Alessandro
Sé que algo pasa. No porque Vera me lo diga, sino precisamente porque no me lo dice. Sus mensajes son más cortos, sus bromas desaparecen y, cuando hablamos por teléfono, parece estar pensando en otra cosa.
Intento no presionarla, darle su espacio y esperar a que sea ella quien decida cuándo quiere hablar. Pero cuando finalmente nos vemos, ya no puedo seguir fingiendo que no lo noto. Caminamos durante unos minutos en silencio hasta que finalmente reúno el valor para preguntarle:
—¿Qué ocurre?
—Nada.
—Vera.
—Estoy cansada.
—Eso ya me lo dijiste.
—Porque es verdad.
Me detengo.
Ella da unos pasos más antes de darse cuenta de que ya no camino a su lado.
Se gira.
—¿Qué?
—No te estoy preguntando por curiosidad.
—No quiero hablar de ello.
—Está bien.
Doy un paso atrás.
—Pero no me digas que no pasa nada cuando claramente pasa algo.
Me mira y, durante unos segundos, parece enfadada, como si estuviera intentando contener todo lo que lleva acumulado. Pero la expresión de su rostro cambia poco a poco y, antes de que pueda decir nada más, sus ojos se llenan de lágrimas.
—No quiero que esto cambie lo que hay entre nosotros.
La frase me deja sin palabras.
—¿Qué significa eso?
Respira profundamente.
—Mis resultados.
Siento un nudo en el estómago.
—¿Ha empeorado?
—No lo sé.
—¿Qué te han dicho?
—Que necesitan hacer más pruebas.
Asiento lentamente.
—Y estabas pensando en ocultármelo.
—No quería que me miraras diferente.
Me acerco.
—Vera, mírame.
Lo hace.
—No sé qué va a pasar. No sé qué significan esos resultados. Pero no voy a mirarte diferente por estar asustada.
Una lágrima cae por su mejilla y yo la limpio con el pulgar.
—No tienes que enfrentarte a esto sola.
—No quiero que tengas que cargar con ello.
—No estoy cargando con nada.
—Todavía.
La miro.
—No decidas por mí lo que puedo soportar.
Se queda en silencio.
Después se acerca y apoya la frente contra mi pecho. La abrazo y la sostengo entre mis brazos sin intentar arreglarlo, porque sé que no puedo hacerlo. No necesito encontrar las palabras correctas ni darle respuestas que todavía no existen. Solo me quedo allí, junto a ella, dejando que por un momento no tenga que ser fuerte. Después de unos minutos, susurra:
—Tengo miedo.
—Lo sé.
—Mucho.
—Lo sé.
Y esa noche entiendo algo. No necesito tener una solución para estar a su lado.