La piel que habito

Quédate

Vera

Me quedo entre sus brazos durante varios minutos. No intento detener las lágrimas. No intento fingir que estoy bien. Por primera vez en mucho tiempo dejo que alguien me vea exactamente como estoy.

—Tengo miedo —susurro.

Alessandro me abraza un poco más fuerte.

—Lo sé.

—No quiero que esto vuelva a ocupar toda mi vida.

—No lo hará.

Me separo ligeramente para mirarlo.

—No puedes prometerme eso.

—Tienes razón.

Sonríe con tristeza.

—Entonces no te lo prometo.

Me sorprende.

—¿Qué haces entonces?

—Quedarme.

Lo miro.

—¿Aunque esto sea complicado?

—Especialmente porque es complicado.

Cierro los ojos durante unos segundos y, cuando vuelvo a abrirlos, me acerco a él y lo beso. Esta vez no hay sorpresa ni dudas, solo la necesidad de acercarme a él y sentir que, al menos durante unos segundos, todo lo demás puede esperar. Cuando nos separamos, apoyo la frente contra la suya y permanezco así, en silencio, sin querer alejarme todavía.

—No sé cuánto tiempo me queda en Tokio.

—Yo tampoco sé cuánto tiempo me queda aquí.

Lo miro.

—¿Qué quieres decir?

Alessandro guarda silencio.

—Me han ofrecido dirigir una parte del proyecto desde Italia.

Siento que algo se me hunde en el pecho.

—¿Cuándo?

—Todavía no lo sé.

—¿Y quieres hacerlo?

Tarda en responder.

—No lo sé.

—Pero es importante para ti.

—Sí.

Bajo la mirada.

—Entonces quizá deberías hacerlo.

—No quiero que tomes esa decisión por mí.

—No estoy tomando ninguna decisión.

—Lo parece.

Levanto la mirada.

—Alessandro, acabamos de empezar.

—Lo sé.

—Y ya tenemos problemas.

Sonríe ligeramente.

—Eso también lo sé.

Nos quedamos en silencio.

Hace apenas unos días pensábamos que lo difícil era decidir si nos gustábamos. Ahora tenemos delante algo mucho más grande: mi salud, su futuro, la distancia y una relación que acaba de empezar.

Alessandro toma mi mano.

—No quiero pensar todavía en lo que puede pasar.

Miro nuestros dedos entrelazados.

—Yo tampoco.

—Entonces no lo hagamos.

—¿Y qué hacemos?

Me mira.

—Vivimos lo que tenemos ahora.

Sonrío débilmente.

Por primera vez esa idea no me da miedo. Me da esperanza. Nos quedamos allí unos minutos más, sin hablar. No necesitamos hacerlo porque, por primera vez desde que lo conozco, no siento que tenga que controlar lo que viene después. No sé qué ocurrirá con mis resultados ni qué decisión tomará Alessandro. No sé cuánto tiempo nos queda juntos en Tokio, pero, por ahora, está aquí y yo también. Y quizá, por una vez, eso sea suficiente.




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