Vera
Durante los días siguientes intento no pensar demasiado en lo que vendrá después. No sé qué ocurrirá con mis resultados, cuánto tiempo seguirá Alessandro en Tokio ni qué decisión tomará respecto a su proyecto en Italia. Por primera vez, prefiero no adelantarme a nada.
Me concentro en lo que tengo delante.
En las mañanas de trabajo, en los mensajes que recibo de Alessandro cuando sabe que estoy ocupada, en las llamadas que terminan mucho después de lo que habíamos planeado y en esos pequeños momentos en los que consigo olvidarme de todo lo demás.
Algo entre nosotros ha cambiado después de aquella noche. No necesitamos hablar de ello para saberlo. Hay una confianza nueva, una cercanía que antes no estaba y que ahora aparece incluso en los silencios.
Una mañana estoy revisando unos documentos cuando recibo un mensaje.
Alessandro: ¿Has desayunado?
Sonrío.
Vera: Sí.
La respuesta llega enseguida.
Alessandro: Mentira.
Frunzo el ceño.
Vera: ¿Cómo sabes eso?
Alessandro: Porque has tardado demasiado en responder.
Me río.
Vera: Eso no tiene ningún sentido.
Alessandro: Para mí sí.
Dejo el teléfono sobre la mesa, pero vuelve a vibrar unos segundos después.
Alessandro: Come algo.
Niego con la cabeza mientras sonrío.
Vera: Eres insoportable.
Alessandro: Y aun así te gusto.
Me quedo mirando el mensaje durante unos segundos.
No sé por qué todavía me sorprende que pueda decir cosas así con tanta facilidad.
Vera: No te emociones.
Alessandro: Demasiado tarde.
Dejo escapar una pequeña risa y vuelvo a mis documentos.
Durante mucho tiempo he pensado que enamorarme significaría perder el control, dejar que alguien tuviera acceso a las partes de mí que más me cuesta mostrar. Con Alessandro está ocurriendo algo diferente. No siento que tenga que esconderme, pero tampoco siento que tenga que entregarlo todo de golpe.
Simplemente estoy dejando que me conozca.
Y quizá eso sea suficiente.
Esa tarde nos encontramos después de que termine mi jornada. No hacemos nada especial. Caminamos, compramos algo para comer y terminamos sentados en un banco mientras vemos pasar a la gente.
—¿En qué piensas? —pregunta.
Lo miro.
—En nada.
—Eso no te lo creo.
—Estoy intentando aprender.
—¿A no pensar?
—A no pensar siempre en lo que viene después.
Asiente.
—Es difícil.
—Mucho.
Se queda unos segundos en silencio antes de tomar mi mano.
—Entonces hagámoslo fácil.
—¿Cómo?
—No pensamos en después.
Miro nuestras manos entrelazadas.
—¿Y qué hacemos?
Me mira.
—Pensar en el ahora.
Sonrío.
—Muy bien…
Nos quedamos allí un rato más.
No hablamos de mis resultados, ni de Italia, ni de cuánto tiempo nos queda en Tokio. Por unas horas dejamos todo eso fuera y simplemente estamos juntos, sin intentar adelantarnos a lo que vendrá después. Y, por primera vez, eso no me parece poco. Me parece suficiente.