuando recibo el mensaje del médico. Lo abro pensando que será una actualización más, pero no lo es. Leo las primeras líneas y sigo leyendo hasta el final. Los resultados necesitan seguimiento, hay pruebas que deberían repetirse y hay decisiones que tendré que tomar cuando vuelva.
Dejo el teléfono sobre la cama. No quiero pensar. No hoy.
Durante unos minutos camino de un lado a otro de la habitación antes de volver a sentarme. Mi cuerpo está mejor y, por primera vez en mucho tiempo, estoy disfrutando de algo sin pensar constantemente en mi enfermedad. Y ahora esto.
El teléfono vuelve a vibrar.
Alessandro: ¿Desayunamos juntos?
Miro el mensaje durante unos segundos. Normalmente habría respondido inmediatamente, pero esta vez no sé qué decir. Dejo el teléfono boca abajo y trato de concentrarme en cualquier otra cosa.
Cinco minutos después vuelve a vibrar.
Alessandro: ¿Todo bien?
Cierro los ojos. No quiero que esto entre también en lo que está empezando con él. No quiero que me mire de otra manera, ni que vuelva a verme como me han visto tantos médicos: como un cuerpo que necesita tratamiento, síntomas que controlar y resultados que interpretar. Quiero que me vea como Vera, no como alguien definida por su enfermedad.
Así que respondo:
Vera: Sí. Solo estoy cansada.
La respuesta llega enseguida.
Alessandro: Te creo.
Pero sé que no me cree. Durante el resto del día intento comportarme con normalidad. Salgo, leo, camino y hasta me río cuando me manda una fotografía ridícula desde el estudio. Intento convencerme de que puedo seguir con mi día como si nada hubiera ocurrido, pero algo dentro de mí ha cambiado y, por mucho que trate de ocultarlo, él lo nota.
Esa noche hablamos por teléfono.
—Estás diferente —dice.
—Estoy cansada.
—Vera.
—¿Qué?
—No tienes que contarme nada que no quieras contarme.
Me quedo en silencio.
—Gracias.
—Pero tampoco tienes que mentirme.
La frase me duele.
—No te estoy mintiendo.
—Entonces dime que no quieres hablar y lo aceptaré.
No respondo.
—Buenas noches, Vera.
—Buenas noches.
Cuando cuelga, me quedo mirando el teléfono. Y por primera vez tengo miedo de que mi enfermedad pueda llevarse algo que apenas estoy empezando a querer.