La piel que habito

Unos días más

Alessandro

Empiezo a descubrir que los días pueden medirse de otra manera. Antes los dividía entre reuniones, planos, llamadas y horas de trabajo; ahora también existen los momentos en los que sé que voy a verla, las tardes en las que esperamos terminar nuestras obligaciones para poder caminar juntos sin ningún destino concreto y las noches en las que una conversación que debería durar diez minutos termina ocupando más de una hora. No sé exactamente cuándo ocurrió, ni en qué momento ella empezó a formar parte de mi rutina de una manera tan natural, pero ahora mi vida tiene un espacio reservado para Vera y, por primera vez, no quiero llenarlo con nada más.

Una tarde estoy revisando una parte del proyecto cuando mi padre entra en el estudio.

—¿Tienes un momento?

Levanto la mirada.

—Claro.

Se acerca y observa los planos.

—¿Cómo va?

—Bien.

—Eso significa que estás escondiendo algo.

Sonrío.

—No estoy escondiendo nada.

Me mira durante unos segundos.

—Estás distraído.

—Estoy cansado.

—No.

Lo miro.

—¿No?

—Estás enamorado.

Me quedo en silencio y mi padre sonríe.

—No pongas esa cara. No he dicho nada malo.

—No sé si estoy enamorado.

—Entonces estás muy cerca.

Bajo la mirada hacia los planos.

—Hay muchas cosas que no sé.

—Eso no es nuevo.

—Ella vive en Estocolmo.

—Y tú en Tokio.

—Exactamente.

Mi padre se sienta frente a mí.

—¿Y eso te parece una razón para no intentarlo?

—No es tan sencillo.

—Nada importante lo es.

Me quedo callado.

No quiero contarle todo. No quiero explicarle que Vera tiene miedo, que yo también lo tengo y que hay cosas que todavía no sabemos cómo afrontar. Pero quizá mi padre tiene razón en algo.

Llevo demasiado tiempo pensando en las dificultades antes de permitirme pensar en lo que quiero.

Esa noche, cuando veo a Vera, no le cuento la conversación. Caminamos durante un rato hasta llegar a una calle tranquila.

—¿Estás bien? —pregunta.

—Sí.

—Estás callado.

—Estoy pensando.

—Eso puede ser peligroso.

Me río.

—Mi padre piensa que estoy enamorado.

Ella deja de caminar durante un instante.

—¿Y tú qué piensas?

La miro.

—Que quizá tiene razón.

Sus mejillas se sonrojan ligeramente.

—Ah.

—¿Eso es todo?

—No sé qué quieres que diga.

—La verdad.

Me mira durante unos segundos y finalmente asiente.

—Yo también creo que puede tener razón.

No sé por qué esas palabras consiguen provocarme una sensación tan intensa, pero algo dentro de mí se afloja al escucharlas. Sin pensarlo demasiado, extiendo la mano sobre la mesa y tomo la suya entre mis dedos.

—Entonces estamos en problemas.

—¿Por qué?

—Porque ya no puedo fingir que esto es casualidad.

Ella sonríe.

—Yo tampoco.

Nos quedamos unos segundos mirándonos, dejando que ese momento diga por nosotros todo aquello que todavía no sabemos cómo expresar. Después seguimos caminando, hablando de cualquier cosa y disfrutando simplemente de estar juntos. No necesitamos hacer ninguna promesa ni ponerle un nombre a lo que está ocurriendo entre nosotros; por ahora, saber que sentimos lo mismo es suficiente.




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