Vera
Durante los días siguientes, nuestra rutina empieza a parecerse demasiado a algo que podría tener un nombre. No lo hablamos, quizá porque ninguno de los dos quiere ser el primero en ponerlo en palabras y descubrir que, al hacerlo, algo puede cambiar. Seguimos viéndonos cuando podemos, seguimos hablando por teléfono hasta que alguno de los dos se queda sin cosas que contar y seguimos enviándonos mensajes durante el día, incluso cuando estamos demasiado ocupados para mantener una conversación completa.
Me gusta esa sensación de no tener que preguntarme si va a escribir. Sé que lo hará.
Y quizá eso sea precisamente lo que empieza a asustarme.
Estoy sentada frente al ordenador una mañana, revisando unos planos del proyecto, cuando recibo un mensaje suyo.
Alessandro: ¿Café?
Miro la hora.
Vera: Estoy trabajando.
Alessandro: Eso no responde a mi pregunta.
Sonrío.
Vera: Sí.
Alessandro: ¿En veinte minutos?
Vera: En treinta.
Alessandro: Negociadora.
Vera: Arquitecta.
Alessandro: Peor todavía.
Me río y vuelvo a concentrarme en la pantalla.
Media hora después estoy saliendo del edificio cuando lo veo apoyado contra la pared de enfrente, con las manos en los bolsillos y una expresión tranquila que ya conozco demasiado bien. Lleva una camisa oscura con las mangas ligeramente remangadas y el pelo desordenado de una manera que sospecho que no es completamente accidental.
—Llegas tarde —dice.
—Tú has llegado antes.
—Exactamente.
—Eso no significa que yo llegue tarde.
—Significa que yo soy más puntual.
—Significa que tienes demasiado tiempo libre.
Sonríe.
—Y aun así has venido.
Caminamos hasta una cafetería cercana y nos sentamos junto a una ventana. Durante un rato hablamos de cosas sin importancia. De mi proyecto, de una reunión que él ha tenido esa mañana, de un restaurante que queremos probar antes de que termine mi estancia. Me doy cuenta de que hemos empezado a hablar de planes sin darnos cuenta.
Planes pequeños.
Pero planes, al fin y al cabo.
—¿Cuándo termina tu proyecto? —pregunta de repente.
Bajo la mirada hacia mi taza.
—Pronto.
—¿Cuánto es pronto?
—Unas semanas.
Asiente.
—¿Y después?
—Vuelvo a Estocolmo.
La expresión de su rostro cambia apenas, pero lo noto.
—Claro.
—¿Qué?
—Nada.
—Alessandro.
Me mira.
—Sabía que ibas a volver.
—Entonces, ¿por qué esa cara?
Sonríe ligeramente.
—Porque saber algo no significa que tenga que gustarme.
No sé qué responder.
Me quedo mirándolo unos segundos y siento algo extraño en el pecho. Hasta ese momento había conseguido no pensar demasiado en lo que ocurriría cuando regresara a casa. Tokio tenía una fecha de finalización. Mi trabajo también. Habíamos sabido desde el principio que esto tenía un límite.
Pero ahora el límite parece mucho más cercano.
—¿Y tú? —pregunto—. ¿Qué va a pasar contigo?
—Todavía no lo sé.
—¿Italia?
Asiente.
—La propuesta sigue sobre la mesa.
—¿Y la quieres?
Se queda pensando.
—Parte de mí sí.
—Entonces deberías aceptarla.
Me mira.
—¿Otra vez intentando decidir por mí?
—No. Intento ser razonable.
—No siempre quiero que seas razonable.
Sonrío.
—Eso suena peligroso.
—Contigo lo es.
Bajamos la mirada al mismo tiempo y durante unos segundos ninguno dice nada. Después, él extiende la mano sobre la mesa y la deja cerca de la mía, sin tocarme inmediatamente. Espera, como si incluso después de todo este tiempo siguiera preguntándose si puede acercarse. Soy yo quien acorta la distancia; entrelazo mis dedos con los suyos y, en ese pequeño gesto, siento que todo lo que no hemos conseguido decir encuentra por fin su lugar.